Podría interesarte
PRENSA IBERO
PRENSA IBERO
• Especialistas de la IBERO advierten que las vacaciones pueden alterar rutinas de sueño, alimentación, convivencia y regulación emocional en niñas, niños y adolescentes. • Desde la psicología clínica y la neurociencia, recomiendan crear estructuras flexibles, limitar pantallas con acompañamiento y permitir espacios de aburrimiento saludable. • Irritabilidad, aislamiento, encierro, uso excesivo de videojuegos o pérdida de conexión con personas reales pueden ser señales de alerta durante el periodo vacacional
AUTOR
Jefa de Prensa de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: mariana.dominguez@ibero.mx

Con la llegada de las vacaciones de verano, muchas familias enfrentan una pregunta que parece sencilla, pero que toca temas de salud mental, crianza, organización familiar y neurociencia: ¿qué pasa con niñas, niños y adolescentes cuando se rompe la rutina escolar?
Para especialistas de la Universidad Iberoamericana, las vacaciones no deberían entenderse sólo como un periodo de descanso o entretenimiento, sino como una etapa en la que se desacomodan horarios, hábitos de sueño, alimentación, convivencia, uso de pantallas y dinámicas de cuidado. Por eso, advierten, no se trata de llenar cada día con actividades ni de dejar que el tiempo libre se convierta en una pantalla interminable, sino de construir estructuras flexibles que permitan descanso, juego, aburrimiento, convivencia y seguridad.
La Dra. Perla Xóchitl Leal Galicia, académica del Departamento de Psicología de la IBERO y neurocientífica, explicó que la escuela da algo fundamental para el desarrollo: estructura. Al asistir a clases, niñas y niños tienen horarios para levantarse, comer, trasladarse, socializar, aprender y descansar. Cuando esa estructura desaparece de golpe, pueden presentarse afectaciones emocionales y cognitivas.
“La escuela nos da algo muy importante, que es estructura”, señaló la especialista, quien advirtió que, durante las vacaciones, niñas y niños pueden perder incluso la noción clara del tiempo: qué día es, qué hora es o cuántos días han pasado.
Esa pérdida de estructura puede impactar también en el sueño y la alimentación. De acuerdo con la Dra. Leal, el cuerpo funciona con relojes biológicos que se sincronizan con nuestras actividades cotidianas, como dormir y comer. Cuando en vacaciones se duerme más tarde, se despierta más tarde o se come sin horarios definidos, esos ciclos pueden desajustarse.
“Tenemos un reloj biológico que sincroniza nuestras actividades tanto para comidas como para sueño”, explicó. El problema, añadió, es que al modificar esos horarios durante varios días, después puede costar trabajo regresar al ritmo habitual.
La recomendación, explicó la neurocientífica, no es convertir las vacaciones en un “campo militar”, sino crear una rutina distinta a la escolar, pero suficientemente clara para que niñas, niños y adolescentes no pierdan por completo sus referencias de tiempo.
Esto puede incluir horarios más relajados para despertar, desayunar, jugar, salir, leer, descansar o usar pantallas. La clave, dijo, está en que exista una estructura flexible: no levantarse necesariamente a la misma hora que durante el ciclo escolar, pero sí mantener ciertos puntos de referencia que ayuden al cuerpo y al cerebro a regularse.
La Dra. Ana Lilia Villafuerte Montiel, coordinadora de la Maestría en Psicología Clínica de la IBERO, coincidió en que las vacaciones pueden ser un reto emocional porque muchas niñas, niños y adolescentes no están acostumbrados a desconectarse, aburrirse o hacer actividades distintas a las digitales.
“Estamos en una época de hiperconectividad donde todo está al alcance de un clic”, señaló. Por eso, dijo, una de las primeras recomendaciones para madres, padres y personas cuidadoras es hablar con hijas e hijos sobre lo que necesitan y desean hacer durante las vacaciones.
En lugar de imponer unilateralmente el plan familiar, la especialista propuso construir un calendario entre todas las personas de la casa, donde haya actividades, responsabilidades, momentos de convivencia y también espacios para “la nada”.
“No tenemos horario para la nada, y esa nada en estos tiempos es súper necesaria”, afirmó.
Aunque para muchas familias el aburrimiento puede parecer un problema que debe resolverse de inmediato, ambas especialistas subrayaron que aburrirse también puede ser saludable.
La Dra. Villafuerte explicó que el aburrimiento permite fortalecer la tolerancia a la frustración y abrir la puerta a la creatividad. Cuando niñas, niños y adolescentes no tienen una actividad dirigida, pueden descubrir juegos, intereses o habilidades nuevas: desde cocinar, armar rompecabezas, jugar ajedrez, inventar retos sencillos o convivir de otra manera.
“El aburrimiento es fuente de buenas opciones”, dijo la psicóloga clínica. No se trata, aclaró, de idealizarlo como si siempre fuera cómodo o maravilloso, sino de reconocer que también puede ayudar a desarrollar creatividad, paciencia y recursos propios.
Desde la neurociencia, la Dra. Leal añadió que el cerebro también necesita pausas. Después de periodos de actividad, requiere estados de reposo para poder reorganizarse, hacer conexiones y recuperar energía.
“Necesitamos estos periodos en los cuales hagamos una pausa total de las actividades”, señaló.
Uno de los mayores retos vacacionales es el uso de celulares, videojuegos, plataformas digitales y redes sociales. Para la Dra. Villafuerte, el primer paso para regular pantallas es predicar con el ejemplo. Si madres y padres piden a sus hijas e hijos dejar el celular, pero ellas y ellos tampoco logran soltarlo, el límite pierde fuerza.
La especialista recomendó negociar horarios, evitar que el uso sea continuo durante varias horas y distinguir entre una pantalla aislante y una pantalla compartida. No es lo mismo, dijo, que una niña o niño pase horas solo frente a un dispositivo, a que la familia vea una película, una serie o juegue algo en conjunto y después converse sobre ello.
También advirtió que madres, padres y personas cuidadoras deben observar qué hay detrás del uso excesivo de pantallas. A veces, dijo, no se trata sólo de entretenimiento, sino de una forma de no pensar, evadir tristeza, procesar un conflicto con amistades o escapar de una incomodidad emocional.
Entre las señales de alerta mencionó irritabilidad constante, aislamiento, encierro prolongado, pérdida de convivencia con personas cercanas, dejar de comer o cambiar de forma marcada el ánimo por estar conectado a videojuegos, redes o dispositivos.
“No nada más hay que prohibir, sino encontrar cuál es la necesidad debajo de estar todo el tiempo en la pantalla”, explicó.
La Dra. Leal también llamó a supervisar los espacios digitales, especialmente en videojuegos y plataformas donde niñas, niños y adolescentes interactúan con otras personas. Comparó estos entornos con un parque: así como una madre o padre no dejaría solo a un hijo pequeño en un espacio público desconocido, tampoco debería dejarlo sin acompañamiento en mundos digitales.
Las vacaciones escolares también pueden incrementar la carga emocional y logística para madres, padres y personas cuidadoras, especialmente cuando las infancias están en casa pero las personas adultas deben seguir trabajando.
La Dra. Leal recordó que muchas mujeres sostienen dobles, triples o cuádruples jornadas de cuidado, trabajo remunerado y labores domésticas. Por eso, planteó que cuidar la salud mental en vacaciones también implica cuidar a quien cuida.
Una estrategia posible es recuperar redes comunitarias: organizarse con amistades, vecinas, vecinos o familias cercanas para turnar actividades, compartir espacios de juego y acompañar a niñas y niños de manera colectiva.
La Dra. Villafuerte coincidió en que madres y padres no tienen que estar disponibles 24/7 ni resolver todo en soledad. También recomendó delegar tareas domésticas de acuerdo con la edad, promover que hijas e hijos participen en casa y abrir espacios breves de autocuidado: dormir, leer, caminar, meditar, tomar café con atención plena o conversar con otras personas adultas.
“Cuando estén, estén de verdad”, recomendó la psicóloga clínica al hablar de los tiempos de convivencia familiar. No se trata de estar todo el día haciendo actividades, sino de generar momentos con sentido, presencia y vínculo.
Las especialistas señalaron que no todo cambio de ánimo requiere atención profesional inmediata, pero sí observación y diálogo. La Dra. Villafuerte recomendó primero acercarse, preguntar, escuchar y observar patrones: si la tristeza, el enojo, el aislamiento o la irritabilidad aparecen después de ciertas actividades, vínculos o situaciones.
Sin embargo, si después de hablar, acompañar, ajustar rutinas y buscar apoyo en la red cercana, la niña, niño o adolescente sigue mostrando un deterioro emocional, aislamiento persistente o cambios preocupantes, es momento de buscar apoyo profesional.
La salud mental en vacaciones, concluyeron las especialistas, no depende de tener una agenda perfecta ni de saturar a niñas, niños y adolescentes con cursos o actividades. Depende más bien de encontrar un equilibrio: estructura sin rigidez, descanso sin abandono, pantallas con acompañamiento, aburrimiento sin culpa y convivencia con presencia real.
Porque desde la infancia se aprende también a descansar.
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
Para mayor información sobre este comunicado llamar a los teléfonos: (55) 59 50 40 00, Ext. 7594, 7759 Comunicación Institucional de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México Prol. Paseo de la Reforma 880, edificio F, 1er piso, Col. Lomas de Santa Fe, C.P. 01219