PRENSA IBERO
PRENSA IBERO
4 DE MARZO DE 2026
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
AUTOR

William Shakespeare es, sin duda, no solo uno de los dramaturgos más importantes de la historia, sino uno de los escritores más influyentes y celebrados de la literatura universal. Sus obras aunque abarcan desde la tragedia hasta la comedia, siempre exploran la naturaleza humana con una profundidad poética y una honestidad emocional que continúan resonando siglos después.
A lo largo de la historia del cine han existido múltiples adaptaciones de sus textos; sin embargo, pocas producciones se han detenido a explorar su vida personal y los episodios íntimos que marcaron su escritura. Hamnet, dirigida por Chloé Zhao, propone precisamente eso: narrar uno de los momentos más dolorosos en la vida del dramaturgo y reflexionar sobre el vínculo entre duelo y creación artística.
La película retrata la historia de amor entre Shakespeare y Agnes Hathaway, centrando su relato en la trágica muerte de su hijo de once años, Hamnet, víctima de la peste bubónica en 1596. Este acontecimiento, sugiere la obra, sería la inspiración emocional de Hamlet, una de las tragedias más célebres de la literatura occidental.
Más allá de su impecable puesta en escena, de la atmósfera melancólica y poética lograda por la dirección, la música y el trabajo interpretativo de Paul Mescal y Jessie Buckley, la película destaca por su reflexión profunda sobre el arte como mecanismo de elaboración del duelo. No solo se limita a mostrar cómo un escritor transforma su dolor en materia dramática sino que propone algo mucho más complejo: el arte no solo sirve para sublimar el sufrimiento, sino para abrir una puerta hacia los futuros que la realidad nos arrebató.
Podríamos pensar que Shakespeare escribió Hamlet como una forma de canalizar su tristeza, su impotencia o incluso su rabia ante la muerte prematura de su hijo. Sin embargo, la lectura que plantea Zhao va más allá de la sublimación. En el filme, Shakespeare no escribe únicamente para transformar el dolor en belleza; escribe para despedirse. Escribe para decir aquello que no pudo decir en vida.
El duelo que atraviesa no solo se reduce a la pérdida del hijo, sino también a la culpa de no haber estado presente, de no haberlo acompañado en sus últimos momentos y de no haber podido pronunciar un adiós. Para un padre, la muerte de un hijo constituye una herida profunda; pero la ausencia en ese instante final puede convertirse en una carga aún más devastadora. La película retrata ese vacío con una sensibilidad contenida y profundamente humana.
Desde esta perspectiva, Hamlet deja de ser únicamente la historia de un príncipe que busca vengar la muerte de su padre. Se convierte en un ejercicio imaginativo donde Shakespeare crea un escenario alternativo, un futuro que nunca ocurrió. Si en la realidad Hamnet murió sin posibilidad de vencer a la muerte, en la ficción Hamlet enfrenta y derrota al asesino. Claudio, bajó su lectura, ya no es solo el usurpador del trono: ahora puede leerse como la encarnación simbólica de la propia muerte o la peste. Al matarlo, el hijo imaginado logra lo que el hijo real no pudo: resistir al vacío.
Aquí se revela la idea central del filme: el arte como llave hacia los futuros perdidos. Cuando la realidad clausura una posibilidad —una vida que no continuará, un diálogo que no ocurrió, una despedida que no se dio— la creación artística permite abrir, aunque sea simbólicamente, esa puerta cerrada. El arte no cambia lo sucedido, pero crea un espacio donde lo imposible puede representarse. Y en esa representación, el duelo encuentra una forma de respirar y liberarse.
La escena final de la película refuerza esta idea. Al llevar Hamlet al escenario, Shakespeare no solo encuentra una forma de reconciliarse consigo mismo; también ofrece a Agnes y al público una experiencia compartida de catarsis. El teatro se convierte en un espacio colectivo donde el dolor individual se transforma en experiencia común y significativa.
Aunque no conozcamos las historias personales de cada espectador en esa escena, es posible imaginar que muchos han perdido familiares, principalmente a causa de la peste. Ver a un hijo vengar la muerte de su padre no solo satisface una lógica dramática; ofrece a la audiencia la posibilidad de imaginar que, en algún plano simbólico, la muerte puede ser enfrentada y vengada. El arte, entonces, no solo resignifica el dolor del autor, sino el de toda una comunidad.
Pero esta reflexión trasciende la figura de Shakespeare. Todo acto creativo puede entenderse como un intento de dar forma a lo que duele y también como una apertura hacia aquello que no fue. Cuando un artista escribe, pinta o filma, no solo organiza su mundo interno; construye escenarios donde se ensayan otras resoluciones, otros desenlaces, otras despedidas, donde se da forma y voz a esos futuros perdidos. Y en ese gesto íntimo puede encontrarse un acto profundamente generoso: al transformar su dolor en una obra, el creador ofrece a otros una llave para explorar sus propios futuros truncados.
Hamnet nos recuerda que el duelo aunque es inevitable y no siempre podemos controlar lo que la vida nos arrebata, lo que sí está en nuestras manos es la forma en que dialogamos y reaccionamos ante la pérdida. El arte no devuelve a los muertos ni reescribe la historia, pero puede abrir, por un instante, la posibilidad de imaginar lo que habría sido. Y a veces, esa imaginación basta para seguir viviendo de forma significativa.
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
Para mayor información sobre este comunicado llamar a los teléfonos: (55) 59 50 40 00, Ext. 7594, 7759 Comunicación Institucional de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México Prol. Paseo de la Reforma 880, edificio F, 1er piso, Col. Lomas de Santa Fe, C.P. 01219