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PRENSA IBERO
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• En vísperas del Día Mundial de la Salud Mental, el Dr. Pablo Gaitán Rossi, director del Equide IBERO, advirtió que los recursos destinados a la atención psicológica y psiquiátrica son insuficientes frente a las necesidades de la población; alrededor de una de cada cinco personas adultas reporta síntomas de ansiedad
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Aunque los problemas de salud mental afectan a una proporción importante de la población mexicana, el país destina apenas entre 1.3% y 2% de su presupuesto sanitario a este rubro, una proporción que especialistas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México consideran insuficiente para responder a las necesidades de prevención, atención psicológica y acompañamiento de la población.
Durante la mesa de análisis “Ansiedad, burnout y silencio: la epidemia que no se ve”, organizada por la IBERO en vísperas del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora el 10 de octubre, cuatro especialistas universitarios coincidieron en la necesidad de fortalecer tanto los servicios públicos como las redes de apoyo comunitarias, familiares y educativas.
El Dr. Pablo Gaitán Rossi, director del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad (Equide IBERO), explicó que el financiamiento de la salud mental se encuentra por debajo de la referencia cercana al 5% que recuperó de recomendaciones internacionales de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Sin embargo, la insuficiencia de recursos es solamente una dimensión del problema. La Dra. Ana Lilia Villafuerte, coordinadora de la Maestría en Psicología Clínica; la Dra. Cimenna Chao Rebolledo, académica del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo de la Educación (INIDE), y el Dr. Alejandro Tapia de Jesús, académico del Departamento de Salud, advirtieron que el malestar emocional también está relacionado con las condiciones de trabajo, el debilitamiento de los vínculos sociales y los riesgos de delegar el acompañamiento humano a dispositivos digitales.
Durante su intervención, Gaitán Rossi recuperó resultados de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado, según los cuales 21% de la población de 18 años o más reportó síntomas de ansiedad durante las dos semanas previas a la medición de 2025.
El investigador destacó que este porcentaje es mayor entre las mujeres, con 25%, frente al 17% registrado entre los hombres.
Aunque la proporción ha disminuido respecto de los momentos más críticos de la pandemia de COVID-19, cuando mediciones realizadas por la IBERO encontraron niveles de hasta 33%, el especialista advirtió que el malestar emocional continúa representando un desafío relevante.
También explicó que los indicios de ansiedad se relacionan con la satisfacción con la vida. Según los datos que presentó, entre quienes no reportan estos síntomas, el indicador alcanza 64%, mientras que entre quienes sí los presentan disminuye a 43%.
Estas mediciones permiten identificar situaciones de malestar emocional en la población, aunque no equivalen necesariamente a diagnósticos clínicos.
Para el director del Equide, las cifras muestran la importancia de fortalecer un sistema público capaz de identificar necesidades, prevenir el agravamiento de los padecimientos y garantizar atención oportuna.
Gaitán Rossi señaló que, de acuerdo con estimaciones del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) recuperadas durante su participación, aproximadamente dos de cada tres personas que necesitan servicios de salud mental reciben atención.
Sin embargo, advirtió que recibir un servicio no necesariamente significa obtener el acompañamiento requerido, pues algunas personas enfrentan tiempos de espera prolongados y grandes intervalos entre sus sesiones.
El investigador también cuestionó que una parte importante del modelo de atención en México se encuentre concentrada en las adicciones y en hospitales de tercer nivel, cuando resulta necesario fortalecer las estrategias de promoción de la salud mental y los servicios comunitarios.
En este sentido, planteó que el sistema sanitario debe ampliar sus capacidades preventivas y procurar que la atención no dependa exclusivamente de la posibilidad de acceder a servicios especializados.
La insuficiencia de la atención pública adquiere particular importancia para las familias con menores ingresos, que pueden enfrentar mayores dificultades para costear consultas y tratamientos fuera del sistema público.
La Dra. Ana Lilia Villafuerte coincidió en que la insuficiencia presupuestal representa un desafío, pero destacó que también es indispensable fortalecer la capacidad de las comunidades para identificar señales tempranas de deterioro emocional.
Explicó que muchas personas no llegan a consulta diciendo que tienen ansiedad, depresión o burnout. En cambio, suelen expresar que ya no duermen bien, se sienten irritables, tienen dificultades para concentrarse o han perdido el interés en actividades que anteriormente disfrutaban.
De acuerdo con la especialista, existen cuatro dimensiones en las que pueden observarse cambios relacionados con el malestar emocional: el cuerpo, las emociones, el funcionamiento cotidiano y las relaciones sociales.
Entre las señales mencionó modificaciones en los hábitos alimenticios, insomnio, cansancio persistente, dolores frecuentes, irritabilidad, desesperanza, dificultades para cumplir responsabilidades y aislamiento.
“La crisis es el último eslabón de la cadena, no el primero”, advirtió Villafuerte, al insistir en que no es necesario esperar a que una persona llegue a una situación crítica para ofrecer ayuda.
Desde su perspectiva, fortalecer las redes familiares, escolares y comunitarias puede contribuir a reconocer oportunamente estos cambios y facilitar la búsqueda de atención profesional.
También señaló que, cuando existen señales de riesgo de autolesión o suicidio, es importante hablar directamente sobre esas preocupaciones, pues preguntar de manera respetuosa no induce a una persona a cometer un acto suicida.
La Dra. Cimenna Chao Rebolledo, académica del INIDE, incorporó otra dimensión al análisis: el papel de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial en el bienestar psicológico, particularmente entre niñas, niños y adolescentes.
La investigadora explicó que las herramientas digitales pueden facilitar el aprendizaje, la comunicación y el acceso a información, pero también amplificar vulnerabilidades emocionales preexistentes.
Durante su intervención recuperó hallazgos de una investigación realizada en la IBERO, en la que identificaron que el uso de inteligencia artificial con fines emocionales era mayor entre personas con menor bienestar psicológico, baja autoestima, menor autonomía emocional y dificultades para construir relaciones sociales positivas.
La especialista advirtió que puede generarse un círculo problemático cuando las personas que carecen de redes de apoyo recurren a plataformas digitales para obtener compañía o alivio emocional.
En determinadas circunstancias, señaló, utilizar estas herramientas como sustitutos del acompañamiento humano puede contribuir al aislamiento y retrasar la búsqueda de ayuda profesional.
Por ello, llamó a las instituciones educativas a impulsar una alfabetización digital que no se limite al uso técnico de las herramientas, sino que también incorpore educación socioemocional, pensamiento crítico y conocimiento de los riesgos de las plataformas.
“El bienestar emocional es el reto que no debemos delegar al algoritmo”, sostuvo la académica.
Su planteamiento apunta a fortalecer las comunidades humanas capaces de acompañar, escuchar y orientar a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.
Por su parte, el Dr. Alejandro Tapia de Jesús, académico del Departamento de Salud, explicó que las relaciones sociales desempeñan un papel fundamental en el aprendizaje emocional, la autorregulación y el desarrollo de habilidades para convivir con otras personas.
El especialista manifestó preocupación por la frecuencia con la que dispositivos digitales son utilizados para entretener o tranquilizar a niñas y niños, en ocasiones desplazando interacciones importantes para su desarrollo.
También advirtió que la búsqueda de validación mediante redes sociales o herramientas de inteligencia artificial puede generar expectativas difíciles de trasladar a la convivencia cotidiana.
Explicó que las plataformas suelen proporcionar respuestas inmediatas y adaptadas a las preferencias del usuario, mientras que las relaciones humanas requieren escuchar perspectivas distintas, tolerar desacuerdos y aprender a manejar la frustración.
Cuando estas habilidades no se fortalecen, pueden aparecer dificultades para afrontar situaciones sociales y emocionales.
Tapia también llamó a distinguir entre la soledad como espacio saludable de reflexión y el aislamiento asociado con el malestar emocional.
Señaló que el consumo constante de contenidos digitales puede reducir los momentos de silencio necesarios para identificar y procesar pensamientos y emociones.
Desde su perspectiva, recuperar espacios de convivencia, descanso y reflexión constituye una parte importante de la construcción del bienestar psicológico.
Otro de los problemas abordados durante la mesa fue el agotamiento laboral o burnout, particularmente en profesiones caracterizadas por altos niveles de exigencia y responsabilidades de cuidado.
La Dra. Ana Lilia Villafuerte destacó la importancia de reconocer que el desgaste laboral no depende exclusivamente de las capacidades individuales para manejar el estrés, sino también de factores organizacionales como las cargas excesivas, la falta de reconocimiento y las condiciones de trabajo.
Por su parte, el Dr. Alejandro Tapia explicó que el estrés sostenido puede contribuir al desarrollo del agotamiento y que factores como las jornadas prolongadas, los traslados y la dificultad para desconectarse también afectan el tiempo disponible para la convivencia familiar.
El especialista relacionó estas condiciones con la tendencia a delegar parte del cuidado y entretenimiento infantil a dispositivos móviles, lo que puede generar nuevas dificultades en los hábitos digitales de las familias.
Las intervenciones coincidieron en que la atención de la salud mental requiere mirar más allá de la persona y considerar los entornos en los que estudia, trabaja y convive.
La mesa “Ansiedad, burnout y silencio: la epidemia que no se ve” permitió abordar la salud mental desde cuatro perspectivas complementarias: la investigación sobre desigualdad, la psicología clínica, la educación y las ciencias de la salud.
Mientras Pablo Gaitán Rossi advirtió sobre la insuficiencia de recursos y las dificultades de acceso a servicios, Ana Lilia Villafuerte destacó la importancia de identificar señales tempranas de deterioro emocional; Cimenna Chao Rebolledo llamó a no sustituir los vínculos humanos por algoritmos, y Alejandro Tapia de Jesús subrayó la necesidad de recuperar espacios de convivencia y autorregulación emocional.
Sus aportaciones muestran que el bienestar psicológico no depende únicamente de las decisiones individuales, sino también de las condiciones sociales, económicas, educativas y laborales que rodean a las personas.
En vísperas del Día Mundial de la Salud Mental, las reflexiones compartidas en la IBERO apuntan a la necesidad de fortalecer los servicios públicos, ampliar la prevención, mejorar la identificación temprana de riesgos y reconstruir redes de apoyo capaces de acompañar a quienes necesitan ayuda.
Porque hablar cada vez más de salud mental representa un avance, pero el desafío sigue siendo garantizar que las personas que requieren atención puedan recibirla oportunamente, sin que sus posibilidades económicas o la ausencia de redes de apoyo se conviertan en obstáculos adicionales.

Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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