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PRENSA IBERO
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• En el más reciente número de la Revista IBERO, dedicado a la muerte y publicado en vísperas del Día de Muertos, el Dr. Luis Arriaga Valenzuela, S.J., llama a reconocer que morir no es únicamente un proceso biológico, sino también una experiencia atravesada por las condiciones sociales, económicas y familiares
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

En México, donde cada año el Día de Muertos nos invita a recordar a quienes ya partieron, pocas veces nos detenemos a pensar en las condiciones en las que transcurren los últimos días de una persona. ¿Todos tenemos las mismas oportunidades de morir acompañados, recibir atención médica y despedirnos dignamente de nuestros seres queridos? La respuesta está relacionada con una realidad que atraviesa prácticamente todas las dimensiones de nuestra existencia: la desigualdad también influye en cómo morimos y en las posibilidades que tienen nuestras familias de afrontar el duelo.
Esta es una de las reflexiones que plantea el Dr. Luis Arriaga Valenzuela, S. J., Rector de la
La más reciente edición de la publicación universitaria, titulada “Morir en México”, aparece en vísperas de las celebraciones del Día de Muertos y reúne distintas aproximaciones a la muerte, desde la espiritualidad y las prácticas culturales hasta las consecuencias de la violencia y las desapariciones en nuestro país.
En su reflexión, el Rector recupera los hallazgos de una comisión internacional de especialistas publicada en la revista científica The Lancet en 2022, que propone reconsiderar la manera en que las sociedades contemporáneas comprenden y acompañan la muerte.
El estudio plantea que morir debe entenderse como un proceso que involucra dimensiones físicas, psicológicas, sociales, relacionales y espirituales, y no solamente como el desenlace de una enfermedad o el cese de las funciones biológicas.
Factores como el empleo, los ingresos, la educación, el género, la discriminación y el acceso a los servicios condicionan tanto las circunstancias en las que las personas mueren como las experiencias de duelo de sus familiares.
Desde esta perspectiva, la desigualdad que determina nuestras oportunidades de bienestar durante la vida también influye en las condiciones que rodean su final.
El planteamiento invita a reconocer que una muerte digna no depende exclusivamente de la atención clínica, sino también de las redes de cuidado, las relaciones humanas y las condiciones sociales que hacen posible el acompañamiento.
Otro de los aspectos que aborda el Rector es la progresiva separación de la muerte respecto de la vida cotidiana.
Retomando las reflexiones del sociólogo Norbert Elias en La soledad de los moribundos, explica cómo las sociedades industriales desarrollaron mecanismos cada vez más especializados para atender a las personas durante sus últimos días, pero también contribuyeron a alejarlas de sus entornos familiares y comunitarios.
En consecuencia, numerosas personas atraviesan el final de sus vidas en hospitales, asilos o instituciones, mientras la muerte se convierte en una experiencia cada vez menos presente en las conversaciones y relaciones cotidianas.
El Rector identifica una paradoja: los avances de la medicina han permitido aliviar sufrimientos físicos que anteriormente resultaban difíciles de controlar, pero eso no necesariamente ha significado que las personas reciban mayor acompañamiento humano.
Esta preocupación coincide con la perspectiva de la Organización Mundial de la Salud sobre los cuidados paliativos, que reconoce la importancia de atender las necesidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales de las personas, así como de acompañar a sus familias durante el duelo.
Por ello, el artículo recupera el llamado a devolver la muerte a la vida, es decir, reincorporar las conversaciones sobre nuestra mortalidad a los espacios cotidianos y fortalecer las redes comunitarias de cuidado que se han debilitado con la creciente medicalización del final de la existencia.
Aunque el texto aborda problemáticas sociales contemporáneas, su punto de partida se encuentra en los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús.
El Rector explica que, durante este proceso de reflexión y discernimiento, Ignacio propone un ejercicio particular: imaginarse en el último día de la propia vida y evaluar, desde ese momento, las decisiones que se están tomando en el presente.
La intención no es provocar miedo a morir, sino ofrecer una perspectiva que permita distinguir entre las preocupaciones inmediatas y aquello que verdaderamente tiene valor.
Arriaga sostiene que la conciencia de nuestra mortalidad revela una realidad fundamental: la vida es algo que recibimos, no una propiedad sobre la que tenemos dominio absoluto.
Esa comprensión también transforma nuestra relación con otras personas, pues reconocer que nuestra propia existencia es limitada implica aceptar que tampoco podemos disponer arbitrariamente de la vida de los demás.
El planteamiento adquiere especial relevancia cuando se traslada a quienes ejercen responsabilidades públicas o administran recursos que afectan el bienestar colectivo.
Desde la tradición ignaciana, el Rector recupera la necesidad de que quienes gobiernan reflexionen sobre el uso de los bienes que tienen bajo su responsabilidad y sobre aquello que destinan a las personas más necesitadas.
En la parte final de su artículo, el Rector lleva esta reflexión al contexto mexicano y reconoce la lucha de las mujeres que recorren el país buscando a sus familiares desaparecidos.
Su ejemplo, plantea, permite comprender que la ausencia de una persona no pone fin a las responsabilidades que la sociedad tiene frente a ella.
Las madres buscadoras mantienen viva una exigencia de justicia que interpela a las instituciones y recuerda que ninguna vida puede considerarse prescindible.
La reflexión adquiere particular significado en un país donde las celebraciones del Día de Muertos conviven con el dolor de miles de familias que desconocen el paradero de sus seres queridos y que, por esa razón, tampoco han podido atravesar un proceso de despedida.
Para cerrar, Arriaga recupera una imagen de la tradición cristiana: el sepulcro de Jesús situado en un jardín, como una forma de comprender que la muerte no puede separarse de aquello que una vida deja para las demás personas.
“Una vida se mide por lo que dejó sembrado”, escribe el Rector, antes de recordar que nuestras decisiones presentes también determinarán aquello que heredaremos a las siguientes generaciones.
En vísperas del Día de Muertos, su reflexión invita a ampliar las preguntas que tradicionalmente nos hacemos sobre la muerte: no solamente cómo recordamos a quienes ya no están, sino qué estamos haciendo, como sociedad, para cuidar y acompañar a quienes todavía están con nosotros.
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