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PRENSA IBERO
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• Con ¿Que me lleve el mar, proyecto desarrollado durante la Maestría en Cine de la Universidad Iberoamericana, un realizador obtuvo el premio a Mejor Película Psicológica en los Tokyo Film & Screenplay Awards 2026. La obra, que nació de una experiencia personal, propone abrir conversaciones sobre el suicidio sin estigmas ni condenas morales
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Una persona le confesó que estaba pensando en quitarse la vida. En lugar de responder con reproches, condenas o juicios morales, decidió escucharla y acompañarla. Aquella experiencia, que terminó sin que se consumara el suicidio, se convirtió en el punto de partida de Que me lleve el mar, un cortometraje desarrollado por Adrián Alarcón durante su paso por la Maestría en Cine de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, que acaba de obtener el premio a Mejor Película Psicológica (Best Psychological Film) en los Tokyo Film & Screenplay Awards 2026, en Japón
Su realizador está convencido de que abordar abiertamente la salud mental y las ideas suicidas, sin estigmatizar a quienes las experimentan, puede ayudar a construir espacios de confianza en los que las personas se sientan capaces de expresar lo que están viviendo y buscar acompañamiento.
La propuesta cinematográfica, que tomó prácticamente los dos años de formación de la maestría, aborda una temática compleja desde una mirada contemplativa, con una narrativa de emociones contenidas y especial atención a la fotografía, el sonido y la música.
Su intención no es ofrecer respuestas definitivas a un problema multifactorial, sino cuestionar algunas de las certezas sociales y culturales que condicionan la manera en que hablamos del sufrimiento psicológico.

La historia de Que me lleve el mar surgió cuando una persona cercana al realizador compartió con él sus pensamientos suicidas. Frente a aquella confesión, su primera reacción fue agradecerle la confianza y hacerle saber que podía hablar sin temor a ser juzgada.
El cineasta recuerda que no recurrió a sermones, amenazas ni descalificaciones, sino que manifestó su disposición a escuchar y acompañar.
Aquella respuesta, distinta de la que su interlocutor esperaba, abrió un espacio de diálogo. La persona finalmente no murió por suicidio, aunque el realizador evita presentar su reacción como una explicación única de lo sucedido.
A partir de esta experiencia comenzó a desarrollar una reflexión sobre el peso que las creencias religiosas, las convenciones sociales y los juicios morales pueden tener sobre las personas que atraviesan situaciones de sufrimiento emocional.
En su opinión, el silencio y la estigmatización dificultan que quienes experimentan pensamientos suicidas puedan hablar de ellos abiertamente.
Por ello, el cortometraje busca propiciar conversaciones más empáticas, respetuosas y libres de condenas.
El realizador también aclara que no es posible determinar si una obra cinematográfica específica consigue prevenir suicidios. Sin embargo, considera que el cine puede contribuir a generar condiciones para hablar de aquello que muchas veces permanece oculto.
Esta perspectiva coincide con la importancia que especialistas y organismos de salud pública atribuyen a la escucha sin prejuicios, el acompañamiento y la búsqueda de atención profesional como parte de las estrategias de prevención.
El cortometraje también se convirtió en un espacio de discusión sobre los prejuicios que condicionan nuestras interpretaciones de las historias y de las relaciones humanas.
El realizador recuerda que durante el proceso de realización del filme una persona cuestionó la naturaleza de la relación entre dos personajes, argumentando que no podían ser pareja debido a sus diferencias físicas: uno era considerado guapo y el otro feo.
En otra ocasión, alguien preguntó por qué el personaje que moría era precisamente aquel que respondía a determinados cánones de belleza.
Lejos de interpretar estos comentarios únicamente como cuestionamientos a su trabajo, el cineasta encontró en ellos una confirmación del potencial de su propuesta.
Las observaciones revelaban que incluso en espacios de discusión artística podían aparecer creencias profundamente arraigadas sobre la apariencia física, el amor y el valor que otorgamos a las personas.
Para el realizador, estas reacciones demostraron que Que me lleve el mar tenía la capacidad de incomodar, provocar preguntas y poner en evidencia ideas que muchas veces permanecen instaladas de manera inconsciente.
En este sentido, recupera las reflexiones del escritor James Baldwin sobre la capacidad del arte para perturbar nuestra comodidad y cuestionar aquello que damos por sentado.
Defender esta visión se convirtió en una constante durante sus estudios de posgrado. Aunque el proyecto experimentó transformaciones importantes a lo largo de su desarrollo, mantuvo la esencia de la propuesta original.

Que me lleve el mar fue desarrollado prácticamente durante los dos años de la Maestría en Cine de la Universidad Iberoamericana, mediante un proceso que integró distintas asignaturas, ejercicios académicos y colaboraciones creativas.
A diferencia de otras producciones que parten de un guion terminado, este cortometraje construyó su escritura a partir de un trabajo colectivo con el elenco.
El realizador explica que aprovechó las herramientas adquiridas en sus clases para fortalecer progresivamente la historia y sus componentes visuales y sonoros.
En la asignatura de Dirección de Actores trabajó con la docente Nicole Vanden Broeck, mientras que el desarrollo del guion contó con el acompañamiento del profesor Israel León Fájer.
Asimismo, el diseño sonoro se enriqueció mediante los aprendizajes adquiridos en las clases de Martín Hernández y la colaboración de Julio Miranda, estudiante de la Licenciatura en Comunicación.
La fotografía estuvo a cargo de León Boltvinik, mientras que Alonso Burgos compuso la música original.
Este proceso permitió que las decisiones creativas se construyeran de forma articulada con la formación académica, desde la escritura y la dirección hasta la posproducción.
La versión final estuvo lista para presentarse en el último coloquio del programa y posteriormente formó parte del examen profesional del proyecto, en el que recibió una mención honorífica.
Para el realizador, una de las enseñanzas más importantes de la maestría fue aprender a defender sus decisiones creativas con argumentos, sin renunciar a la posibilidad de transformarlas cuando surgieran observaciones fundamentadas.

El reconocimiento internacional también representa un resultado significativo dentro del complejo proceso de distribución del cine independiente.
El realizador explica que había inscrito Que me lleve el mar en aproximadamente 30 convocatorias de festivales, mediante plataformas como FilmFreeway y Festhome.
Hasta el momento de la entrevista, el cortometraje había recibido 16 rechazos. Su primera selección oficial llegó precisamente de los Tokyo Film & Screenplay Awards y estuvo acompañada del premio a Mejor Película Psicológica.
La experiencia resulta especialmente significativa porque el cineasta reconoce que participar en festivales requiere una inversión económica considerable, con inscripciones que pueden costar entre 20 y 50 dólares cada una.
Durante la Maestría en Cine, la asignatura de Gestión de la Industria Audiovisual, impartida por José Ángel Villegas, le permitió conocer herramientas para diseñar estrategias de distribución, identificar convocatorias y construir calendarios de festivales.
El egresado destaca que estos aprendizajes fueron fundamentales para comprender que terminar una película representa apenas una parte del trabajo cinematográfico: después comienza el desafío de conseguir que encuentre públicos.
El premio obtenido en Japón constituye, por ahora, el primer reconocimiento internacional del cortometraje, mientras continúa a la espera de resultados de otras convocatorias.

Más allá del reconocimiento, el realizador considera necesario abrir una discusión sobre las condiciones de distribución de los cortometrajes y las restricciones que algunos festivales imponen a su exhibición en plataformas digitales.
Explica que, en determinados circuitos, las producciones deben mantenerse fuera de espacios abiertos como YouTube o Vimeo para conservar posibilidades de selección.
Esta situación puede dificultar la construcción de comunidades de espectadores, particularmente para cineastas independientes que dependen de las redes sociales para promover sus proyectos y establecer vínculos con posibles colaboradores.
Desde su perspectiva, encontrar nuevas maneras de conectar las obras con sus audiencias es tan importante como conseguir que las películas sean seleccionadas por festivales.
El realizador también continúa involucrado en otros proyectos cinematográficos, entre ellos Telaraña, que participó en un concurso de pitch de Shorts México, y A quien le toca, serie vertical seleccionada oficialmente en FICMA, en la que participa como actor.
Estas experiencias forman parte de una trayectoria que combina la creación, la actuación y la aplicación profesional de los conocimientos adquiridos durante sus estudios.

Para el realizador de Que me lleve el mar, el premio obtenido en Japón representa un reconocimiento al trabajo de un equipo que decidió abordar una temática difícil desde una perspectiva poco convencional.
Sin embargo, uno de los mayores valores que identifica en su cortometraje es la capacidad de provocar conversaciones, cuestionar prejuicios y confrontar ideas que suelen aceptarse sin demasiada reflexión.
La obra demuestra cómo el cine puede convertirse en un espacio para explorar experiencias humanas complejas, fomentar la empatía y abrir interrogantes sobre nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Con este primer reconocimiento internacional, Que me lleve el mar comienza a encontrar espectadores más allá de México, llevando consigo una apuesta creativa desarrollada en la Universidad Iberoamericana: contar historias que no dejen indiferente al público y que contribuyan a mirar la realidad desde nuevas perspectivas.

Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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