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PRENSA IBERO
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• El Dr. Luis Arriaga, S.J. advierte que el hambre y la obesidad son manifestaciones de un mismo sistema alimentario orientado a las ganancias
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Hablar de alimentación únicamente como una suma de decisiones individuales impide observar las condiciones económicas, territoriales y sociales que determinan lo que realmente puede llegar a la mesa de cada persona, advierte el Dr. Luis Arriaga Valenzuela, S. J., Rector de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. En su artículo “La mesa como territorio: alimentación, justicia y reconexión en tiempos de crisis”, publicado en el número más reciente de la revista IBERO, el Rector sostiene que modificar los hábitos personales es importante, pero insuficiente frente a una crisis marcada por el poder corporativo, la desigualdad y la falta de acceso a alimentos nutritivos.
“Reducirla a la responsabilidad del consumidor es abordar solamente una parte del problema”, afirma. Por ello, señala la necesidad de diseñar políticas públicas que protejan la salud de toda la ciudadanía y no respondan exclusivamente a los intereses de quienes obtienen ganancias con la producción y comercialización de alimentos.
En América Latina y el Caribe, más de 33 millones de personas padecen hambre, mientras que 141 millones de adultos viven con obesidad. Lejos de tratarse de problemas contradictorios, el Dr. Arriaga explica que ambos fenómenos responden a una misma lógica de exclusión.
Aunque el hambre ha disminuido durante cuatro años consecutivos en la región, alrededor de 181.9 millones de personas, equivalentes a 27.4% de la población, no pueden acceder a una dieta saludable. Las desigualdades son todavía mayores entre las mujeres, las comunidades rurales y los pueblos indígenas.
Las poblaciones que no pueden costear alimentos nutritivos suelen ser también las más expuestas a productos ultraprocesados e hiperpalatables. De esta manera, la subnutrición, la falta de micronutrientes, el sobrepeso y la obesidad pueden convivir dentro de los mismos territorios e incluso en las mismas familias.
El Rector recuerda que diversos estudios han asociado el consumo de ultraprocesados con un mayor riesgo de padecer enfermedades crónicas. Frente a ello, advierte que las empresas productoras cuentan con enormes presupuestos publicitarios y capacidad para influir en las políticas públicas, mientras las instituciones responsables de proteger la salud operan con recursos más limitados.
La crisis alimentaria, explica, surge también de la distribución desigual de suelos fértiles, agua limpia y mercados justos. Por eso, pedir a una persona que “coma mejor” sin considerar su ingreso, su lugar de residencia o la oferta disponible en su comunidad puede terminar trasladándole una responsabilidad que también corresponde a gobiernos, corporaciones e instituciones.
El artículo también vincula la desigualdad alimentaria con el cambio climático. América Latina y el Caribe constituyen la segunda región más expuesta del mundo a eventos climáticos extremos, una situación que amenaza la producción, disponibilidad y estabilidad de los alimentos.
Paradójicamente, las comunidades campesinas e indígenas, custodias de gran parte de la biodiversidad agrícola regional, se encuentran entre las más vulnerables ante sequías, inundaciones y fenómenos meteorológicos intensificados por el calentamiento global.
Para el Rector, combatir el hambre exige transformar los modelos agroindustriales que degradan los suelos, contaminan el agua y contribuyen a las emisiones. Entre las acciones necesarias menciona fortalecer la agricultura familiar y los mercados locales, proteger las semillas nativas y construir ciudades donde el acceso a productos frescos y nutritivos no sea un privilegio de clase.
A partir de registros históricos de la Compañía de Jesús, el Dr. Arriaga recuerda que la alimentación nunca ha sido solamente una forma de obtener sustento. Los documentos de las misiones jesuitas también registraron prácticas agrícolas, conocimientos medicinales, sistemas de intercambio y formas de organización comunitaria alrededor de la comida.
La mesa podía funcionar como un espacio de encuentro, transmisión de conocimientos y construcción de confianza. Esa dimensión colectiva, advierte, se debilita cuando comer queda reducido a un acto individual de consumo.
“Comer solo, de pie, frente a una pantalla, a deshoras, sin conocer el origen de lo que se consume ni las manos que lo cultivaron tiene consecuencias que van más allá de la salud individual”, señala. Además de afectar la relación con los alimentos, esta forma de consumo fragmenta los vínculos comunitarios y desvanece la conciencia sobre el territorio y las personas que hacen posible cada comida.
Finalmente, el Rector sostiene que las universidades deben intervenir en la transformación de los sistemas alimentarios. Recuerda que la IBERO fue, en 1972, la primera institución de México en ofrecer formación universitaria en nutrición y subraya su responsabilidad en la preparación de quienes diseñarán políticas públicas, dirigirán empresas agroalimentarias, gestionarán territorios e innovarán en la industria.
Actualmente, el Departamento de Salud de la Universidad articula programas como la Licenciatura en Nutrición y Ciencia de los Alimentos . Además, la Clínica de Nutrición del campus brinda atención a la comunidad universitaria y funciona como espacio de investigación aplicada.
Lo que el estudiantado aprenda sobre los sistemas alimentarios, afirma el Dr. Arriaga, tendrá consecuencias concretas en las decisiones públicas, empresariales y sociales de las próximas décadas. Por ello, considera incompleta una formación que no incorpore la epidemiología nutricional, la ecología de los sistemas agroalimentarios y el derecho humano a una alimentación adecuada.
El artículo concluye que la mesa es un territorio en el que se manifiestan relaciones de poder, exclusión e injusticia, pero también puede convertirse en un espacio de cuidado, gratitud y construcción comunitaria.
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