PRENSA IBERO
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24 DE ABRIL DE 2026
Por: Jorge Luis Cortés
AUTOR
Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional

La actual ola de calor en la Ciudad de México no sólo se percibe en los picos de temperatura durante el día. En los últimos días, la sensación de bochorno se ha extendido hasta la noche, cuando, en teoría, el ambiente debería refrescar. Sin embargo, para millones de personas, el calor persiste incluso después del atardecer, afectando el descanso y la recuperación del cuerpo.
Este fenómeno tiene una explicación clara desde la ciencia urbana. De acuerdo con el Dr. Juan Manuel Núñez, académico del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (Centrus) de la Universidad Iberoamericana, se trata de un efecto característico de las grandes ciudades conocido como isla de calor urbana, el cual explicó en un artículo de opinión publicado en 2023.
La lógica es sencilla, pero sus efectos son profundos. Durante el día, la Ciudad de México acumula calor en sus superficies: calles, banquetas, edificios y techos absorben la radiación solar de manera mucho más intensa que los suelos naturales. A diferencia de la tierra o las áreas verdes, estos materiales, como el concreto y el asfalto, tienen una alta capacidad para almacenar energía térmica.
El problema comienza cuando el sol se oculta. Mientras en zonas rurales o con mayor vegetación la temperatura desciende rápidamente, en la ciudad ese calor acumulado no desaparece, sino que se libera de forma gradual durante la noche. Es decir, la CDMX funciona como una especie de “batería térmica” que sigue emitiendo calor horas después de que terminó la radiación solar directa.
A esto se suma la forma en que está construida la ciudad. La alta densidad de edificios y calles reduce la circulación del aire y dificulta la dispersión del calor. En muchos puntos, el aire caliente queda atrapado entre construcciones, generando una sensación térmica más elevada y prolongada. Además, la falta de vegetación limita procesos naturales como la evapotranspiración, que ayudan a enfriar el ambiente.
El resultado es una diferencia cada vez más marcada entre el día y la noche: aunque los termómetros puedan descender algunos grados, la percepción de calor se mantiene. En contextos de ola de calor, este efecto se intensifica, provocando noches particularmente incómodas y, en algunos casos, peligrosas.
El impacto no es menor. La persistencia del calor nocturno impide que el cuerpo humano se recupere del estrés térmico acumulado durante el día. Esto puede afectar la calidad del sueño, aumentar la fatiga y elevar riesgos para la salud, especialmente en niñas, niños, personas mayores y quienes padecen enfermedades crónicas.
En este contexto, la explicación del especialista de la IBERO cobra relevancia: no se trata únicamente de un fenómeno climático, sino también urbano. La manera en que se ha expandido y construido la ciudad, con menos áreas verdes y más superficies impermeables, contribuye directamente a que el calor se quede, incluso cuando cae la noche.
Frente a olas de calor cada vez más frecuentes e intensas, entender este fenómeno es clave para pensar soluciones. Desde el incremento de áreas verdes hasta el uso de materiales que reflejen la radiación solar o la planificación urbana con enfoque climático, las ciudades tienen margen de acción.
Por: Jorge Luis Cortés
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