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PRENSA IBERO
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Egresada de la Maestría en Sociología de la Universidad Iberoamericana

Un leitmotiv recorre las páginas de Cuidar lo común de Jorge Paoli: el desafío de que una empresa familiar sobreviva a la tercera generación. Los datos hablan de una funesta condena porque sólo alrededor del 10% de ellas sobreviven a la tercera generación. Paoli estudia decenas de casos y plantea las preguntas clave para entender, provocar el diálogo, generar conciencia y abrir alternativas en torno al epitafio que se repite en distintas culturas y lenguas: “Padre comerciante, hijo caballero, nieto pordiosero”. O bien: “La primera generación gana, la segunda gasta, la tercera todo lo arruina”.
Las historias son las mismas. Una primera generación de pioneros que se sacrifican con visión y trabajo arduo, que sueñan, construyen y ahorran, sopesando con humildad cada logro. La segunda, la de los hijos del fundador, hereda patrimonio y legado; entiende los esfuerzos del padre y expande, profesionaliza, institucionaliza y consolida el camino. Y ya luego, cuando la familia crece y ejercen el poder nietos y sobrinos alejados emocional y físicamente del origen, se hace presente el consumo del patrimonio: sucesores que polarizan, fragmentan y dilapidan sin mayor responsabilidad o compromiso, creyendo que la riqueza será eterna.
Jorge Paoli analiza las preguntas incómodas y piensa más allá de los esquemas tradicionales. Su libro me condujo a los encuentros con exitosos empresarios que, a lo largo de mi carrera profesional como biógrafa, me han buscado para escribir su legado. En todos los casos externaban una inquietud reiterativa: “Mis nietos no tienen idea de cómo se construyó esta empresa, de los sacrificios por los que hemos tenido que pasar”. “Me gustaría que fueran conscientes de todo lo que hay atrás”. O más claramente: “Creen que todo ha sido gratuito”.
Con la curiosidad que lo caracteriza, el autor se niega a aceptar que el decreto es inevitable. Aborda decenas de casos empresariales y familiares desde todas las disciplinas a fin de entender qué sirvió como aliciente o qué fue condena. Sabiendo que nada colectivo se mantiene vivo por inercia, se adentró en el tema como quien mira un jardín japonés sabiendo que, sin importar el sitio donde uno se coloque, jamás se logra ver la perspectiva completa.
De fácil lectura y enorme profundidad, en las páginas de Cuidar lo común no hay caminos unívocos ni respuestas universales, hay un mapa de cuestionamientos. El autor analiza casos reales para entender por qué algunos logran pasar la estafeta intergeneracional y sostener vínculos afectivos funcionales, mientras que otros se quedan en el intento.
Profundiza, por ejemplo, en el caso de Kodak que, de líder absoluto e ícono cultural, desapareció por desdeñar el futuro con un exceso de certidumbre. Parmalat también feneció, pero por otros motivos: creció sin mecanismos de control para limitar los intereses familiares y los de la empresa.
Paoli viaja inclusive a la Pompeya romana, cuando Lucio Cornelio Aureliano, temeroso de ser visto como débil o supersticioso, eligió no ver lo que era evidente: no escuchó los crujidos de la tierra, desdeñó el poder de la naturaleza y sepultó su historia y la de su pueblo. Por otra parte, en el siglo XIV, Piero de Medici, tercera generación sin visión ni disciplina, “selló la ruina de un linaje destinado a la grandeza” por su débil y desafortunado carácter.
Capítulo a capítulo fluyen historias que se conjugan con las ideas de grandes pensadores. El autor se detiene en las variables externas —como las crisis económicas o la revolución tecnológica— y en las internas: la flexibilidad ante los cambios, los hábitos, la gobernanza, el liderazgo, la capacidad de adaptación, el propósito, la empatía y las formas de comunicación.
Hay casos de éxito como el de Apple, que tuvo la flexibilidad para que Steve Jobs regresara a redefinir el mundo digital; o el de Pixar, que supo integrar la diversidad para convertirla en visión estratégica, es decir en fuente de: resiliencia, innovación, equilibrio, transparencia, renovación y mecanismo de colaboración sostenible.
La sentencia es clara: en un mundo cada vez más volátil y exigente, no sobreviven las organizaciones más fuertes, ni las más grandes, sino aquellas que saben aprender, transformarse y evolucionar juntas.
Con base en teorías de filosofía, psicología, sociología, antropología e historia, desde Aristóteles —con sus virtudes para formar el carácter ético—, pasando por Heráclito que bien sabía que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río porque cambia el río y cambia el hombre, hasta Adam Smith, Toffler o Fukuyama, Paoli nombra la amenaza y brinda herramientas para poder actuar a tiempo y, eventualmente, sobrevivir.
Aporta igual peso a lo individual, que a lo colectivo. Al yo que lucha por tener voz, y a la comunidad, cuya enorme responsabilidad es salvaguardar el propósito común.
A ojos del autor, la empresa —vista como laboratorio social— es una extensión de la familia. Convergen en tensión constante: el afecto y el conflicto, la memoria y la necesidad de cambio, el individuo y su compromiso con las reglas, los valores y los rituales del grupo. Está convencido de que el proyecto común requiere evolucionar sin miedo, con capacidad de adaptación y con altas dosis de generosidad, cooperación multigeneracional, inteligencia, madurez, confianza, lealtad y, sobre todo, con responsabilidad hacia el futuro.
Jorge Paoli escribe desde la experiencia acumulada: es socio, miembro del Consejo y CEO de Diestra Hoteles, cuya historia de éxito —con casi un siglo de vida— ha logrado rebasar ya la tercera generación. En su caso, aunque no está consignado en el libro, la historia de la primera generación remite a su abuelo Constantino Díaz García, nacido en 1905 en el pequeño pueblo español de Torre de Babia, una zona minera y montañosa.
Constantino, un niño inquieto y muy inteligente, dedicaba sus días a cuidar su rebaño de ovejas y a cultivar papas, a veces a 22 grados bajo cero. Soñó con “hacer la América”, pidió un préstamo y cruzó el océano en tercera clase.
En 1920 atracó en el puerto de Veracruz. En la Ciudad de México, consciente de que la imagen abre puertas —y así lo sostuvo hasta los 105 años: siempre impecable, bien rasurado, peinado y vestido—, se compró un traje y un sombrero. Bien presentado, se acercó a una empresa de máquinas de coser y, con astucia y dignidad, consiguió que le dieran a consignación una primera máquina para venderla como ambulante, tocando puertas de casa en casa. Ese mismo día regresó a pagarla y obtuvo una segunda.
Honrado, práctico y muy trabajador, aprendió también a repararlas. Su tesón, su palabra y su buen nombre lo respaldaron, y para 1929 ya estaba fundando Casa Díaz. En tiempos de la Segunda Guerra Mundial se diversificó con la representación de máquinas de coser importadas de Japón, Estados Unidos y de países europeos. Austero y ahorrador, comenzó además a invertir su dinero en la construcción de hoteles.
Como quien siembra un viñedo para ser cultivado por quien aún no ha nacido, Constantino, patriarca de la tribu, consolidó un patrimonio, creó una empresa y forjó un legado que resuena hasta la tercera y cuarta generación de su estirpe. Nunca más volvió a reunirse con su madre y abuela, a quienes adoró siempre, pero fincó un futuro para las generaciones venideras.
Aún sin poder ver, pues quedó totalmente ciego, brindó nuevos ojos para mirar el mañana: heredó una memoria, una arquitectura moral y una visión que no sólo permeó a la empresa, sino que dio sentido a los valores de la familia.
En Cuidar lo común Jorge Paoli escribe que “las familias empresarias que perduran, no sobreviven gracias a la perfección, sino a su capacidad de permanecer juntas, invertir con paciencia y trascender las urgencias del presente”.
Quizá por ello, y con conocimiento de causa, alude a la elasticidad necesaria para transformar, con justicia y propósito, el diálogo constructivo y empático; a la generosidad para deliberar, a la capacidad de escucharse, acompañarse y perdonarse; y, sobre todo, al respeto por el proyecto común y por los valores heredados que lo sostienen.
Ese respeto al legado compartido, esa sabiduría ética y esa confianza fraterna para construir el porvenir delinean el futuro como territorio simbólico para las generaciones venideras.

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