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PRENSA IBERO
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• La Dra. Anne W. Johnson analiza Total Recall, filmada parcialmente en la Ciudad de México, para explicar quiénes imaginan, financian y controlan los futuros espaciales • La explotación laboral, la concentración de recursos y el dominio de grandes corporaciones podrían trasladarse de nuestro planeta a otros territorios • La antropóloga de la IBERO estudia desde 2018 la relación de México con el espacio exterior mediante investigación histórica, entrevistas, análisis cultural y etnografía
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

En Total Recall (o El Vengador del Futuro), película protagonizada por Arnold Schwarzenegger, Marte se encuentra bajo el control de una corporación que explota a su población, persigue a quienes se rebelan y monopoliza un recurso indispensable para sobrevivir: el aire. Aunque se trata de una historia de ciencia ficción estrenada en 1990, su argumento permite plantear una pregunta cada vez más relevante: ¿las desigualdades de la Tierra podrían reproducirse en el espacio exterior?
Para la Dra. Anne W. Johnson, académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, la exploración espacial no es únicamente un asunto de cohetes, satélites o avances científicos. También involucra relaciones de poder, intereses económicos y distintas ideas sobre quiénes tendrán derecho a participar en el futuro de la humanidad.
En su artículo “Imaginando el futuro mexicano en el espacio exterior: de la mímesis colonial a la especulación radical”, publicado en la Revista d’Etnologia de Catalunya, Johnson analiza cómo México se ha relacionado con el cosmos, desde los conocimientos astronómicos prehispánicos y los primeros cohetes nacionales hasta los pequeños satélites, el proyecto Colmena y las actuales propuestas de colonización de Marte.
Dentro de este recorrido, la investigadora dedica un apartado a Total Recall y a la manera en que la película condensa las desigualdades que podrían acompañar la expansión humana fuera de la Tierra.
La historia sigue a Douglas Quaid, interpretado por Schwarzenegger, quien viaja —o cree viajar— a un Marte gobernado por Vilos Cohaagen, propietario de una corporación minera que controla el planeta.
Mientras una élite dispone de recursos y poder, la población trabajadora vive en condiciones precarias. Cohaagen reprime a quienes se oponen a su gobierno, explota a las personas trabajadoras y controla el suministro de aire, del cual depende la supervivencia de toda la comunidad.
Para integrantes del colectivo mexicano Marsarchive.org, estudiado por Johnson, el personaje representa una versión extrema del empresario que pretende controlar no solamente la economía, sino también el futuro de la humanidad. En una conversación recuperada por la académica, sus integrantes comparan las aspiraciones del villano con el protagonismo adquirido por multimillonarios como Elon Musk dentro de la nueva carrera espacial.
La película permite preguntarse si la humanidad realmente construiría sociedades distintas en otros planetas o si trasladaría hasta ellos las mismas formas de explotación, concentración de la riqueza y control de los recursos que existen en la Tierra.
La relación de Total Recall con México va más allá de su lectura política. Aunque inicialmente se contempló filmarla en Houston, la producción se trasladó a la Ciudad de México para reducir costos.
Espacios como el edificio del Infonavit, las estaciones del Metro Chabacano e Insurgentes y el Heroico Colegio Militar fueron utilizados para representar una Tierra futurista y diferentes escenarios de Marte. Su arquitectura modernista, monumental y de concreto sirvió como imagen de un porvenir dominado por instituciones autoritarias y grandes corporaciones.
La Dra. Johnson recupera el análisis del crítico de arte Cuauhtémoc Medina, quien señala que la industria cinematográfica mexicana terminó convertida en una especie de “maquiladora de los sueños de Hollywood”: México aportó locaciones, infraestructura y trabajo a menor costo para construir un futuro concebido desde Estados Unidos.
Esta decisión de producción refleja, de acuerdo con el artículo, las mismas desigualdades presentes en las cadenas tecnológicas globales. El futuro puede imaginarse en los centros económicos, pero con frecuencia se materializa mediante los recursos y el trabajo de países con menor poder de decisión.
Así, Total Recall reúne varios de los temas abordados por Johnson: una visión futurista creada en California, pero filmada en México; la participación desigual del país en una industria internacional, y la posibilidad de reinterpretar críticamente desde la cultura mexicana los futuros diseñados por otras sociedades.
La Dra. Anne W. Johnson es profesora del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la IBERO, donde imparte asignaturas relacionadas con antropología y futuros, cultura material, estudios de performance y construcción de mundos.
Desde 2018 desarrolla un proyecto de investigación sobre las relaciones de México con el espacio exterior. Su metodología combina investigación histórica, análisis de producciones culturales, entrevistas en profundidad con actores clave y etnografía multisituada dentro de la llamada comunidad espacial mexicana.
Su interés no consiste en predecir qué país llegará primero a Marte, sino en estudiar cómo las sociedades imaginan aquello que todavía no existe. Para la antropología, las visiones del futuro permiten identificar esperanzas, temores, intereses económicos, identidades nacionales y relaciones de poder presentes.
Johnson estudia el espacio para plantear preguntas sociales: ¿quién decide hacia dónde debe dirigirse la exploración espacial?, ¿quién puede participar en ella?, ¿quién será propietario de los recursos encontrados fuera de la Tierra y qué desigualdades podrían viajar junto con la humanidad?
Desde esta perspectiva, una nave, un satélite o una colonia marciana contienen también una determinada idea de sociedad. La tecnología puede cambiar los territorios habitados por las personas, pero no necesariamente transforma las estructuras políticas y económicas que organizan sus vidas.
El artículo reconstruye algunos episodios poco conocidos de la historia espacial mexicana. En 1957, científicos de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí lanzaron el primer cohete nacional; en 1962 fue creada la Comisión Nacional del Espacio Exterior y, durante los años siguientes, se desarrollaron cohetes con nombres como Tototl, Mitl y Tláloc.
En 1985 fueron puestos en órbita los satélites Morelos y Rodolfo Neri Vela se convirtió en el primer ciudadano mexicano en viajar al espacio. Más recientemente, los CubeSats y el proyecto lunar Colmena han buscado fortalecer la formación especializada y el desarrollo de tecnología propia.
No obstante, Johnson identifica una tensión histórica entre el deseo de alcanzar soberanía tecnológica y la dependencia de empresas, infraestructura y conocimientos extranjeros.
Los presupuestos limitados han dificultado que México y otros países latinoamericanos participen en igualdad de condiciones en los grandes proyectos espaciales. Aunque la reducción de costos y la miniaturización de satélites han abierto nuevas oportunidades, la académica advierte, a partir de investigaciones previas, que la tecnología no solucionará por sí misma desigualdades relacionadas con el colonialismo y el capitalismo.
Producir más información sobre la Tierra desde el espacio puede resultar útil para atender problemas ambientales, científicos o territoriales, pero no transformará las estructuras que mantienen a determinadas naciones y poblaciones en condiciones de desventaja sin cambios políticos más profundos.
La nueva carrera espacial se encuentra marcada por la participación creciente de empresas privadas y multimillonarios. Johnson analiza particularmente la presentación de Elon Musk durante el Congreso Astronáutico Internacional, celebrado en Guadalajara en 2016.
El empresario presentó entonces su proyecto para convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria y establecer una ciudad autosuficiente en Marte. Su propuesta plantea la expansión espacial como una alternativa frente a la posible extinción de la humanidad.
Sin embargo, este tipo de proyectos también abre interrogantes sobre quiénes podrían pagar un viaje, quién gobernaría los asentamientos, qué empresas controlarían su infraestructura y cómo se distribuirían recursos esenciales como el agua, los alimentos, la energía o el aire.
Aunque el discurso empresarial afirma que el espacio pertenece a toda la humanidad, la pregunta recuperada en el artículo permanece abierta: “¿Para quién, realmente?”
Desde México, algunos actores del sector reproducen este imaginario cuando hablan de construir un “Silicon Valley mexicano” o un “NewSpace latinoamericano”. Johnson denomina mímesis colonial a la repetición de futuros concebidos desde los centros hegemónicos de poder.
En estos discursos, los proyectos nacionales pueden utilizar nombres o imágenes prehispánicas, pero mantienen una concepción estadounidense del progreso basada en la competencia tecnológica, el crecimiento económico y la expansión comercial hacia otros planetas.
El artículo también analiza alternativas a esta visión. Johnson estudia el trabajo de Marsarchive.org, un colectivo mexicano que utiliza el arte, la ciencia ficción, el humor y la especulación para imaginar futuros espaciales desde perspectivas distintas.
Mediante talleres y exposiciones, sus integrantes han creado asentamientos ficticios como Martenochtitlan, Martelolco y Cacao City, además de códices marcianos, calendarios que combinan el tiempo nahua, terrestre y marciano, y una nave espacial con forma de nopal.
Estas propuestas no buscan anticipar literalmente cómo sería una colonia mexicana en Marte. Su objetivo es cuestionar los deseos, valores y relaciones sociales que la humanidad llevaría consigo al abandonar la Tierra.
En lugar de imaginar otro planeta como un territorio que debe conquistarse y explotarse, el colectivo propone pensar formas más cuidadosas de relacionarnos entre nosotros y con los espacios habitados.
La investigación de la Dra. Johnson muestra que la humanidad no tiene que limitarse a reproducir fuera de la Tierra las desigualdades, jerarquías y modelos económicos actuales. También es posible disputar el futuro mediante la memoria, la creación colectiva y la imaginación crítica.
Como plantea la académica al final de su artículo, el “tren del progreso” quizá no sea el único vehículo disponible para viajar hacia el porvenir: una nave espacial hecha de nopal podría conducirnos hacia un destino completamente diferente.
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