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PRENSA IBERO
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• El Dr. Gerardo Leyva, académico del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas y del Equide, advierte que mientras en México el promedio de hijos por mujer ha caído hasta 1.2, las mexicanas reportan que desearían tener 2.2; la desigual distribución de los cuidados podría ayudar a entender esta brecha
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

¿Las personas en México simplemente dejaron de querer tener hijos o formar una familia se ha vuelto cada vez más difícil de conciliar con el trabajo, el desarrollo profesional, la economía y otros proyectos de vida? La pregunta cobra relevancia ante la velocidad con la que está cambiando la estructura demográfica del país, y el Dr. Gerardo Leyva, académico adscrito al Departamento de Ciencias Sociales y Políticas y al Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (Equide)
El dato que enciende las alertas es la aceleración de la caída en la fecundidad. De acuerdo con cifras del INEGI retomadas por Leyva, el promedio de hijos por mujer en edad reproductiva pasó de 1.9 en el Censo de Población y Vivienda 2020 a 1.2 en la Encuesta Intercensal 2025. México se encuentra así por debajo del nivel de reemplazo generacional de 2.1 hijos por mujer.
El académico señala que niveles cercanos a 1.2 se observan en países desarrollados y envejecidos, como Italia o Japón. La particularidad mexicana es que el país está llegando a estos niveles sin haber alcanzado todavía los niveles de riqueza de esas economías, lo que abre interrogantes sobre las futuras consecuencias económicas y sociales de una población que envejece.
Sin embargo, uno de los datos más reveladores aparece cuando se compara la fecundidad observada con las aspiraciones de las personas.
Leyva recuerda que, según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2023, el número promedio de hijos deseados era de 2.2, prácticamente un hijo más que el promedio observado actualmente.
La diferencia obliga a matizar la idea de que la caída de la natalidad significa simplemente que las mexicanas ya no quieren convertirse en madres.
Existe una distancia importante entre los hijos que se desean y los que finalmente se tienen.
Para explorar qué puede haber detrás, Leyva recupera una investigación realizada junto con otros especialistas a partir de información de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) 2021, cuyos resultados fueron publicados en Quality of Life in Mexico.
El estudio encontró diferencias importantes entre hombres y mujeres: el tamaño de hogar asociado con la mayor satisfacción con la vida es de cuatro integrantes para las mujeres y de seis para los hombres.
La diferencia resulta todavía más llamativa cuando se analiza la composición familiar.
Entre las mujeres, vivir en pareja sin hijos es la configuración asociada con la mayor satisfacción con la vida; entre los hombres, ésta corresponde a vivir en pareja con al menos un hijo, con o sin otros familiares. Para las mujeres, la pareja sin hijos también aparece asociada con los mayores niveles de satisfacción con su vida económica y con su ocupación.
¿Por qué pueden existir diferencias tan marcadas?
Leyva plantea como una posible explicación la permanencia de roles tradicionales dentro de los hogares: mientras las mujeres continúan asumiendo una proporción importante de las tareas domésticas y de cuidados, sobre los hombres persiste con mayor fuerza la expectativa de desempeñarse como proveedores económicos.
El problema es que esta distribución convive ahora con una realidad distinta a la de generaciones anteriores: las mujeres han transformado profundamente su participación educativa y laboral, así como sus expectativas profesionales y de desarrollo personal.
Así, tener más hijos puede implicar para ellas mayores costos en tiempo, trayectoria profesional, independencia económica y posibilidades de desarrollar otros proyectos de vida.
Desde esta perspectiva, la pregunta sobre la caída de la natalidad cambia: quizá no se trate únicamente de cuántos hijos queremos tener, sino de qué condiciones sociales, económicas y familiares hacen posible tenerlos sin que ello signifique renunciar desproporcionadamente a otras dimensiones de la vida.
El propio análisis advierte que los resultados no significan que tener hijos provoque menor felicidad entre las mujeres ni establecen por sí mismos una relación causal. Lo que muestran son asociaciones que permiten explorar algunas de las tensiones detrás de la rápida transformación demográfica mexicana.
Para Leyva, si el costo de tener más hijos continúa recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres y limita otras vías de realización personal, las decisiones individuales de tener menos hijos o no tenerlos podrían seguir reforzando la acelerada transición demográfica del país.
La discusión, por tanto, va mucho más allá de si las nuevas generaciones “quieren” o “no quieren” tener hijos. La brecha entre los 2.2 hijos que se desean y los 1.2 que se tienen coloca también bajo la lupa las condiciones laborales, económicas, familiares y de cuidados en las que hoy se intenta formar una familia en México.
El Equide de la IBERO desarrolla investigación sobre pobreza, salud y políticas orientadas a un desarrollo sostenible y equitativo, mientras que el Departamento de Ciencias Sociales y Políticas estudia de manera crítica y empírica las transformaciones sociales y políticas del país.
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