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PRENSA IBERO
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• El historiador francés, especialista en historia cultural, reflexionó sobre los cambios que experimentan la escritura, la lectura y el libro ante la reproducción digital y la IA • Advierte que la fragmentación de los textos, la aceleración de la lectura y la confianza en contenidos generados automáticamente plantean desafíos para el pensamiento crítico, la educación y la circulación de conocimientos confiables
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: luis.reyes@ibero.mx

La inteligencia artificial (IA) no representa únicamente una nueva herramienta para acceder a información o producir textos. Constituye una transformación que cuestiona categorías fundamentales de la cultura escrita, como la autoría, la originalidad, la responsabilidad intelectual y la propiedad de las obras.
Así lo planteó Roger Chartier, historiador francés de la cuarta generación de la Escuela de los Annales y uno de los principales especialistas contemporáneos en historia cultural, durante una conferencia magistral impartida en la Universidad Iberoamericana (IBERO)

Bajo el título de la conferencia magistral “La escritura, la lectura y el libro en la época de la reproducción digital y de la inteligencia artificial”, moderada por la Dra. Marisol Ochoa, Directora del Departamento de Historia, el académico examinó las transformaciones que atraviesan las prácticas de lectura y escritura, así como sus implicaciones para la producción de conocimiento, la educación y la vida democrática.
Desde una perspectiva histórica, Chartier sostuvo que las revoluciones tecnológicas no deben analizarse solo por sus innovaciones técnicas, sino por las modificaciones que producen en la relación de las personas con los textos, sus soportes materiales y las formas de apropiación de los discursos.
El historiador identificó tres grandes desafíos que enfrenta actualmente la cultura escrita: el retroceso de los hábitos de lectura, las discontinuidades entre el mundo impreso y el digital, y la ruptura que representa la inteligencia artificial generativa.

El primer desafío está relacionado con la disminución de los hábitos de lectura de libros, particularmente entre las nuevas generaciones, así como con la manera en que el uso de dispositivos digitales modifica la atención de quienes leen.
Para ilustrar esta tendencia, Chartier recurrió a datos de encuestas sobre las prácticas culturales en Francia. Recordó que, de acuerdo con una investigación realizada en 2018 y publicada por el Ministerio de Cultura francés en 2020, el porcentaje de personas que declararon haber leído al menos un libro durante los 12 meses anteriores disminuyó de 73% en 1988 a 62% en 2018.
La diferencia entre generaciones también resultó significativa: mientras 84% de las personas nacidas entre 1945 y 1954 afirmó haber leído al menos un libro en el año previo, el porcentaje descendió a 58% entre quienes nacieron de 1995 a 2004.
El historiador señaló que la reducción también se observa entre quienes leen más de 20 libros al año. En Francia, este grupo representaba 28% de la población en 1973; para 2018, había disminuido a 15%.

Más allá de la cantidad de libros leídos, Chartier llamó la atención sobre las condiciones en que se realiza la lectura en las pantallas.
De acuerdo con los datos que presentó, leer en dispositivos digitales suele combinarse con otras actividades, como enviar mensajes, participar en redes sociales o mirar videos. Entre los lectores de 15 a 24 años, 53% declaró realizar otras actividades mientras lee; en el grupo de 25 a 34 años, la proporción fue de 42%.
La consecuencia es una atención frecuentemente interrumpida y una relación más acelerada con los textos.
El académico explicó que las investigaciones sociológicas identifican una tendencia a leer documentos electrónicos con rapidez, buscando información específica o llegar cuanto antes a las conclusiones de un análisis o una narración.
Esta lógica de aceleración también se extiende a otros productos culturales, como las series y las películas reproducidas a velocidades superiores a la normal.
Para Chartier, el problema no consiste solamente en leer menos, sino en que los hábitos de consumo apresurado pueden debilitar los procesos de lectura crítica necesarios para comprender tanto el presente como el pasado.
El segundo desafío se encuentra en las diferencias entre la cultura impresa y el universo digital.

Chartier cuestionó la idea de que digitalizar un libro equivale simplemente a trasladarlo de un soporte material a otro. A su juicio, esta interpretación ignora que cada forma de inscripción, publicación y apropiación de los textos produce experiencias diferentes.
“La revolución de la comunicación electrónica” —explicó— es simultáneamente una revolución en las técnicas de producción y reproducción, en la materialidad de los soportes y en las prácticas de lectura.
En el mundo impreso, los objetos destinados a leer —libros, revistas y periódicos— se distinguen de aquellos utilizados para escribir, como cuadernos, hojas y cartas.

En cambio, en el entorno electrónico, la misma pantalla reúne actividades que antes se desarrollaban en objetos diferenciados: escribir, leer, comunicarse, consultar información y participar en redes sociales.
Esta continuidad material modifica la percepción de los discursos. Un mensaje de redes sociales, un artículo académico, una página web y un libro electrónico pueden aparecer bajo una presentación visual semejante, aunque sus propósitos, estructuras y condiciones de producción sean distintos.
Otro rasgo central del universo digital es la fragmentación. Chartier explicó que, en las pantallas, los textos suelen presentarse como segmentos independientes que pueden ser extraídos, compartidos y descontextualizados con facilidad.

El problema no es que la fragmentación haya surgido con Internet. El historiador recordó que, desde la Edad Media y la primera modernidad, existieron prácticas de lectura basadas en la selección de fragmentos, como la comparación de pasajes bíblicos o la elaboración de repertorios de citas.
La diferencia fundamental radica en la relación entre el fragmento y la totalidad de la obra.
En la cultura impresa, aun cuando un lector no terminara un libro, la materialidad del objeto permitía reconocer su estructura, extensión y organización. En el mundo digital, en cambio, el fragmento puede circular separado de la obra de la que proviene, hasta perderse la percepción de su contexto original.
Esta transformación tiene consecuencias sobre la comprensión.
Un capítulo, un párrafo o una frase no son elementos aislados: ocupan un lugar dentro de una arquitectura textual y cumplen una función específica en la narración o en la exposición de ideas.
La materialidad del libro impreso hace visibles esas relaciones, mientras que la lógica de navegación digital puede privilegiar la búsqueda inmediata de contenidos relacionados con un tema.
El historiador también llamó a distinguir entre digitalizar colecciones y sustituir los objetos impresos.
Las bibliotecas digitales permiten consultar obras que, de otro modo, requerirían desplazamientos y búsquedas en acervos físicos. Sin embargo, consideró que este proceso no debería conducir al abandono o destrucción de los libros, periódicos y revistas que han transmitido conocimientos a distintas generaciones.
Chartier contrastó dos lógicas. La cultura impresa se organiza espacialmente: la página, el libro, la biblioteca y la librería constituyen territorios que el lector recorre. La experiencia puede incluir hallazgos inesperados, encuentros con obras que no se buscaban inicialmente y relaciones físicas con los objetos.
El universo digital, por su parte, suele organizar el acceso mediante algoritmos, categorías, palabras clave y jerarquías temáticas. No se trata de afirmar que una de estas experiencias elimina automáticamente a la otra, sino de reconocer que no son equivalentes.
Por ello, el académico defendió la coexistencia de las distintas materialidades de la cultura escrita y la preservación de los espacios donde los lectores pueden encontrarse con libros, autores, bibliotecas y otras personas.
El tercer desafío abordado por Roger Chartier fue la inteligencia artificial generativa, a la que definió como una transformación que va más allá de las modificaciones introducidas por la digitalización.

“La IA es una revolución dentro de la revolución”, planteó durante su conferencia.
A diferencia de la digitalización de textos previamente existentes, que modifica el soporte material de obras creadas por seres humanos, la inteligencia artificial generativa puede producir nuevos textos e imágenes a partir de los enormes conjuntos de información disponibles en archivos digitales, bibliotecas y repositorios de Internet.
Esta capacidad plantea preguntas sobre categorías que, desde el siglo XVIII, se consolidaron en la cultura escrita: la identidad del autor, la originalidad de la obra y la propiedad intelectual.
Chartier señaló que, con la inteligencia artificial generativa, el autor ya no es necesariamente un ser humano.

Los sistemas pueden producir textos a partir de materiales preexistentes, lo que obliga a revisar la manera en que se entiende la creación original, la responsabilidad individual y la atribución de una obra.
El problema no se limita a determinar si un contenido fue producido por una máquina. También implica reconocer qué materiales fueron usados, quién es responsable del resultado y bajo qué condiciones se emplearon las obras que alimentaron los sistemas.
El historiador advirtió que la inteligencia artificial puede generar paráfrasis de textos existentes capaces de ocultar su origen con mayor eficacia que las formas tradicionales de plagio.
Asimismo, recordó que ya se han difundido ejemplos de producciones artificiales presentadas como creaciones humanas: composiciones musicales atribuidas a autores inexistentes, imágenes de realidades ficticias y escritos adjudicados a personas que nunca los produjeron.
La apariencia de autenticidad de estos contenidos puede dificultar su identificación.
Otro de los riesgos señalados por Chartier está relacionado con la confianza que inspiran los sistemas conversacionales.
La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas con una calidad lingüística elevada, una estructura coherente y un estilo que genera la impresión de estar frente a un interlocutor humano.
Sin embargo, el historiador subrayó que estos sistemas no son personas, aunque simulen formas de conversación, apoyo o empatía.
Esta apariencia puede favorecer una relación de confianza que lleve a los usuarios a aceptar las respuestas sin examinar suficientemente su origen, sus fundamentos o su fiabilidad.
El desafío es mayor cuando las herramientas no citan las fuentes utilizadas o presentan información incorrecta con un lenguaje convincente.
Por ello, Chartier consideró necesario ejercer un pensamiento crítico todavía más riguroso para analizar las respuestas generadas por inteligencia artificial, en lugar de confiar únicamente en su claridad o corrección aparente.
También advirtió que los resultados de estos sistemas dependen de los archivos digitales disponibles y pueden reproducir desigualdades lingüísticas, información errónea y prejuicios presentes en los materiales con los que fueron desarrollados.
Durante su reflexión, el historiador cuestionó las definiciones de inteligencia que la reducen a operaciones lógicas o al procesamiento de información.
Reconoció que la inteligencia artificial puede realizar operaciones mentales imposibles para los seres humanos o ampliar ciertas capacidades cognitivas. No obstante, señaló que la inteligencia humana también involucra relaciones sociales, juicios, afectos, sentimientos y capacidades adaptativas.
Desde esta perspectiva, propuso considerar la inteligencia artificial como una inteligencia auxiliar diferente, en lugar de asumir que equivale a la inteligencia humana.
La distinción resulta relevante porque la producción automática de textos puede imitar determinadas operaciones intelectuales, pero no reproduce necesariamente las condiciones humanas, sociales y afectivas que intervienen en la creación y comprensión de una obra.
En el diálogo con estudiantes y académicos de la IBERO, Chartier abordó las preocupaciones que genera el uso de inteligencia artificial en la educación superior.
Una de las preguntas se centró en la dificultad de distinguir entre textos elaborados por estudiantes y producciones generadas automáticamente.
El historiador reconoció que identificar estas últimas no es sencillo, debido a la complejidad y calidad de sus resultados.
Entre las estrategias que mencionó se encuentra el uso de exámenes orales, en los que el estudiante debe demostrar sus conocimientos sin depender de dispositivos digitales.
También planteó la posibilidad de aceptar la presencia de estas herramientas, pero acompañada de una reflexión sobre sus límites y de mecanismos que permitan reconocer las debilidades, ausencias y particularidades de una producción humana.
Para Chartier, el conocimiento sigue siendo el elemento fundamental de la formación académica.
La discusión no debería reducirse a prohibir o permitir el uso de herramientas digitales, sino a comprender qué ocurre con las capacidades de lectura, análisis, interpretación y creación cuando una parte de esas actividades se delega a sistemas automáticos.
Ante la pregunta de cómo pueden las humanidades responder a estas transformaciones, Chartier propuso mantener una mirada histórica sobre los textos y sus formas de circulación.
Una de sus recomendaciones centrales fue considerar que todo texto tiene una existencia previa, una materialidad y una trayectoria de apropiación.
Leer una obra no significa únicamente descifrar su contenido semántico, filosófico o literario. También implica comprender cómo fue inscrita, publicada, transmitida y recibida por distintas comunidades de lectores.
El historiador ejemplificó esta idea con los diálogos de Platón, cuya difusión original no ocurrió mediante ediciones impresas, sino a través de formas materiales y prácticas de lectura propias de la Antigüedad.
Comprender esas condiciones permite evitar interpretaciones anacrónicas y reconocer que el sentido de una obra está relacionado con las formas en que las personas se aproximan a ella.
Por ello, sugirió que incluso quienes trabajan con textos digitales deben preguntarse cómo fueron producidos, qué soportes los contienen y de qué manera se apropian de ellos sus lectores.
En el caso de las investigaciones históricas, esto implica salir de la computadora para acudir a bibliotecas, librerías y colecciones donde sea posible examinar las distintas inscripciones materiales de una obra.
La conferencia también abordó las implicaciones políticas y sociales de las transformaciones en la cultura escrita.
Chartier recordó que la construcción de la opinión pública moderna estuvo vinculada con el uso de la razón, la confrontación de ideas y la responsabilidad de justificar las afirmaciones ante los demás.
El espacio público, en este sentido, requiere que las opiniones puedan ser discutidas, cuestionadas y sometidas a examen crítico.
Aunque en un principio las tecnologías digitales parecían ofrecer nuevas posibilidades para el intercambio de ideas y la participación ciudadana, el historiador señaló que también se han convertido en instrumentos para la difusión masiva de desinformación, falsificaciones del pasado y manipulaciones emocionales.
El problema no reside exclusivamente en la tecnología, sino en los usos que las sociedades construyen alrededor de ella, así como en las normas y conflictos que determinan su funcionamiento.
Chartier rechazó una visión de determinismo tecnológico que considere inevitables los efectos de cada innovación.
Las tecnologías pueden ser utilizadas para ampliar el acceso al conocimiento, pero también para debilitar el juicio crítico y favorecer la circulación de contenidos engañosos.
En este contexto, la inteligencia artificial introduce una preocupación adicional: la posibilidad de producir discursos e imágenes cuya apariencia de autenticidad dificulte distinguir entre una creación humana y una producción automática.
Si la deliberación democrática depende de la confrontación libre de ideas y de un mínimo de examen crítico, la desinformación representa una amenaza para ese ejercicio.
Hacia el cierre de su intervención, Roger Chartier insistió en que los recursos digitales no deben borrar los conocimientos, expectativas y placeres que surgen del encuentro con otras personas y con los objetos de la cultura escrita.
La pandemia de COVID-19 evidenció la posibilidad de vivir temporalmente sin escuelas, librerías o encuentros presenciales, pero también permitió reconocer el valor de esos espacios para la convivencia y el aprendizaje.
Por ello, el historiador defendió la preservación de una pluralidad de lugares y materialidades: la cultura manuscrita e impresa, el mundo de Internet y el universo de la inteligencia artificial.
No se trata de rechazar las innovaciones digitales ni de idealizar el pasado, sino de evitar que una nueva tecnología absorba o elimine las formas anteriores de producción, circulación y apropiación del conocimiento.
La responsabilidad también corresponde a las instituciones educativas, editoriales, bibliotecas, autoridades públicas y lectores.
Chartier señaló que las editoriales que asumen riesgos intelectuales y estéticos requieren apoyo de las políticas públicas, especialmente frente a una lógica de rentabilidad de corto plazo que puede privilegiar el marketing sobre la construcción de catálogos y proyectos culturales de largo alcance.
Roger Chartier concluyó que la cultura escrita contemporánea no debe entenderse como una sucesión en la que un soporte reemplaza inevitablemente al anterior.
En la actualidad coexisten al menos tres universos: el de la cultura manuscrita e impresa, el de la comunicación digital y las redes sociales, y el de la inteligencia artificial. Cada uno posee características, posibilidades y limitaciones particulares.
El reto consiste en comprender sus diferencias y articulaciones, sin asumir que un formato digital equivale a un libro impreso o que una respuesta automática sustituye la experiencia de leer, investigar, interpretar y construir conocimiento.
Para el historiador, preservar las modalidades de publicación y las prácticas de lectura que permiten la circulación y apropiación de conocimientos confiables constituye una condición fundamental para la supervivencia de la democracia.
Su reflexión en la IBERO dejó abierta una pregunta: ¿Cómo conservar la capacidad humana de leer críticamente, reconocer la responsabilidad de quien escribe y participar de manera informada en la vida colectiva?
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