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PRENSA IBERO
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• Reducir emisiones ya no bastará: serán necesarias adaptación, captura de carbono, atención de daños y pérdidas y resiliencia. • La Mtra. María Zorrilla (Centrus IBERO) advierte que asumir un escenario catastrófico como inevitable puede generar parálisis justo cuando la acción climática debe intensificarse.
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Jefa de Prensa de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: mariana.dominguez@ibero.mx

El planeta se encamina a rebasar los 1.5 °C de calentamiento global respecto de los niveles preindustriales, probablemente en los próximos años. Sin embargo, superar ese umbral no significa que la lucha contra el cambio climático haya fracasado ni que dé lo mismo cuánto siga aumentando la temperatura, advirtió la Mtra. María Zorrilla Ramos, investigadora del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (CENTRUS) y docente en la
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) publicó el 2 de septiembre el informe Limiting Overshoot: Navigating exceedance of 1.5°C and pathways towards return, en el que señala que, bajo las políticas actuales y las trayectorias de corto plazo, rebasar los 1.5 °C es ya ampliamente considerado inevitable. En el escenario más favorable analizado, el calentamiento alcanzaría un máximo de alrededor de 1.8 °C, mientras otros escenarios apuntan a temperaturas superiores a los 2 °C.
Para Zorrilla, quien ha trabajado durante años en adaptación al cambio climático, el diagnóstico obliga no a abandonar los esfuerzos, sino a fortalecerlos. “No ha fracasado. En realidad tiene que estar más fuerte que nunca”, afirmó sobre la acción climática internacional. A su juicio, será necesario reconstruir los mensajes y hacer más firmes y vinculantes los compromisos globales y nacionales para lograr que el cambio “sea lo menos agresivo posible” para las comunidades humanas y para el planeta.
La académica del Centrus reconoció que el nuevo escenario obliga también a asumir una realidad difícil: el mundo al que estábamos acostumbrados no volverá a ser exactamente el mismo. Al recordar una reflexión del investigador Johan Rockström sobre el fin de las condiciones relativamente estables del Holoceno, la especialista señaló:
“Nuestro planeta y nuestro país y nuestro lugar donde vivimos […] nunca va a ser como era antes”.
El nuevo informe plantea una trayectoria de “rebasamiento, punto máximo y descenso”: superar temporalmente los 1.5 °C, contener el calentamiento en el nivel más bajo posible y posteriormente lograr que la temperatura vuelva a descender. El PNUMA advierte que cuanto mayor sea el pico y más prolongado el rebasamiento, mayores serán los riesgos para las personas, las sociedades y los ecosistemas, así como la posibilidad de cruzar puntos de inflexión irreversibles y límites de adaptación.
Zorrilla explicó que la respuesta tendrá que combinar de manera simultánea la reducción drástica de gases de efecto invernadero, la captura de carbono, la adaptación, la atención de daños y pérdidas y la construcción de resiliencia. Entre las alternativas mencionó la recuperación de ecosistemas, el manejo de suelos y bosques, la reforestación, la transformación de la matriz energética y también la disminución del consumo innecesario de energía.
Pero quizá el desafío más complejo sea imaginar el futuro sin caer en la parálisis.
“Nuestra idea de futuro es un territorio que estamos disputando ahorita y que tenemos que arrebatarle a la desesperanza”, señaló la especialista. Aunque reconoció la dureza de las conclusiones del informe, sostuvo que “lo peor que podemos hacer es casarnos con el escenario catastrófico”, porque hacerlo equivaldría a asumir que ya no hay nada por hacer.
Frente a este escenario, Zorrilla consideró que las universidades tienen una responsabilidad central desde la investigación, la docencia y el trabajo con comunidades. En la IBERO, dijo, disciplinas que van desde Arquitectura, Diseño e Ingenierías hasta Salud o Nutrición incorporan la realidad climática a sus investigaciones y soluciones.
Para Zorrilla, uno de los principales retos será dejar de tratar el cambio climático como un problema aislado y comenzar a incorporarlo en decisiones cotidianas de largo plazo, desde la planeación de ciudades e infraestructura hasta la producción de alimentos, el manejo del agua y los sistemas de salud. Adaptarse, explicó, implica anticipar riesgos y reducir vulnerabilidades antes de que los impactos sean mayores y más costosos.
Para acercar esta crisis a las personas, agregó, es necesario explicar sus consecuencias concretas en salud, alimentación, disponibilidad y calidad del agua, ecosistemas y salud mental, y comunicar no sólo los riesgos, sino también qué puede hacerse para disminuirlos.
Porque, concluyó, la forma que tome ese futuro todavía no está escrita: “El futuro sí depende de lo que trabajemos hoy”.
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