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PRENSA IBERO
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Colaboradora del Patronato IBERO

Entrar a la Universidad Iberoamericana es caminar por pasillos de ladrillos que han visto pasar a millones de personas, han presenciado miles de historias y han acompañado cientos de sueños. Egresar de la IBERO es tenerle un especial cariño a esos tabiques anaranjados, que por siempre determinarán la manera en la que vemos un pedazo de arcilla cocida. Cada persona que ha recorrido esta casa se vuelve un pedacito de la IBERO, y llevamos con nosotros un poquito de ese color terracota que, de un día para otro, se vuelve parte de nuestra identidad.
Pero, a todo esto, ¿cuál es el significado del ladrillo IBERO? ¿Cuándo, cómo y por qué se decidió que esos fragmentos marcarían a generaciones de estudiantes? La respuesta inmediata es, por supuesto, citar al
“Cuando Rafael [Mijares] y yo nos preguntamos qué material podíamos usar para que fuera la imagen de la IBERO, recordé que con mi papá aprendí a usar el tabique de una manera distinta, en lo que se llama muro enhuacalado, el que se ve actualmente en la IBERO. Decidimos optar por este muro enhuacalado, por ser grueso, con menos piezas de tabique, que queda hueco para aislar el clima y meter ahí los castillos y las trabes (que por eso no se ven), es muy duro y no requiere mantenimiento.
Hicimos que el tabique, al que llamamos ‘tabique UIA’, fuera la cimbra del concreto, algo que entonces era novedoso, porque se levanta el muro, se arma la columna y cuando se cuela, lo que detiene el concreto para que no se salga es el tabique. Al trabajar todo junto ya no se caen los tabiques.”
Valga recalcar la “imagen IBERO” que el Arq. menciona, ya que, efectivamente, en pocos años las fachadas de ladrillo se volvieron parte inequívoca de la identidad de la IBERO. Todas las obras de la Universidad tienen este distintivo: desde ampliaciones del campus Santa Fe hasta los edificios del ahora Instituto IBERO. El mismo Serrano Cacho cuenta que, con el paso de los años, distintos rectores comenzaron a pedirle explícitamente mantener el tabique porque ya se había convertido en una imagen asociada con la obra educativa jesuita. Asimismo, cabe mencionar que esta técnica constructiva, además de innovadora y de tener, como el paso del tiempo puede atestiguar, un potencial simbólico potentísimo, cumplió con la difícil tarea de hacer realidad una obra monumental con el costo más bajo posible.
Cuando, en 1979, el campus Churubusco sucumbió ante el terremoto que arremetió contra la CDMX, el primer comisionado para hacer el proyecto de nuestro nuevo hogar fue el Arq. Rafael Mijares, quien fuera director de Arquitectura de la IBERO. Sin embargo, el primer proyecto era demasiado grande y oneroso para lo que se quería de acuerdo con las necesidades, así como con los posibles alcances de la campaña económica de FICSAC que haría posible la construcción del nuevo campus. Por eso, el Rector, el Padre Ernesto Domínguez, lanzó una segunda convocatoria a dos despachos arquitectónicos: el de Rafael Mijares y el de Francisco Serrano. En 1984 se aprueba el proyecto de Serrano, quien incluso corrigió el trazo original del terreno, que estaba sesenta metros debajo del nivel del Camino Real de Santa Fe, para que no tuviera irregularidades.

Ahora bien, esta tendencia de utilizar ladrillos o materiales similares para la construcción o acabados de relativo bajo costo la podemos encontrar desde épocas virreinales. Un método constructivo muy usual en ese momento era la mezcla de diversos materiales, entre los más comunes, el tezontle, el ladrillo y la piedra chiluca, aglutinados con cal y arena. De hecho, el característico color rojizo que encontramos en diversas construcciones del Centro Histórico se debe al tezontle, que fue el principal material utilizado desde el siglo XVI hasta principios del XIX, con usos tan diversos como cimientos, muros, bóvedas, techumbres, terraplenes, mampostería o fachadas. Quizá así podemos hacer una genealogía, cuando menos cromática, entre las grandes construcciones jesuitas del virreinato y nuestra querida IBERO: el campus Santa Fe, el Convento de San Ignacio, las Vizcaínas, el Colegio de San Ildefonso y el Templo y Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo comparten todos esa gama rojiza característica del tezontle y la arcilla. El ladrillo IBERO, pues, es acaso solo una de las iteraciones de esta tradición de materiales rojizos, todos humildes y fuertes, que desde hace siglos dota de peculiar identidad a las obras religiosas y jesuíticas.
Dejando de lado la apariencia exterior, ya que la arquitectura jesuita nunca se distinguió por un material específico, tal vez la relación entre nuestro campus y la tradición arquitectónica jesuita pueda trazarse desde el lado ideológico más que estético. Los escritos de San Ignacio relativos a las construcciones de la Compañía no se refirieron nunca a iglesias y edificios con un estilo privativo de los jesuitas ni ofrecieron reglas e indicaciones precisas para construirlos. Por el contrario, lo único que preocupó al fundador de los jesuitas fue que sus domicilios expresaran la austeridad y sencillez con que debían vivir. Más aún, en la Primera Congregación General de 1548, se establece el “modo nostro”, que los distinguía del derroche renacentista de otras órdenes católicas, como única regulación:
“Impóngase a los edificios de las casas y colegios el modo que nos es propio, de manera que sean útiles, sanos y fuertes para habitar y para el ejercicio de nuestros ministerios, en los cuales, sin embargo, seamos conscientes de nuestra pobreza”.
Así, la construcción jesuita se refirió desde el inicio más bien a una tipología funcional que a un estilo artístico determinado; tan es así, que cada provincia podía trabajar arquitectónicamente según los criterios que estimara oportunos, tomando en cuenta los sentimientos y tradiciones nacionales, así como el paso del tiempo, la modernización según los gustos y, por supuesto, los fondos disponibles. Así, pues, la arquitectura jesuita se caracterizó siempre por adaptarse a los recursos y necesidades de cada región. En la Nueva España eso significó construir con tezontle, cantera, adobe o ladrillo según las circunstancias, pues lo permanente no era el material, sino una manera de entender la arquitectura: útil, austera y al servicio de una comunidad.
De esta manera, se podría decir que el modo nostro, o cuando menos la prioridad arquitectónica jesuita, se resume en: la funcionalidad según las ocupaciones que se llevarán a cabo dentro del espacio; la factibilidad presupuestal, sin suntuosidad; y la flexibilidad, en el sentido de que no se trata de seguir reglas rígidas con normas establecidas, sino de crear un espacio identificable que permita generar una comunidad. Con estos puntos en mente, ¿sería demasiado arriesgado decir que la IBERO sigue el modo nostro jesuita? Tal como señala el Arq. Serrano:
“Lo que dicen los estudiantes, de lo que más se acuerdan, es del lugar común: la biblioteca, las cafeterías, los pasillos, los auditorios y sobre todo la escalinata y la pérgola. La estructura departamental de la IBERO nos dio la oportunidad de hacer una edificación que no fuera de escuelas separadas, sino una sola edificación, y por eso el sello particular de la IBERO es el gran patio de su explanada central, que es el sitio común, el lugar de reunión que propicia que haya comunidad, brinda sentido de identidad y hace que la Universidad sea universal”
El corazón del proyecto arquitectónico de la IBERO es este lugar común: la biblioteca y la explanada, desde donde se distribuye el resto del campus. El alma, entonces, estaría en cada uno de los tabiques aparentes que constituyen todos nuestros muros. Podría tratarse de una sobreinterpretación que pretende hermanar a nuestro campus con la tradición jesuita de más de 500 años… pero dejaremos la palabra definitiva al querido lector.

Elijamos o no hacer esta genealogía constructiva jesuítica, lo cierto es que, por ya casi 40 años, los ladrillos IBERO han representado una identidad que se cimenta en poner el conocimiento al servicio de los y las demás. Sus paredes de tabique han formado a las mejores personas por y para el mundo y, desde que eran nada más un sueño proyectado a lápiz con la firma de Serrano, su Patronato ha trabajado incansablemente para que vean la luz. Es por esto que, a los 70 años de la creación de FICSAC, adoptamos los ladrillos como nuestro estandarte: con la conciencia y la convicción de que, ladrillo a ladrillo, un estudiante a la vez, hemos logrado construir una comunidad que, como se leía en los carteles de 1979, “no es los edificios”, pero vaya que se siente identificada por ellos.
Quizá el ladrillo IBERO nunca tuvo que ver con una tradición constructiva jesuita ni con un material privilegiado para la construcción. Quizá su fuerza radica en otra parte. Como toda buena arquitectura, termina desapareciendo detrás de aquello que hace posible. Los pasillos, las explanadas, la bibliotecas y las aulas no son memorables por el tabique que los recubre, sino por las conversaciones, amistades y vocaciones que albergan. Tal vez por eso, al egresar, seguimos reconociendo esos muros como si fueran parte de nosotros: no porque estén hechos de ladrillo, sino porque nosotros también fuimos construidos allí.

Cuesta Hernández, Javier. “Algunas Consideraciones Sobre La Arquitectura Jesuita En La Nueva España”. Academia XXII, vol. 3, no. 4, Feb. 2013, https://doi.org/10.22201/fa.2007252Xp.2012.4.36068.
Delemans, Bert. “Templos y arquitectos jesuitas”. Jesuitas. Impacto cultural en la Monarquía Hispana (1540-1767), José García de Castro Valdés, ed. Universidad Pontificia Comillas, 2022, pp. 419–464.
Rendón, Pedro. “Ladrillos IBERO, un signo que identifica a nuestra universidad”. Por una cultura de donación, FICSAC, https://ficsac.mx/noticias/ladrillos-ibero-un-signo-que-identifica-a-nuestra-universidad/.
Rodríguez G. de Ceballos, Alfonso. La arquitectura de los jesuitas. Edilupa Ediciones, 2002.
Rodríguez Morales, Leopoldo. “El Uso Del Ladrillo En El Siglo XVIII Y Principios Del XIX: Ciudad De México”. Boletín De Monumentos Históricos, no. 53, Jan. 2026, pp. 108-27, https://revistas.inah.gob.mx/index.php/boletinmonumentos/article/view/24276.
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