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PRENSA IBERO
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• La Dra. Marilú Rojas Salazar, investigadora del Departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad Iberoamericana, advierte que la violencia fractura la confianza que sostiene a las familias, las comunidades y las instituciones. Frente a ello, propone reconstruir redes de cuidado, solidaridad y espacios seguros
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

El multihomicidio de Jonathan Meléndez Ochoa, tecladista y fundador de la banda Camilo Séptimo; su esposa embarazada; su hija de tres años, una trabajadora del hogar, y un perro, ocurrido dentro de un departamento en Atizapán de Zaragoza, Estado de México, ha conmocionado a la sociedad mexicana no sólo por la crueldad del crimen, sino porque los presuntos responsables habrían aprovechado una relación de confianza para ingresar al domicilio. De acuerdo con la información disponible, las autoridades detuvieron a dos hombres por su probable participación en los hechos. Uno de ellos habría sido socio del músico y tenía problemas con él, y un hijo de las víctimas, de seis años, fue encontrado con vida en el inmueble.
Para la Dra. Marilú Rojas Salazar, teóloga, investigadora feminista y académica del Departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad Iberoamericana, el caso evidencia una herida profunda: la pérdida de confianza en las personas, los vínculos cercanos y las instituciones que deberían protegernos.
“La fe o la confianza no solamente está referida a lo sagrado, a la divinidad o a Dios. La confianza la adquirimos en la primera infancia y la depositamos en las personas y en las instituciones”, explicó.
Las personas confían en que el hogar será un espacio seguro, que los afectos no serán utilizados para hacerles daño y que el Estado, las familias, las iglesias y otras instituciones cumplirán su responsabilidad de cuidado. Cuando estas certezas se rompen, advirtió, puede instalarse una lógica de “sálvese quien pueda” y de confrontación entre todas y todos.
“Si se fractura la confianza, se fractura la fe. Eso es lo más grave: nos están fracturando la confianza”, afirmó.
La académica señaló que la conmoción generada por este caso también obliga a preguntarnos por qué algunas víctimas reciben mayor atención pública que otras. Aunque la notoriedad del músico permitió que el crimen tuviera una amplia cobertura, todos los días son asesinadas personas cuyos nombres e historias no llegan a conocerse.
“Somos una sociedad muy hipócrita, porque hay cuerpos que nos importan y cuerpos que no nos importan”, sostuvo Rojas Salazar. Esta valoración diferenciada de las vidas, agregó, revela problemas de clasismo, racismo y sexismo que atraviesan a la sociedad.
También pidió no reducir el caso al asesinato de una figura pública. Entre las víctimas se encontraban tres mujeres: una mujer embarazada, una niña y una joven que realizaba labores del hogar. Para la especialista, su presencia obliga a examinar la dimensión de género de la violencia y evitar que sus identidades desaparezcan detrás de la fama de una de las víctimas.
La violencia ejercida contra ellas, dijo, debe analizarse dentro de una sociedad patriarcal y misógina en la que los cuerpos de las mujeres continúan siendo vulnerados. La clasificación jurídica de los hechos corresponderá a las autoridades; sin embargo, la academia puede ayudar a formular las preguntas sociales que el caso plantea.
Rojas Salazar reconoció que existen crímenes capaces de sacudir momentáneamente a la sociedad, incluso después de años de exposición cotidiana a la violencia. El riesgo es que, después de la conmoción inicial, la indignación sea sustituida nuevamente por la apatía y el olvido.
Por ello, consideró necesario convertir el enojo en una “rabia digna”: una fuerza orientada hacia la denuncia, la memoria de las víctimas y la exigencia de justicia.
“La rabia tiene que encauzarse a la denuncia social, al clamor de justicia y a la recuperación de la memoria histórica crítica, porque como sociedad olvidamos muy fácilmente”, expresó.
Esta responsabilidad no corresponde solamente a las autoridades. Aunque el Estado debe investigar, sancionar y garantizar justicia, la sociedad también necesita revisar las violencias, intolerancias y desigualdades que reproduce en la vida cotidiana.
“No es que las personas violentas sean solamente las otras. Nos hemos convertido en una generación menos tolerante, más irascible y con mucha rabia, pero no siempre es una rabia organizada ni encauzada hacia la demanda de justicia”, agregó.
Frente a un entorno dominado por el miedo y la desconfianza, la teóloga planteó que el amor, la amistad y la construcción de comunidad adquieren un sentido subversivo. No se refiere a un amor romántico, idealizado o ingenuo, sino a una práctica social capaz de crear lazos de solidaridad y mantener viva la esperanza.
“En tiempos de odio, la amistad, el cariño y el afecto resultan subversivos”, afirmó. Amar, desde esta perspectiva, significa organizarse, acompañarse, denunciar las injusticias y construir espacios en los que las personas puedan sentirse protegidas.
La respuesta ante la violencia no debería ser encerrarnos, sospechar de todas las personas o renunciar a los vínculos, sino reconstruir cuidadosamente las condiciones que hacen posible confiar. Esto requiere crear redes comunitarias y espacios seguros desde los entornos más próximos, sin dejar de exigir a las instituciones el cumplimiento de sus responsabilidades.
“Necesitamos rehacer los principios comunitarios y empezar a crear redes de confianza. Desde lo cotidiano y desde lo pequeño podemos hacer fisuras a este sistema de violencia, desconfianza y odio que se está instalando en el imaginario social”, señaló.
Desde el Departamento de Ciencias Religiosas de la IBERO, casos como éste son analizados porque la reflexión teológica no puede limitarse a hablar de fe y espiritualidad mientras permanece desconectada de los problemas que enfrenta la sociedad.
“Una teología que no esté conectada con la vida cotidiana y con las situaciones que vive la sociedad no nos serviría de nada; sería una teología enajenante”, advirtió Rojas Salazar.
Para la investigadora, la teología debe conducir a principios concretos de amor, justicia, dignidad y construcción de paz. Pero la paz, subrayó, no consiste únicamente en la ausencia de conflicto: debe ser resultado de la justicia y la equidad.
Ante un crimen que lastima la confianza colectiva, reconstruir los vínculos no significa ignorar los riesgos ni sustituir la justicia con buenos deseos. Significa impedir que la violencia determine por completo nuestra manera de relacionarnos. En tiempos de odio, cuidarnos, organizarnos y volver a crear comunidad puede ser uno de los actos más profundamente subversivos.
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