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PRENSA IBERO
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• La Dra. Ana Cristina Santos Pérez advirtió en un artículo publicado en el boletín de la Biblioteca IBERO sobre las implicaciones éticas y culturales de destruir ejemplares físicos para convertirlos en datos de entrenamiento • El caso de Anthropic, empresa creadora de Claude, reabre el debate sobre derechos de autor, acceso al conocimiento, preservación de libros y concentración de información en manos de empresas tecnológicas • La académica plantea que, frente a la comodidad de las respuestas instantáneas de la IA, el libro físico conserva valor como memoria, evidencia y fuente directa de conocimiento
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Comprar miles de libros impresos, retirar sus encuadernaciones, escanear sus páginas y posteriormente desecharlos puede parecer una escena de ciencia ficción, pero es una práctica que ha entrado en el debate sobre la manera en que algunas compañías desarrolladoras de Inteligencia Artificial construyen sus grandes repositorios de información.
La Dra. Ana Cristina Santos Pérez, académica de tiempo completo de la Universidad Iberoamericana, lanzó una advertencia sobre este fenómeno en un artículo publicado en el boletín de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la IBERO
En su texto, la especialista señala que la compañía llegó a un acuerdo judicial por 1,500 millones de dólares con autores y editoriales en medio de una controversia por el uso de obras para entrenar sus modelos de IA.
Más allá de la disputa legal, Santos Pérez pone el foco en una práctica que considera particularmente llamativa: la adquisición masiva de libros impresos para digitalizarlos mediante procesos que implican deshojar o retirar la encuadernación de los ejemplares, escanearlos a gran velocidad y posteriormente desechar el papel.
La situación, sostiene, obliga a preguntarse qué ocurre con el valor cultural y material del libro cuando una obra deja de ser concebida como un objeto destinado a circular, conservarse y ser consultado para convertirse únicamente en información utilizable por un sistema tecnológico.
Uno de los dilemas planteados por la académica tiene que ver con la transformación del conocimiento en un activo controlado por empresas privadas.
Tradicionalmente, cuando una biblioteca pública o universitaria adquiere un libro, éste puede permanecer disponible durante años para distintas generaciones de lectoras y lectores. En cambio, cuando una empresa tecnológica compra un ejemplar para digitalizarlo y destruir posteriormente el soporte físico, el conocimiento contenido en esa obra puede terminar integrado en sistemas privados.
Santos Pérez plantea así una paradoja: tecnologías que prometen facilitar el acceso al conocimiento también pueden contribuir a concentrarlo dentro de infraestructuras controladas por grandes corporaciones.
“De la democratización al secuestro corporativo”, resume en su artículo al contrastar el modelo de la biblioteca con el de plataformas tecnológicas que procesan grandes cantidades de información para desarrollar servicios comerciales.
La pregunta de fondo es si la disponibilidad inmediata de información equivale necesariamente a una verdadera democratización del conocimiento.
Otro de los riesgos señalados por la académica tiene que ver con la manera en que las nuevas generaciones se relacionan con las fuentes.
Para estudiantes e investigadores, explica, la posibilidad de encontrar información en cuestión de segundos puede resultar enormemente atractiva. Sin embargo, esa comodidad puede modificar la relación con los textos originales.
Una herramienta de IA puede sintetizar información y producir respuestas rápidamente, pero no necesariamente sustituye la experiencia de consultar directamente una obra, conocer su estructura completa, revisar sus argumentos, identificar matices o contrastar lo dicho con otras fuentes.
Santos Pérez advierte así sobre un tránsito “de la lectura crítica al resumen digerido”.
El riesgo, desde esta perspectiva, no reside únicamente en utilizar Inteligencia Artificial, sino en sustituir la consulta y análisis de las fuentes por respuestas procesadas previamente por un sistema.
Ganamos velocidad, plantea la académica, pero podemos perder capacidad de contraste y de pensamiento autónomo si dejamos de acudir a los materiales originales.
Frente a este escenario, Santos Pérez propone reconsiderar el valor del libro como objeto material.
En una época en la que grandes cantidades de información son almacenadas, transformadas y procesadas digitalmente, el ejemplar físico puede adquirir una nueva dimensión: no únicamente como soporte de lectura, sino como evidencia histórica.
Las bibliotecas cumplen precisamente una función de preservación de esa memoria material. Un libro permite conservar no sólo el contenido de una obra, sino también ediciones, diseños, anotaciones, características físicas y otros elementos que forman parte de su historia.
Por ello, la académica plantea que el libro físico puede entenderse también como una forma de resistencia frente a un entorno en el que buena parte del conocimiento circula a través de sistemas digitales susceptibles de ser modificados, resumidos o recontextualizados.
El artículo publicado en el boletín de la Biblioteca IBERO deja abiertas distintas preguntas para estudiantes, investigadores y lectores.
Entre ellas, si adquirir legalmente un ejemplar otorga también un derecho ético a destruirlo para desarrollar una tecnología comercial; si la información ofrecida mediante sistemas de IA puede considerarse verdaderamente conocimiento democratizado o si se trata de un producto concentrado dentro de plataformas privadas; y qué papel deben desempeñar las bibliotecas en un ecosistema dominado cada vez más por herramientas digitales.
También plantea una interrogante sobre el costo de la inmediatez.
Detrás de una respuesta generada en segundos por un chatbot existen procesos de entrenamiento que requieren enormes cantidades de información. Para Santos Pérez, vale la pena preguntarse qué estamos dispuestos a sacrificar para obtener esa comodidad y qué efectos puede tener este modelo tanto en la preservación de los libros como en la sostenibilidad del trabajo de autoras y autores.
El debate, en ese sentido, va mucho más allá de decidir entre leer en papel o utilizar una herramienta digital.
Se trata de preguntarnos quién conserva el conocimiento, quién puede acceder a él y bajo qué condiciones queremos que la memoria escrita de nuestras sociedades sobreviva en la era de la Inteligencia Artificial.
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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