PRENSA IBERO
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23 DE MARZO DE 2026
Por: Jorge Luis Cortés
AUTOR
Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional

Los hogares de menores ingresos en México han logrado avances claros en condiciones materiales —como mayor seguridad alimentaria, acceso a internet y cobertura de servicios básicos—, posiblemente como resultado de programas públicos. Sin embargo, estos logros no eliminan una vulnerabilidad estructural que sigue marcando su vida cotidiana, expresada en falta de tiempo para la vida personal, poco tiempo para actividades culturales y recreativas, debilitamiento del tejido social, afectaciones a la salud mental, y carga desigual de cuidados.
Así lo documenta un artículo científico publicado en Frontiers in Public Health, elaborado por el Dr. Oscar A. Martínez, del Departamento de Ciencias Sociales y del** Instituto de Investigaciones para el Desarrollo con Equidad** (EQUDE) de la Universidad Iberoamericana; la Dra. Mónica Ancira, del Departamento de Salud y del Observatorio Materno Infantil de la IBERO; en colaboración con la Dra. Araceli Ramírez, del Tecnológico de Estudios Superiores de Chicoloapan.
El estudio identifica dos realidades que coexisten:
Por un lado, avances materiales, visibles en:
Pero, al mismo tiempo, una vulnerabilidad estructural persistente, que se expresa en condiciones concretas como:
De acuerdo con las y los académicos, estas condiciones muestran que el bienestar no depende únicamente de contar con servicios o alimentos, sino también de disponer de tiempo, redes de apoyo y estabilidad emocional.
El artículo subraya que las políticas públicas han logrado mejorar aspectos materiales, pero aún enfrentan el desafío de intervenir en estas dimensiones estructurales que reproducen la desigualdad. Atender la falta de tiempo, fortalecer la vida comunitaria y reconocer la salud mental como un componente central del bienestar son, señalan, pasos clave para avanzar.
El artículo se construye a partir de una lectura integral del bienestar que incorpora dimensiones frecuentemente invisibilizadas en la medición tradicional de la pobreza. En particular, pone énfasis en cómo el uso del tiempo, la salud emocional y las relaciones sociales configuran experiencias diferenciadas de bienestar, incluso entre hogares con condiciones materiales similares.
Entre sus aportes, el estudio identifica que la organización cotidiana de los hogares está profundamente marcada por la sobrecarga de responsabilidades, especialmente en contextos donde el trabajo remunerado se combina con tareas domésticas y de cuidado no remuneradas. Esta dinámica limita la posibilidad de planear, descansar o participar en actividades que fortalezcan el desarrollo personal y comunitario.
Asimismo, las y los autores destacan que la vida comunitaria enfrenta procesos de fragmentación que reducen las oportunidades de interacción, apoyo mutuo y construcción de confianza. Esta disminución en la cohesión social tiene efectos directos en la capacidad de los hogares para enfrentar situaciones adversas, al debilitar redes que históricamente han funcionado como mecanismos de resiliencia.
Finalmente, el análisis plantea que comprender estas dinámicas es clave para diseñar intervenciones más efectivas. Al evidenciar cómo distintas dimensiones del bienestar se entrelazan, el estudio abre la puerta a políticas que reconozcan la complejidad de la vida cotidiana y atiendan no sólo las condiciones materiales, sino también los factores sociales y emocionales que sostienen —o limitan— el bienestar.
Con este análisis, la Universidad Iberoamericana aporta evidencia para entender que los avances visibles en los hogares no necesariamente se traducen en una mejor calidad de vida, y que la desigualdad persiste en formas menos evidentes, pero igual de profundas.
Por: Jorge Luis Cortés
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