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PRENSA IBERO
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• El artista mexicano Eder Castillo transformó la lógica del Guggenheim de Bilbao en una estructura de lona que se puede tocar, brincar, pintar y modificar • La obra, instalada esta semana en la IBERO, cuestiona quién decide qué es cultura y busca acercar el arte a públicos que no suelen entrar a museos
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Jefa de Prensa de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: mariana.dominguez@ibero.mx

Consignas como “Palestina libre”, “Fuera Trump”, “Nos están matando” o “Cuba sin dictadura” conviven con declaraciones de amor y frases filosóficas sobre las paredes de un museo donde tocar, brincar, pintar y dejar huella no está prohibido, sino que es parte de la obra.
Ese lienzo colectivo es GuggenSITO, la respuesta del artista mexicano Eder Castillo a una pregunta incómoda: ¿quién tiene realmente acceso al arte?
Castillo transformó la arquitectura del Museo Guggenheim de Bilbao, construida con titanio y acero, en algo mucho más cercano a una fiesta popular: una estructura inflable de lona y tela capaz de viajar a museos, eventos culturales, barrios y universidades.
“La intención es que el público se convierta en el artista”, explica. Aquí no hay una colección tradicional de cuadros o esculturas: una fotografía, un dibujo, una intervención o un performance se convierten en el contenido de la obra.
Antes de llegar a la IBERO, la actual versión de GuggenSITO, creada en 2024, pasó por espacios como el Museo Cabañas y el Centro Cultural Clavijero, en Morelia. Versiones anteriores viajaron hasta Puerto Rico y El Salvador. Después de su estancia en la Universidad Iberoamericana, Castillo adelantó que la pieza continuará hacia Querétaro, donde recorrerá distintas comunidades, y posteriormente tendrá paradas previstas en Puerto Vallarta y Oaxaca, mientras ya se prepara su programación para 2027.
Castillo trabaja desde el año 2000 con arte público y proyectos en los que las comunidades intervienen directamente en la construcción de las obras. La idea de GuggenSITO surgió después de conocer los planes para abrir un Museo Guggenheim en México, proyecto que finalmente no se realizó.
Su propuesta invierte la lógica tradicional. Mientras en un museo convencional equipos curatoriales y directivos deciden qué se exhibe y cómo se recorre, aquí una parte de esa autoridad pasa al visitante: la obra existe porque alguien la habita, interviene y modifica.
Incluso está hecha para deteriorarse. Sus paredes conservan dibujos y marcas, la estructura se deforma con el uso y cada versión termina destruida. La que hoy recorre México es ya la tercera.
“Va a tu barrio o a tu casa”, resume el artista. GuggenSITO ha aparecido en museos y galerías, pero también puede instalarse en universidades, celebraciones y otros espacios alejados de la lógica tradicional de la llamada alta cultura.
En 2017, durante una presentación en El Salvador, un grupo de estudiantes de secundaria preparó dentro de la pieza una declaración amorosa. Un joven llegó vestido de esmoquin y con flores; sus amistades colocaron un letrero: “¿Quieres ser mi novia?”.
Para Castillo, aquella escena mostró que el arte puede entrar en la memoria íntima de las personas: “Te permite generarte una historia que se te queda adentro de tu identidad y de tu memoria”.
También recuerda a niñas y niños que nunca habían pisado un museo. Después de entrar al inflable, dijeron que querían que todos los museos fueran así.
Frente a la “memoria fugaz” de Instagram y TikTok, GuggenSITO apuesta por lo contrario: entrar, tocar, brincar, encontrarse, crear y dejar algo detrás.
Esta semana, instalado en la Universidad Iberoamericana, ya acumula nuevas capas: “Bienvenido a la IBERO”, “La verdad nos hará libres”, mensajes políticos, ambientales y amorosos.
En GuggenSITO, el museo no decide qué merece formar parte de su colección. Lo decide quien entra.
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