PRENSA IBERO
PRENSA IBERO
17 DE ABRIL DE 2026
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
AUTOR

“Si usted me conoce por quién fui entonces usted ya no me conoce. Mi cambio es constante”
-Oscar Wilde
Las películas sobre bodas han sido, desde hace muchos años, un tópico recurrente en el cine, ya que presentan narrativas donde los enredos cómicos, el caos logístico del casamiento, la intensidad emocional y las dinámicas familiares construyen historias que, más que hacernos reír, nos mantienen expectantes sobre si la pareja logrará superar la caótica planeación y consolidar su amor en un vínculo que perdure hasta que la muerte los separe..
La más reciente película The Drama, del director Kristoffer Borgli, protagonizada por Robert Pattinson y Zendaya, nos presenta, en apariencia, una de estas historias. A primera vista, parece una comedia romántica sobre lo ajetreado que puede ser organizar una boda, mientras se muestra cómo una pareja se ama y prevalece junta a pesar de los conflictos. Sin embargo, el filme pronto se inclina hacia un terreno mucho más incómodo e introspectivo.
En primer lugar, es importante señalar que se trata de una película que probablemente dividirá a la audiencia. Mientras algunos la consideraran una propuesta arriesgada pero eficaz, que explora el estrés emocional de una relación en crisis, otros la percibirán como una obra caótica, frustrante e incluso irritante.
El filme no opta por una narrativa convencional. A través de su montaje, intenta transmitir el estrés, la desconfianza y la decepción que surgen cuando uno de los miembros de la pareja descubre aspectos perturbadores del pasado del otro. Esto se logra mediante la intercalación constante entre escenas del presente y fragmentos del pasado, o del supuesto pasado del personaje interpretado por Zendaya. Sin embargo, estos cambios son tan abruptos que, en lugar de generar tensión dramática efectiva, pueden provocar agotamiento en el espectador.
El primer acto resulta sumamente atractivo: introduce con claridad a los personajes y establece las motivaciones de la pareja para casarse. No obstante, el segundo acto se vuelve más denso y complicado, ya que intenta transmitir el deterioro emocional del protagonista a través de una edición caótica y una creciente paranoia. A pesar de esto, el tercer acto logra recuperar el equilibrio, integrando todo el conflicto que se fue desarrollando de manera más orgánica e incluso con ciertos matices cómicos e hilarantes, ofreciendo así una resolución satisfactoria.
Pero más allá de sus aciertos y fallas formales, la película destaca por plantear una cuestión fundamental en las relaciones amorosas: ¿deberíamos juzgar a nuestras parejas por su pasado? Y, en un plano más profundo, ¿las personas realmente cambian?
A menudo tendemos a creer que el amor verdadero implica conocer a alguien “tal como es”, como si existiera una esencia fija, pura e inmutable detrás de todas sus acciones. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Los seres humanos no somos entidades estáticas, sino procesos en constante transformación, moldeados por nuestras experiencias, vínculos, heridas y el contexto en el que vivimos.
En este sentido, no existe un “yo auténtico” único e invariable. A lo largo de la vida desempeñamos distintos roles: hijo, pareja, amigo, profesional. Incluso somos versiones distintas de nosotros mismos dependiendo del entorno y de las personas con quienes interactuamos. Estos roles no necesariamente son falsos; más bien, son formas de adaptación que nos permiten relacionarnos con el mundo.
Aquí es donde el amor se vuelve más complejo. Amar a alguien no consiste en despojar de todas sus máscaras en busca de una supuesta verdad esencial. Muchas veces, esas máscaras no son mentiras, sino cicatrices: mecanismos de defensa construidos a partir de experiencias pasadas.
La vida nos exige adaptarnos constantemente. Debido a las demandas que se nos presentan día con día modificamos la forma en cómo reaccionamos ante ciertos problemas o cambiamos ciertos hábitos, gustos y hasta formas de hablar y de relacionarnos. En ese proceso, algunas personas desarrollan resiliencia, mientras que otras se ven obligadas a protegerse emocionalmente. Esas “máscaras” no ocultan necesariamente quiénes somos, sino que reflejan lo que hemos tenido que hacer para sobrevivir.
Por ello, es importante entender que el otro no siempre puede mostrarse plenamente, no porque no quiera, sino porque quizá no sabe cómo hacerlo. A veces, llevamos tanto tiempo siendo una versión de nosotros mismos que olvidamos cómo distinguir entre esa versión y nuestra identidad más profunda.
Amar, entonces, no es exigir una autenticidad absoluta, sino reconocer la complejidad del otro. Es aceptar a la persona en el momento en el que está, con los recursos emocionales que posee y con las versiones de sí misma que puede ofrecer.
En este sentido, amar no es simplemente quitarle su máscara al otro, sino aprender a ver lo que hay detrás de esta sin necesidad de arrancarla. Es comprender que esas máscaras también cuentan una historia, que forman parte de su identidad y que en muchos casos son necesarias para sobrevivir.
Pero entonces, volviendo a la pregunta inicial: ¿la gente realmente cambia?
Tal vez no en el sentido de convertirse en alguien completamente distinto, pero sí en la forma en que se relaciona consigo misma y con los demás. El cambio no es una ruptura total con el pasado, sino una reconfiguración de lo que somos a partir de lo que hemos vivido.
Y es ahí donde el amor encuentra su verdadero sentido. No como una fuerza que transforma mágicamente al otro, sino como un espacio donde ese cambio puede ser posible. Un espacio donde dos personas, con todas sus contradicciones, heridas y máscaras, deciden encontrarse no desde la perfección, sino desde la comprensión.
Porque, al final, amar no es descubrir quién es el otro en esencia, sino acompañarlo en quien está siendo, en el papel que está desempeñado en ese momento.
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
Para mayor información sobre este comunicado llamar a los teléfonos: (55) 59 50 40 00, Ext. 7594, 7759 Comunicación Institucional de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México Prol. Paseo de la Reforma 880, edificio F, 1er piso, Col. Lomas de Santa Fe, C.P. 01219