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PRENSA IBERO
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Profesor e investigador del Departamento de Estudios Internacionales (DEI) de la Universidad Iberoamericana (UIA), investigador del DGAPA PAPIIT IN302626. “América Latina y el Caribe frente a las políticas migratorias de Trump 2.0. Respuestas y propuestas ante las extorsiones, las expulsiones y los procesos de reintegración de deportados”. javier.urbano@ibero.mx

Lo primero que se debe destacar del proceso electoral de medio término que se ha celebrado en Estados Unidos no son los resultados propiamente dichos, que en algunos casos son sorprendentes. Posiblemente la mayor lección es la resiliencia, la capacidad de resistencia y recuperación del sistema político de este país. No es que aún no haya peligros en el horizonte por un imprevisible, aunque debilitado Donald Trump. El cambio más relevante es que nos encontramos ante un escenario en el cual los otros poderes, avasallados desde su primera administración, se encuentran en condiciones de recuperar su papel de contrapeso a las derivas autoritarias de Trump.
Ya se veía en el pasado reciente el riesgo de que Trump se volviera un pasivo en los procesos electorales. En el exterior Viktor Orbán perdía las elecciones en Hungría a pesar, o debido al abierto apoyo de Trump a quien en ciertos círculos de la Unión Europea se considerada como el oído del presidente estadounidense en las instituciones europeas. Su alejamiento de Georgia Meloni en Italia, sus tensiones con Alemania y Francia aisló a la potencia de aquellos espacios que ella misma ayudó en su construcción y que la consolidaron como hegemónica en el sistema de naciones.
Meses después, el factor externo se coló íntegramente en el proceso electoral de la Unión Americana. La guerra inacabada entre Ucrania y Rusia y el apoyo de Trump a Putin aumentó la desconfianza de sus socios, especialmente en Europa, y generó un clima de confusión en amplios sectores en la Unión Americana; el conflicto con Irán impactó directamente en la economía y si los estadounidenses votan con la mano puesta en el bolsillo, los resultados en los recientes comicios no revelan sorpresa alguna; la absurda guerra arancelaria lanzada contra el mundo, incluyendo a México, ha pasado factura a la administración Trump; las acusaciones de presuntos actos de corrupción, del aumento de su patrimonio y de sus familiares al amparo del poder, han cerrado el círculo de uno de los presidentes más limitados pero acaso con el mayor poder en la historia de este país.
James Talarico ganó el escaño del Senado por Texas, que los demócratas no habían ganado en más de tres décadas; la victoria de Gina Hinojosa en el mismo estado la convierte en la primera gobernadora hispana; Ilhan Omar, de origen somalí y blanco de los ataques de Trump, y quien buscaba la reelección en la Cámara de Representantes por Minnesota, logró un holgado triunfo con más del 75% de votos; el demócrata Troy Jackson arrebató el escaño del Senado por Maine a la republicana Susan Collins; en Iowa, un estado claramente conservador, el demócrata Josh Turek ganó el escaño al senado por el estado y el pastor demócrata Adam Hamilton ganó el escaño al senado por Kansas, que no había ganado este partido en casi un siglo.
Los mejores pronósticos a favor de un cambio y las peores pesadillas de la gestión Trump han sido superadas con creces. Ha perdido la Cámara de Representantes y el Senado; por supuesto que podría gobernar por decreto, pero tendrá enfrente a una sólida oposición en ambas cámaras; los apellidos Al Sayed, Omar, Hinojosa, descendientes de inmigrantes, toman el poder contra la narrativa racista, excluyente de quien ha ganado la presidencia en buena medida por los furibundos ataques a estas poblaciones.
Trump ha afirmado que no es una derrota, e indica que si él estuviera en las boletas hubieran arrasado. Más valdría a los republicanos que el actual presidente deje su papel de promotor del voto, pues allanará el camino a la presidencia de los demócratas en dos años. Una respuesta republicana pasaría diseñar una era post Trump y esta nueva etapa supone como requisito elemental la recuperación del discurso histórico del Partido Republicano, que fue borrado y casi extinguido por una personalidad que mucho daño ha provocado a la salud de este instituto político y a una sociedad estadounidense que ha dicho basta a este político, al que le quedan dos años como pato cojo.
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