PRENSA IBERO
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18 DE FEBRERO DE 2026
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
AUTOR

Cuando pensamos en novelas e historias de época, particularmente aquellas ambientadas en el siglo XVIII y XIX, lo primero que se nos suele venir a la mente son dramas románticos que exploran la pasión, la conexión humana y las tensiones sociales entre la nobleza y la burguesía emergente. Escritoras como Jane Austen o Louisa May Alcott nos acostumbraron a relatos donde el amor aparece como una fuerza transformadora capaz de superar el egoísmo y conducir a los personajes hacia un crecimiento moral y emocional.
Sin embargo, dentro de ese vasto universo de romanticismo clásico, en 1847, Emily Brontë publicó una obra que rompía radicalmente con esa tradición idealizada. En Cumbres Borrascosas, el amor no se presenta como un sentimiento armónico y redentor, sino como una fuerza caótica, destructiva y profundamente ambigua.
La novela narra la intensa relación entre Heathcliff y Catherine Earnshaw y su evolución a lo largo de los años. Esta historia ha tenido múltiples adaptaciones cinematográficas, y este 2026 la directora Emerald Fennell presentó una nueva versión que invita a reflexionar sobre un tema central de la obra: la diferencia entre el amor y el deseo.
Con frecuencia, cuando hablamos de relaciones amorosas, tendemos a imaginar vínculos dominados por la intensidad, la pasión y el anhelo de fundirse con el otro. Sin embargo, uno de los errores más comunes consiste en confundir el deseo con el amor. El deseo es, por naturaleza, impulsivo, inmediato y posesivo; busca satisfacción, intensidad y apropiación. Se alimenta de la urgencia y de la carencia, y suele extinguirse una vez alcanzado su objeto.
El amor, en cambio, implica el reconocimiento del otro como un sujeto autónomo. Amar supone cuidado, responsabilidad y transformación personal. Significa aceptar que el otro existe más allá de nuestras necesidades y que posee una vida propia, con deseos, límites y aspiraciones independientes.
Pensémoslo así; el deseo es como una llama cuya naturaleza es consumir. Arde con intensidad, exige combustible constante y, en su afán de mantenerse viva, devora todo aquello que la rodea. No busca preservar ni construir, sino experimentar el momento presente con máxima intensidad. Por ello, cuando el deseo se vuelve el fundamento de una relación, esta tiende a volverse inestable, volátil y potencialmente destructiva: cuanto más se alimenta la llama, más riesgo existe de que todo termine reducido a cenizas.
El amor, en cambio, es como una semilla. No nace con estruendo ni con urgencia, sino que requiere tiempo, paciencia y condiciones adecuadas para crecer. Necesita cuidado constante, espacio para desarrollarse y la voluntad de quienes lo cultivan. A diferencia del deseo, el amor no pretende consumir al otro, sino nutrirlo y permitir su crecimiento. Mientras la llama del deseo busca intensidad inmediata, la semilla del amor apuesta por la permanencia y la construcción compartida.
Es precisamente en esta tensión donde Cumbres Borrascosas encuentra su mayor fuerza. El vínculo entre Catherine y Heathcliff nunca constituye un ejemplo de amor sano, sino una relación marcada por la obsesión, el resentimiento y la dependencia emocional. No se aman en el sentido pleno del término: se necesitan, se reclaman, se poseen y se destruyen mutuamente. Su conexión no los hace mejores personas; por el contrario, intensifica sus heridas y su violencia interna.
Esta nueva adaptación cinematográfica aunque intenta resaltar esta problemática, toma decisiones bastante cuestionables. Aunque visualmente resulta impecable, con encuadres cuidadosamente compuestos, iluminación expresiva y una estética cercana a lo pictórico, esta belleza termina convirtiéndose en su principal limitación.
La película sacrifica la complejidad emocional y temática de la novela en favor de una experiencia sensorial. Por momentos, más que una adaptación narrativa, parece una sucesión de imágenes estilizadas que buscan transmitir intensidad sin una verdadera construcción dramática. Casi como si fuera un video musical, si es que se le puede decir así, porque hay videos musicales donde los personajes tienen mejor desarrollo que aquí. A lo que va el siguiente punto.
La relación entre los protagonistas se reduce a un constante ciclo interminable de momentos pasionales, sin explorar con profundidad psicológica el conflicto. Catherine y Heathcliff son prácticamente los mismos al inicio y al final de la cinta: no hay un verdadero arco emocional, ni una evolución que nos permita ver cómo sus experiencias moldean su identidad, todo es un vaivén de escenas eróticas, desamor y corazones rotos. Fennell presenta el vínculo entre ambos como una tormenta constante, pero nunca se detiene el explorar el origen de esa tormenta.
Asimismo, el filme adapta únicamente la primera parte de la novela, lo que debilita su fuerza narrativa. La segunda mitad del libro resulta fundamental para comprender las consecuencias generacionales del vínculo tóxico entre Catherine y Heathcliff. Al omitir, la película ofrece una resolución simplista que dificulta la empatía del espectador, ya que los personajes carecen de desarrollo emocional.
La novela original mostraba con crudeza que el deseo, cuando se confunde con amor, puede convertirse en una fuerza devastadora: una llama que consume todo sin dejar nada en pie. La película, en cambio, parece quedar atrapada en la superficie estética de esa pasión. Aunque visualmente hermosa, esa superficie resulta vacía e incapaz de penetrar en el verdadero horror emocional que define la obra.
Y al quedarse en la apariencia de la tormenta sin explorar sus raíces, la adaptación pierde precisamente aquello que convirtió a Cumbres Borrascosas en una de las representaciones más complejas, perturbadoras y profundamente humanas del amor en la literatura.
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
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