PRENSA IBERO
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17 DE FEBRERO DE 2026
Por: Jimena Katase Gio, Alumna de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental y Nahum Elias Orocio Alcantara, Coordinador Universitario para la Sustentabilidad
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Cada tercer domingo de febrero se celebra en México el Día Mundial de las Ballenas. Aunque esta conmemoración puede parecer simbólica, en el mundo tiene una historia concreta. Durante los siglos XIX y XX, la caza industrial llevó a varias especies de grandes ballenas al borde del colapso, en algunos casos reduciendo más del 90 % de sus poblaciones. Actualmente existe una moratoria internacional a la caza comercial que ha permitido una recuperación parcial.
Sin lugar a duda las ballenas son un símbolo de conservación. Quienes habitan en las costas y las conocen más de cerca, suelen tenerlo más claro. Pero quienes vivimos en grandes ciudades podríamos preguntarnos: ¿qué relación tengo yo con las ballenas?, ¿por qué debería importarme si no vivo cerca del mar?
Aquí planteamos una posible respuesta
Las ballenas forman parte activa del ciclo global del carbono. A lo largo de su vida, una gran ballena puede almacenar en su biomasa decenas de toneladas de dióxido de carbono (CO2), un gas que contribuye al calentamiento global. Cuando muere y su cuerpo se hunde en el océano profundo, ese carbono puede permanecer fuera de la atmósfera durante siglos. Este mecanismo de almacenamiento directo es relevante, pero no es el único.
Existe además un proceso conocido como la “bomba de las ballenas”. Al alimentarse en profundidad y regresar a la superficie para respirar, estos mamíferos transportan nutrientes, principalmente hierro y nitrógeno, hacia las capas superiores del océano. Sus excreciones fertilizan el fitoplancton, organismos microscópicos responsables de capturar aproximadamente el 40 % del CO₂ global a través de la fotosíntesis marina. Sin esa productividad biológica, el equilibrio climático sería distinto.
Aunque las ballenas no “nos salvarán del calentamiento global”, sí forman parte de los procesos naturales que ayudan a regularlo. Reducir sus poblaciones no es solo una pérdida de biodiversidad; implica alterar dinámicas biogeoquímicas que sostienen la estabilidad del planeta y que, desde una perspectiva global, contribuyen también a regular las temperaturas en nuestras ciudades.
Si bien la caza comercial está prohibida, las ballenas siguen enfrentando riesgos. Por ejemplo, en el Golfo de California, uno de los mares con mayor biodiversidad del mundo y hábitat de ballena azul, jorobada y cachalote, se están impulsando proyectos de infraestructura asociados a la exportación y transporte de gas natural. Estas iniciativas contemplan la circulación de buques metaneros de gran escala que intersectarían rutas migratorias y zonas de crianza.
El aumento del tráfico marítimo no es un asunto menor. Las colisiones con embarcaciones figuran hoy entre las principales causas de muerte para grandes cetáceos en varias regiones del mundo. A ello se suma el ruido submarino crónico, que interfiere con su comunicación, orientación y alimentación. A diferencia de la caza industrial del siglo pasado, estas amenazas son silenciosas y pueden resultar estructurales.
Que exista un día dedicado a las ballenas en México nos brinda una oportunidad para seguir pensando y repensando nuestra relación con ellas. Parte de nuestra estabilidad climática no depende únicamente de la tecnología en nuestras ciudades, sino también de procesos ecológicos que ocurren lejos de nuestras urbes.
Si lo miramos desde esta óptica, se abre una ventana de oportunidad para reconocer que lo que sucede en las costas y con la biodiversidad, como en el caso de las ballenas, no solo es un indicador del estado de salud de los océanos, sino que también puede convertirse en una señal clave sobre nuestro futuro climático.
Por: Jimena Katase Gio, Alumna de la Licenciatura en Sustentabilidad Ambiental y Nahum Elias Orocio Alcantara, Coordinador Universitario para la Sustentabilidad
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