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PRENSA IBERO
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• Un estudio internacional, con participación de la Dra. Grisel Salazar y la Dra. Mireya Márquez, investigadoras de la IBERO, analiza el bienestar emocional de 3 mil 670 periodistas de 10 países latinoamericanos • La investigación revela que la precariedad laboral, las jornadas extensas, el acoso y la autocensura tienen un peso determinante • También identifica tensión entre la autocensura como mecanismo de protección y los valores profesionales de quienes ejercen el periodismo • Propone analizar el bienestar de periodistas desde factores individuales, laborales y contextuales
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: luis.reyes@ibero.mx

Un estudio internacional con participación de la Dra. Mireya Márquez Ramírez y la Dra. Grisel Salazar Rebolledo, académicas de la Universidad Iberoamericana (IBERO), analizó a 3,670 periodistas de 10 países de América Latina. Encontró que dejar de publicar por razones de seguridad, el acoso laboral y el compromiso con vigilar al poder son los factores más asociados con la preocupación por su bienestar emocional.
El 44% de las y los periodistas encuestados reportó haberse autocensurado por seguridad.
El acoso laboral y la adhesión al rol de vigilancia del poder aparecen en segundo y tercer lugar. El discurso de odio no resultó significativo.
Ganar más protege, pero menos a las mujeres. Ni la libertad de prensa nacional ni el apoyo gubernamental mostraron efecto.
La investigación Toward a Comprehensive Understanding of Journalists' Emotional Well-Being: Precarity, Identity and Shared Concern in Latin America, publicada en Journalism Studies como parte de la tercera ola del Worlds of Journalism Study, midió qué factores individuales, laborales y nacionales se asocian con la preocupación de las y los periodistas por su bienestar emocional.
El resultado más contundente fue la autocensura por motivos de seguridad. Casi la mitad de la muestra, 44%, dijo haber dejado de publicar o investigar un tema para protegerse, y esa decisión fue la variable con mayor peso en el modelo.
Callar puede reducir el riesgo físico, pero no elimina la preocupación. Para quien entiende su trabajo como exhibir corrupción, abusos de poder o hechos de interés público, renunciar a hacerlo tiene un costo.
“Es una profesión muy resiliente y además muy estoica”, explica Salazar Rebolledo, académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana. Esa cultura de resistencia, advierte, hace que las afectaciones emocionales del oficio permanezcan poco visibles.
El tercer predictor más fuerte fue el apoyo al rol de vigilancia del poder, el llamado periodismo watchdog. Quienes más se identifican con la tarea de supervisar a gobiernos, empresas y otros actores poderosos reportaron mayor preocupación por su bienestar.
Los autores leen este hallazgo junto con el de la autocensura como evidencia de una disonancia de rol (role-support discordance). Es el conflicto entre los roles que el periodista considera centrales en su profesión y las condiciones que le impiden ejercerlos con seguridad.
La consecuencia va más allá de lo individual. Si vigilar al poder es emocionalmente más costoso, lo que está en riesgo es la capacidad de los medios para cumplir esa función.
El acoso laboral o bullying fue el segundo predictor más fuerte. Las mujeres periodistas lo reportan con mayor frecuencia que los hombres.
En cambio, el discurso de odio no alcanzó significancia estadística, por lo que la hipótesis sobre victimización se confirmó solo de forma parcial.
El dato desplaza parte de la atención hacia dentro de las redacciones. El malestar no depende solo de las amenazas externas, sino también de las condiciones y el trato en los propios lugares de trabajo.
Un mayor ingreso se asoció con menor preocupación, lo que lo convierte en un factor protector. Sin embargo, la interacción entre género e ingreso indica que ese efecto protector es menor para las mujeres.
Ser mujer se asoció por sí mismo con mayor preocupación, incluso considerando el resto de las variables. La investigación vincula esta diferencia con cargas de cuidado y con experiencias diferenciadas de acoso laboral y de género.
“No solamente es material, sino también emocional y mental”, plantea Salazar Rebolledo sobre la precarización del periodismo.
El estudio arrojó tres asociaciones contrarias a lo que los autores esperaban:
Apoyo de colegas tras una agresión. En lugar de reducir la preocupación, se asoció con más. Los autores lo interpretan como un posible contagio emocional entre pares. Por el diseño transversal del estudio, no puede afirmarse que el apoyo cause el malestar; también es posible que quienes ya lo padecen busquen más a sus colegas.
Contrato de tiempo completo. Tener una plaza de tiempo completo también se asoció con mayor preocupación, cuando se esperaba que la estabilidad laboral protegiera.
Horas trabajadas. Más horas, más preocupación. Es un efecto significativo, aunque de menor peso que la autocensura o el acoso.
“Mi jornada dura 24 horas, porque yo nunca dejo de pensar en mi trabajo”, recuerda Salazar Rebolledo de una de las respuestas recogidas en el estudio.
Los indicadores nacionales de libertad de prensa, medidos con el índice de Reporteros sin Fronteras (RSF), no resultaron significativos. Tampoco el apoyo de autoridades gubernamentales.
Un país puede tener una calificación aceptable en libertad de prensa y, aun así, sus periodistas enfrentar autocensura, acoso y jornadas que deterioran su bienestar. Para Salazar Rebolledo, las condiciones nacionales generales no alcanzan a explicar la experiencia cotidiana del oficio.
El modelo explicó 10% de la variación en la preocupación por el bienestar emocional. Los propios autores reconocen que queda mucho por explicar y que futuras investigaciones deberán incorporar otras variables.
Las conclusiones apuntan a intervenciones dentro de las organizaciones periodísticas, pero también a cambios estructurales en el modelo económico del periodismo.
“El desgaste que estás enfrentando no termina cuando sales de la redacción o cuando mandas la nota”, señala Salazar Rebolledo.
Si casi la mitad de los periodistas de la región se autocensura por seguridad, y quienes más se comprometen con vigilar al poder son quienes más se desgastan, la pregunta deja de ser individual: ¿qué información puede recibir una sociedad cuando informar tiene este costo para quienes lo hacen?
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