16 DE JUNIO DE 2026
El idioma también juega: México, el español y la Copa del Mundo 2026
PRENSA IBERO
16 DE JUNIO DE 2026
PRENSA IBERO
• El Dr. César Villanueva Rivas advierte que relegar el español en el Mundial 2026 no es una decisión neutral: implica poder, representación y pertenencia. • El especialista en diplomacia cultural señala que México corre el riesgo de aparecer como “escenario” del torneo, pero no como protagonista de su propia narrativa cultural • Plantea que el español debe tener presencia real en la comunicación oficial del Mundial, no como traducción secundaria sino como derecho de un país anfitrión.
AUTOR
Académico e investigador del Departamento de Estudios Internacionales

En el Mundial 2026 no sólo rodará el balón: también se disputará quién tiene derecho a nombrar la fiesta, contarla y representarla ante el mundo. Para el Dr. César Villanueva Rivas, especialista en diplomacia cultural, la presencia del español en la comunicación oficial del torneo no es un detalle logístico ni una cortesía para el país anfitrión, sino una discusión política, simbólica y cultural de primer orden.
El profesor-investigador del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana advierte que un Mundial “norteamericano” que margina al español desconoce la realidad lingüística del continente y reduce a México a un escenario pintoresco: estadios, fiesta, folclor y color, pero sin voz propia. En esta entrevista con Prensa IBERO, el académico plantea que la FIFA, los gobiernos y la sociedad mexicana enfrentan una pregunta incómoda: ¿será el Mundial una oportunidad para proyectar al país desde su propia lengua y cultura, o una vitrina administrada desde fuera?
Hay algo perturbador en la imagen de un estadio mexicano repleto, con camisetas verdes hasta el último rincón, y carteles, instrucciones y transmisiones que tienen como lengua de comunicación franca el inglés. No es una queja menor ni un nacionalismo patriotero. Creo es una pregunta legítima que debemos formular sobre quién tiene derecho a nombrar lo que ocurre en su propia casa. El sociólogo Stuart Hall dedicó buena parte de su obra a explicar cómo las culturas no sólo existen, sino que necesitan representarse para existir en el espacio público. Cuando el idioma de un país anfitrión queda en segundo plano, México aparece en el Mundial como escenario, como fondo pintoresco, pero no como protagonista de su propia historia. Parece que el diálogo es algo así como “el mariachi, los sombreros, y el Azteca son bienvenidos en la inauguración; del español en el reglamento oficial, eso mejor no”.
Quien decide en qué idioma se anuncia un gol, se redacta una norma o se nombra una sede, decide también quién se siente parte del evento y quién se siente visitante en su propia ciudad. Pierre Bourdieu, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX en sociología de la cultura, lo formuló con claridad: el lenguaje es una forma de capital simbólico. No sólo se habla con él, más bien a través del mismo se ejerce poder, se legitima autoridad, se traza la frontera entre quienes ejercen pertenencia y quienes son ajenos o tolerados. En una Copa del Mundo, esa frontera simbólica importa tanto como la línea del área chica en el campo. El español es la segunda lengua materna del mundo (después del chino-mandarín). Decir que su presencia en un evento global de esta magnitud es un asunto de logística y no de política es… francamente, no querer ver lo obvio. Tiene un tufo de discriminación.
La explicación oficial suele ser pragmática: el inglés llega a más mercados, atrae más patrocinadores, simplifica la operación. Todo eso es cierto, y a la vez, todo eso es insuficiente como argumento. Joseph Nye, el politólogo estadounidense que acuñó el concepto de poder suave, identificó algo que los deportes ilustran perfectamente: el poder más eficaz no es el que obliga, sino el que convence de que sus reglas son naturales y universales. La hegemonía del inglés en organismos como la FIFA no se impuso por decreto, más bien se instaló gradualmente, como si fuera simplemente lo más práctico, hasta volverse invisible. Que el Mundial 2026 se co-organice con Estados Unidos (y Canadá) no es un detalle menor. Implica una negociación tripartita implícita de centralidad: ¿quién da el tono, quién pone la narrativa, quién define qué versión de Norteamérica se proyecta al mundo? La respuesta a esa pregunta no está en el reglamento de la FIFA ni en las canchas de futbol. Está en la política de la FIFA y los organizadores.
México no ha tenido, en mucho tiempo, una oportunidad de proyección internacional comparable a ésta. Millones de personas pondrán los ojos en el país durante días y semanas. La pregunta clave es ¿qué van a ver? También lo podríamos ver de otra forma, ¿qué va a mostrar México más allá de lo que la FIFA decida mostrar por él? La inauguración fue una probadita… Es una visión previsible de estereotipos, narrativas predecibles y lugares comunes. Sombreros, bailes folclóricos y fiesta.
La diplomacia cultural no es un concepto abstracto reservado a cancillerías. Es la capacidad de un país de contar su propia historia en los espacios donde el mundo está mirando. México podría articular, alrededor del torneo, una agenda propia: una presencia real del español como lengua del evento, pero también una programación cultural que no dependa de los filtros de los organizadores internacionales (o la auto-exotización nacional con o sin ajolotes, enchiladas y tequila). Es menester ver y promover arte, gastronomía, música, literatura, cine, no como adorno folclórico, sino como argumento mayor. Esto ya pasó en las olimpiadas del 68, en otro contexto.
Hablando del español, esto no lo tendría que hacer solo. Hay decenas de naciones que hablan español en el mundo. Es este mundial, Argentina, Colombia, Ecuador, España, Paraguay, Uruguay, Chile y México, hablan español como lengua nacional. El español es la lengua de más de setenta millones de personas dentro de los propios Estados Unidos y Canadá. Existen cerca de 635 millones de hispanohablantes en el mundo. Esa comunidad es un aliado natural al deporte, al futbol y no sólo un público pasivo.
Hay una contradicción que debería incomodar a los organizadores del torneo: se habla de un Mundial “norteamericano” e “incluyente”, pero Norteamérica, en buena medida, habla español. Según el Instituto Cervantes, Estados Unidos es ya el segundo país con más hispanohablantes en el mundo, después de México. Reducir el español a un idioma secundario en este torneo no es una decisión neutral: es ignorar la composición cultural real del continente que lo alberga. Una inclusión que no llega al lenguaje (y a los bolsillos de la mayoría de los aficionados de barrio) no es inclusión es más bien una fachada multicultural que luce falsa, o extraña.
No hace falta un estudio de recepción cultural para intuir la respuesta. Es conocido por todo estudioso del lenguaje que cuando tu idioma aparece como traducción, como subtítulo, como segundo renglón, el mensaje llega con claridad. Tu cultura es bienvenida como espectáculo (los colores, la comida, el ruido festivo) pero no como voz autónoma. En ello radica la importancia, por ejemplo, del cine nacional… se retoman los paisajes, las escenografías, los climas, los personajes, los actores, las historias… pero muy importante, las lenguas nacionales o las lenguas locales…
Hacer lo contrario tiene un nombre en los estudios culturales: exotismo funcional. Se consume la diferencia cultural, mientras se le impide hablar en sus propios términos. El aficionado mexicano que llena el Estadio Azteca no necesita que nadie le explique esta lógica. La vive. Los seguidores del futbol (no “fans”) tienen razón en sentirse incómodos con ella. A menos que estemos ya de plano en el horizonte “Monsivaisiano” de un país repleto de una especie de tercera generación de “estadounidenses nacidos en México”, al que refería irónicamente en sus crónicas. Pero lo dudo.
Las sedes del 2026 ya están construidas, son fijas y están programadas. La infraestructura deportiva va a existir de todas formas por más años. La pregunta relevante es qué queda cuando se apagan los reflectores. México debería plantearse tres compromisos concretos que me parecen inaplazables. Primero, negociar oficial y extraoficialmente, una presencia real del español en la comunicación oficial del torneo, no como concesión sino como derecho de un país anfitrión (si la FIFA no concede, está la paradiplomacia societal: buscar a los aliados iberoamericanos, a la diáspora hispana en Estados Unidos, a los amigos de nuestras tradiciones). Segundo, construir una agenda cultural paralela y soberana (vamos a destiempo, cierto), que no dependa de los espacios que la FIFA decida abrir. En ello, hay muchos esfuerzos en CDMX, Guadalajara y en menor medida, Monterrey, para visibilizar más lo que hacen ahora en fecha futbolística… Tercero, habría que tomar más autonomía desde la sociedad y documentar el evento desde adentro: que las universidades, los medios independientes y las organizaciones civiles produzcan el relato mexicano del Mundial, para que la memoria del torneo no quede exclusivamente en manos de las cadenas internacionales. Es un derecho propio que la FIFA no puede abducir.
Me apena decir que una nación que presta sus estadios sin negociar sus condiciones materiales y la narrativa que quiere presentar, no está siendo un anfitrión real. Es más bien un “socio-sede” con fines meramente comerciales. Recordemos el dato de los impuestos: México eximió del pago de impuestos federales y locales a la FIFA, a los equipos oficiales y a sus proveedores directos por las operaciones relacionadas con la organización del Mundial 2026. Ni EUA y ni Canadá hicieron lo mismo, respetando sus esquemas fiscales. México puede y debería aspirar a algo más que un socio comercial al que se le imponen condiciones. Los mundiales cuestan, requieren inversión pública y responsabilidad del gobierno en turno… Pero más importante, requieren tener una presencia real que sea capaz de contarle al mundo su propia historia, sus sueños y su visión de futuro… Esperemos que el Mundial 2026 no sea una oportunidad perdida.
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