PRENSA IBERO
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6 DE MAYO DE 2026
Por: Luis Reyes
AUTOR
Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional

El burnout, un fenómeno cada vez más presente en el trabajo, lejos de ser únicamente “cansancio” o falta de motivación, refleja una desconexión profunda entre la persona, su trabajo y su entorno, como resultado de un estrés crónico mal gestionado, explicó el Dr. Óscar Galicia Castillo, Académico del Departamento de Psicología de la Universidad Iberoamericana (IBERO).
El especialista de nuestra casa de estudios, quien abordó el tema desde una perspectiva que combina neurociencia, psicología y contexto social, planteó que el burnout no surge de la debilidad individual, sino de una sobrecarga sostenida que rebasa la capacidad adaptativa del cerebro y del cuerpo.
“El punto de partida para entender el burnout es el estrés. Aunque suele tener una connotación negativa, en realidad es un mecanismo adaptativo esencial para la supervivencia. En niveles moderados, mejora el enfoque, la memoria y el rendimiento. Sin embargo, cuando es constante o excesivo, se convierte en distrés: una condición que deteriora funciones cognitivas, emocionales y físicas”, explicó.
Precisó que este proceso tiene un correlato directo en el cerebro, donde regiones como la amígdala, el hipotálamo, el hipocampo y la corteza prefrontal se activan para coordinar la respuesta al estrés a través del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal.
“El resultado es la liberación de cortisol y otros neurotransmisores que preparan al organismo para reaccionar ante amenazas, pero el problema aparece cuando este ‘modo de alerta’ no se apaga”, abundó.
Subrayó que, en situaciones agudas, el estrés permite responder con rapidez: aumenta la frecuencia cardiaca, libera energía y enfoca la atención, pero cuando esta activación se mantiene durante semanas o meses —como ocurre en ambientes laborales altamente demandantes— el organismo comienza a pagar el precio.
Funciones esenciales como el sistema inmune, la digestión o la regulación hormonal se ven afectadas. A nivel cerebral, detalló, disminuye la capacidad de toma de decisiones, se deteriora la memoria y se incrementa la reactividad emocional y es en este punto donde aparece el burnout.
Además, expuso que el burnout se caracteriza por agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal. Este último componente suele ser el más invisible, pero uno de los más devastadores por la sensación de que el trabajo ha perdido sentido.
La despersonalización, acotó, funciona como un mecanismo de defensa, pues las personas comienzan a distanciarse emocionalmente, se vuelven indiferentes y pierden empatía: lo que antes generaba compromiso se transforma en rutina mecánica.
Describió que, aunque algunas personas toleran más presión que otras, la resistencia no es infinita, pues sin periodos de recuperación, incluso los perfiles más preparados pueden presentar fatiga crónica, errores frecuentes y pérdida de motivación.
También especificó que el burnout no está clasificado como enfermedad mental, pero sus efectos pueden ser graves, ya que se asocia con trastornos del sueño, enfermedades cardiovasculares, debilitamiento del sistema inmune y problemas de salud mental como ansiedad o depresión.
En casos extremos, advirtió el Dr. Galicia Castillo, puede derivar en fenómenos como el karoshi —muerte por exceso de trabajo— o conductas autodestructivas vinculadas a la sobrecarga laboral.
A la pregunta si se puede prevenir el burnout, respondió que sí, pero requiere cambios tanto individuales como estructurales. Entre las estrategias más efectivas destacan:
También, dijo que implica repensar la cultura del trabajo, pues normalizar la sobrexigencia y la disponibilidad permanente no solo afecta el bienestar, sino también la productividad a largo plazo.
Por: Luis Reyes
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