PRENSA IBERO
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18 DE MARZO DE 2026
Por: Jorge Luis Cortés
AUTOR
Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional

En México, la posibilidad de llevar una alimentación saludable no está distribuida de manera equitativa. De acuerdo con un análisis de la Universidad Iberoamericana, a través de su Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (Centrus), apenas cerca del 10% de la población vive en entornos que permiten acceder con facilidad a opciones nutritivas. Este dato revela una realidad contundente: la alimentación no depende únicamente de elecciones personales, sino de las condiciones urbanas que moldean —y muchas veces limitan— esas decisiones.
El estudio, presentado en el sitio web de Centrus por su académico Dr. Juan Manuel Nuñez, Coordinador de la Licenciatura en Sustentabilidad, plantea que los entornos alimentarios, es decir, los espacios en los que las personas adquieren y consumen alimentos, están profundamente atravesados por desigualdades territoriales. En ellos influyen factores como la disponibilidad de productos, la proximidad de los comercios, los precios, el tiempo necesario para preparar alimentos y, en general, la forma en que está organizado el sistema alimentario en las ciudades.
Así, la idea de que “comer sano es una decisión individual” se queda corta frente a la evidencia. Para millones de personas, elegir alimentos nutritivos no es una opción accesible en su vida cotidiana.
Ciudades que moldean la dieta
Las ciudades no sólo organizan dónde vivimos o cómo nos desplazamos; también determinan lo que comemos. La distribución de mercados, supermercados, tiendas de conveniencia, restaurantes y puestos callejeros configura verdaderos paisajes alimentarios en los que ciertas opciones predominan sobre otras.
En amplias zonas urbanas, especialmente en contextos de menor ingreso, es más fácil encontrar refrescos, botanas ultraprocesadas o comida rápida que frutas y verduras frescas. Estos productos suelen ser más baratos, están disponibles a cualquier hora y requieren poco o ningún tiempo de preparación, lo que los convierte en la opción más viable para muchas familias.
En contraste, los alimentos saludables suelen estar menos disponibles, implican mayores costos o demandan más tiempo para su preparación. En algunos casos, acceder a ellos implica recorrer mayores distancias, lo que añade una barrera adicional, especialmente en ciudades donde el tiempo de traslado ya es una carga significativa.
Desigualdad que se come todos los días
El análisis de la IBERO evidencia que la desigualdad alimentaria no es un fenómeno abstracto, sino una experiencia cotidiana. Las decisiones sobre qué comer están condicionadas por el entorno inmediato: lo que hay cerca, lo que alcanza con el presupuesto y lo que se puede preparar con el tiempo disponible. Esta realidad impacta de manera directa en la salud pública: Dietas con alto contenido de azúcares, grasas y productos ultraprocesados están asociadas con enfermedades como obesidad, diabetes y padecimientos cardiovasculares, problemas que afectan de manera desproporcionada a los sectores más vulnerables.
De esta forma, la ciudad no solo refleja desigualdades sociales: también las reproduce a través de la alimentación.
Más allá de la elección individual
Uno de los principales aportes del estudio es desmontar la narrativa que responsabiliza exclusivamente a las personas por sus hábitos alimenticios. Si bien las decisiones individuales importan, estas están fuertemente condicionadas por el entorno.
La disponibilidad de alimentos, los precios, la cercanía de los puntos de venta y la infraestructura urbana juegan un papel mucho más determinante de lo que comúnmente se reconoce. En otras palabras, no basta con “querer comer mejor” si el entorno no lo permite.
Repensar las ciudades desde la alimentación
Ante este panorama, la investigación subraya la urgencia de incorporar la alimentación como un eje central en la planeación urbana y en las políticas públicas. Esto implica diseñar ciudades donde los alimentos saludables sean accesibles, asequibles y cercanos para toda la población.
Desde fortalecer mercados locales y redes de distribución de alimentos frescos, hasta regular la concentración de productos ultraprocesados en ciertas zonas, las acciones deben orientarse a transformar los entornos alimentarios.
Garantizar el derecho a una alimentación adecuada no puede depender del código postal. La evidencia es clara: las ciudades también deciden lo que comemos. Y mientras esa decisión siga marcada por la desigualdad, millones de personas continuarán enfrentando barreras estructurales para alimentarse de manera saludable.
El reto, concluye el análisis de la IBERO, no es sólo cambiar hábitos individuales, sino transformar los sistemas urbanos que los condicionan. Porque en el fondo, comer bien no debería ser un privilegio, sino una posibilidad real para todas y todos.
Por: Jorge Luis Cortés
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