Este Mundial 2026, Rector IBERO invita a celebrar el futbol sin apartar el ojo crítico de los problemas sociales
• La celebración desatada tras la victoria de México en el arranque del Mundial 2026 confirma la enorme capacidad del futbol para generar identidad, comunidad y alegría colectiva. Sin embargo, también invita a reflexionar sobre las tensiones políticas, económicas y sociales que acompañan al deporte más popular del planeta
Las imágenes que dejó la noche del jueves tras el triunfo de México en el partido inaugural de la Copa Mundial 2026 fueron elocuentes. Miles de personas se congregaron en el Ángel de la Independencia, plazas públicas y calles de distintas ciudades del país para celebrar una victoria que, más allá del resultado deportivo, pareció despertar un sentimiento compartido de pertenencia y entusiasmo.
La escena ofrece una ilustración casi perfecta de una de las ideas centrales que desarrolla el Dr. Luis Arriaga Valenzuela, S. J., Rector de la Universidad Iberoamericana, en su artículo El futbol: entre la fiesta y la voracidad del mercado
Su planteamiento parte de una premisa sencilla, pero profunda: el futbol no se agota en una sola explicación. En él conviven la pasión del juego y la lógica del mercado; la construcción de comunidad y las tensiones sociopolíticas; la memoria colectiva y una industria global capaz de mover miles de millones de dólares. Pensarlo con seriedad, sostiene el autor, exige resistirse tanto a la idealización como al cinismo y asumir la complejidad del fenómeno.
Los festejos de ayer son una muestra evidente de esa capacidad que tiene el futbol para generar experiencias colectivas difíciles de encontrar en otros ámbitos de la vida contemporánea. Durante unas horas, personas de distintas edades, clases sociales, profesiones e ideologías compartieron una misma emoción. El país pareció reconocerse a sí mismo en una celebración común.
Esa fuerza simbólica es precisamente uno de los aspectos que el Rector destaca en su reflexión.
Apoyándose en autores como Johan Huizinga y Roger Caillois, el Dr. Arriaga recuerda que el juego constituye una actividad esencial de la experiencia humana. No se trata de una actividad superficial o secundaria, sino de una práctica que genera sentido, crea comunidad y permite construir formas de convivencia basadas en reglas compartidas.
Desde esta perspectiva, el futbol es mucho más que un espectáculo. Es un espacio simbólico en el que las personas encuentran formas de reconocerse mutuamente, expresar emociones colectivas y fortalecer vínculos sociales.
La euforia observada tras el triunfo mexicano parece confirmar esta lectura. Lo que se celebraba no era únicamente un marcador favorable, sino la posibilidad de compartir una alegría común en un país marcado por problemas.
Sin embargo, el artículo del Rector no se detiene en esa dimensión festiva.
De hecho, una de sus principales aportaciones consiste en advertir que reducir el futbol a una historia de unidad, identidad y celebración sería tan simplista como reducirlo únicamente a un negocio.
El sacerdote jesuita recuerda que el futbol contemporáneo, particularmente en su expresión globalizada, está atravesado por intereses económicos, decisiones institucionales y procesos políticos que tienen consecuencias muy concretas sobre millones de personas.
Los Mundiales representan quizá la máxima expresión de esta contradicción. Son eventos capaces de producir experiencias colectivas extraordinarias y, al mismo tiempo, convertirse en escenarios en los que aparecen problemas relacionados con corrupción, desplazamiento de comunidades, especulación inmobiliaria, uso cuestionable de recursos públicos o vulneraciones a derechos humanos.
El autor recuerda los cuestionamientos surgidos en torno a Sudáfrica 2010 por el destino de la infraestructura construida para el torneo; las denuncias de desalojos y afectaciones al derecho a la vivienda registradas durante Brasil 2014; los escándalos de corrupción que involucraron a dirigentes del futbol internacional y los señalamientos sobre abusos laborales contra trabajadores migrantes durante la preparación de Qatar 2022.
Estos antecedentes permiten comprender por qué el Rector insiste en que la emoción legítima que despierta el futbol no debe impedir una mirada crítica sobre las estructuras que hacen posible el espectáculo.
La reflexión resulta particularmente pertinente en el contexto del Mundial 2026.
Mientras las cámaras registran celebraciones multitudinarias y los estadios concentran la atención global, persisten debates sobre migración, desigualdad, seguridad, derechos laborales y uso del espacio público en los tres países anfitriones.
En el caso de México, El Dr. Arriaga subraya que el torneo se desarrolla en un contexto marcado por la violencia y la impunidad, por lo que considera importante no perder de vista las demandas sociales que puedan surgir alrededor del evento. Del mismo modo, señala que en Estados Unidos y Canadá será necesario observar con atención las tensiones relacionadas con las políticas migratorias y el trato hacia las poblaciones migrantes.
La relevancia de esta postura radica en que no plantea una oposición entre disfrutar el futbol y cuestionar sus efectos. Por el contrario, propone que ambas cosas son compatibles y, en cierta medida, necesarias.
Celebrar un triunfo de la Selección Mexicana no implica ignorar las problemáticas que rodean al torneo. Tampoco señalar esas problemáticas obliga a renunciar a la emoción que genera el juego.
El propio autor reconoce que el futbol conserva una dimensión profundamente humana. En una cancha profesional o en un llano de barrio, enseña a competir sin destruir al otro, fomenta la disciplina, fortalece vínculos y crea lenguajes comunes entre personas distintas.
Pero precisamente porque posee esa enorme capacidad de convocatoria y movilización social, sostiene que también debe ser objeto de un escrutinio ético constante.
Desde la tradición educativa jesuita, el Rector propone analizar el futbol a la luz de valores como la dignidad humana, la justicia social, la solidaridad, la honestidad y la verdad. Esto implica defender aquello que el deporte tiene de encuentro, celebración y construcción comunitaria, pero también cuestionar aquellas prácticas que privilegian el beneficio económico por encima del bienestar de las personas.
Las imágenes de júbilo que dejó el triunfo mexicano ayudan a entender por qué el futbol sigue ocupando un lugar privilegiado en la vida de millones de personas. Pero, vistas desde la reflexión planteada por Arriaga, también recuerdan que detrás de la fiesta existe una realidad más compleja.
El futbol puede ser, al mismo tiempo, un espacio de convivencia y una industria global; una fuente de alegría colectiva y un terreno de disputa política y económica. Reconocer ambas dimensiones, sin negar ninguna de ellas, es quizá la mejor forma de comprender el fenómeno deportivo más importante del mundo.
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