PRENSA IBERO
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13 DE MAYO DE 2026
Por: Jorge Luis Cortés García, estudiante de la Maestría en Cine
AUTOR
Estudiante de la Maestría en Cine

Hay personajes en el cine a los que acompañamos durante un breve instante de su historia; y hay otros a los que conocemos y revisitamos tiempo después, cuando crecieron y nosotros también. Peter “Maverick” Mitchell pertenece a la segunda categoría. Cuando apareció por primera vez en Top Gun (1986), Maverick era la encarnación de la juventud impulsiva: talento desbordado, rebeldía, hambre de reconocimiento y una confianza casi suicida en sí mismo. El protagonista de la saga que vuelve a los cines por su 40 aniversario volaba como si el cielo le perteneciera, y rompía las reglas porque pensaba que las normas aplicaban a pilotos menos brillantes que él, y como suele ocurrir en la juventud, confundía libertad con invulnerabilidad.
Pero lo verdaderamente interesante de la saga no está en ese Maverick joven. Está en el hombre en el que se convierte décadas después: el de Top Gun: Maverick (2022), que no sólo es una secuela nostálgica sobre aviones y velocidad, sino una película profundamente melancólica sobre el paso del tiempo, descubrir que la inteligencia más valiosa no es la técnica, sino la humana, y sobre entender que crecer implica dejar de demostrar lo que sabes para comenzar a enseñarlo.
En la juventud adquirimos una clase de inteligencia muy específica, la cual mezcla intuición, riesgo, creatividad y deseo. Es una inteligencia imperfecta, pero poderosa, que nos permite atrevernos a hacer cosas que quizá no intentaríamos después: Creemos que podemos cambiar el mundo porque todavía no conocemos del todo sus límites, tal como el personaje al que da vida Tom Cruise, quien no es el mejor piloto únicamente por dominar su avión, sino por pensar distinto, atreverse a desafiar lo establecido, y por confiar en su instinto incluso cuando el sistema lo considera un problema.
Muchas veces, la juventud produce conocimiento antes de producir madurez. Pero es lamentable cuando esa inteligencia se desperdicia al crecer, como le sucede a los adultos que sobreviven tantos años dentro de instituciones, trabajos o jerarquías, que terminan olvidando cómo pensaban cuando todavía soñaban, y se vuelven guardianes de reglas que, irónicamente, un día quisieron romper.
Maverick nos invita a hacerlo diferente. En la película de 2022 sigue siendo rebelde, pero tiene claro que lo que sabes no sirve de mucho si muere contigo, y la cinta se centra en cómo el protagonista asume el reto de liderar a una nueva generación que más que seguir órdenes necesita aprender a confiar en sí misma.
Maverick evoluciona y ayuda a evolucionar a sus alumnos, pero es consciente de que compartir la inteligencia que adquirió en su juventud puede hacerse sin domesticarla ni convertirla en sermón, y logra traducir experiencia sin destruir pasión, acompaña sin imponer, y enseña sin humillar.
Top Gun no es una saga sobre aviones: es una historia que insiste en que las nuevas generaciones no necesitan adultos que compitan con ellas, sino maestros capaces de transmitir lo aprendido sin apagar el fuego que en ellas habita.
Maverick descubre que la inmortalidad no depende de seguir siendo el mejor piloto del mundo por siempre, sino más bien en lograr que alguien más vuele gracias a lo que aprendió de él.
Vale la pena detenerse a pensar un instante para reflexionar en dónde podemos hallar la inmortalidad al enseñar al otro. Esa tarea es especialmente necesaria hoy, con una sociedad tan obsesionada con la individualidad, tan asustada por envejecer, y tan dispuesta a jugar sucio para “crecer”.
Top Gun, en cines por su 40 aniversario; Top Gun: Maverick, en pantallas por las 4 décadas de su predecesora.
Por: Jorge Luis Cortés García, estudiante de la Maestría en Cine
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