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PRENSA IBERO
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• La Dra. Mónica Ancira, Académica responsable del Observatorio Materno Infantil señala que el lenguaje, el sueño y el desarrollo socioemocional pueden verse afectados • Advierte que en la primera infancia las pantallas pueden sustituir la interacción con cuidadores, el juego y el descanso • No se trata sólo de contar minutos frente al celular, importa la edad de inicio, el contenido, el contexto y el uso que hacen personas adultas a estos dispositivos, indica
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: luis.reyes@ibero.mx

Los primeros cinco años de vida representan una ventana crucial para el desarrollo infantil. Durante esta etapa se desarrollan rápidamente habilidades como el lenguaje, la atención, la autorregulación emocional y las capacidades socioemocionales, explica la Dra. Mónica Ancira Moreno, investigadora responsable del Observatorio Materno Infantil (OMI) de la Universidad Iberoamericana (IBERO).
Aunque los menores de hoy crecen rodeados de tecnología, la especialista señala que la discusión no debe centrarse únicamente en si el celular es “bueno” o “malo”. Es necesario considerar a qué edad comienza el uso de pantallas
En entrevista con Prensa IBERO, explica que durante los primeros años el aprendizaje depende en gran medida de la interacción con otras personas y con el entorno físico. Una pantalla no sustituye la respuesta humana, las expresiones faciales, los sonidos de la voz o las interacciones recíprocas que ocurren durante el juego y la convivencia.
Uno de los principales riesgos que advierte la Dra. Ancira Moreno es el desplazamiento de las conversaciones y los intercambios entre niñas, niños y cuidadores.
Para aprender a hablar, explica, no basta con escuchar palabras: las y los menores necesitan que alguien les responda, interactúe con ellos y participe en intercambios constantes. Cuando el tiempo frente a una pantalla sustituye esas experiencias, pueden reducirse oportunidades importantes para el desarrollo del lenguaje.
Lo mismo ocurre con el juego, la exploración y las relaciones sociales. Durante esta etapa, los niños y niñas aprenden observando, experimentando y recibiendo respuestas de las personas que los rodean.
El sueño es otro de los aspectos críticos. Señala que, en los primeros años, especialmente entre los dos y tres años, niños y niñas todavía requieren siestas. La exposición a pantallas puede reducir el tiempo destinado al descanso y, cuando ocurre cerca de la hora de dormir, afecta los patrones de sueño.
Dormir de manera insuficiente, explica, también tiene consecuencias sobre la atención, el aprendizaje y la regulación emocional. Por ello, la especialista recomienda establecer periodos libres de pantallas, particularmente antes de dormir.
Otro hábito que preocupa es utilizar el celular sistemáticamente para detener el llanto, controlar un berrinche o combatir el aburrimiento.
Ancira Moreno subraya que la frustración y el aburrimiento también forman parte del desarrollo. Los momentos en los que un niño debe imaginar, explorar y buscar por sí mismo cómo entretenerse pueden favorecer su creatividad y autonomía.
Apunta sobre el comportamiento de madres, padres y cuidadores. Una persona adulta que permanece mirando el celular mientras convive con un niño o niña puede fragmentar la conversación, reducir el contacto visual y perder señales importantes de sus necesidades.
El uso prolongado de pantallas también puede desplazar la actividad física y el juego activo. Esto puede favorecer un estilo de vida más sedentario y tener repercusiones en la salud metabólica y la adiposidad.
Además, el contenido al que están expuestos los menores puede incluir publicidad de alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas. El celular, aclara la investigadora, no provoca por sí mismo obesidad, pero la combinación de pantalla, menor movimiento, alteraciones del sueño y consumo de alimentos puede contribuir a hábitos poco saludables.
De acuerdo con las recomendaciones referidas por la especialista, las y los menores de un año no deberían estar expuestos a pantallas. Para niñas y niños de dos a cuatro años, una hora diaria se considera un límite de referencia, no una meta que deba cumplirse.
La clave, concluye Ancira Moreno, es mirar más allá del cronómetro. En menores de cinco años, el principal riesgo de las pantallas puede estar en todo aquello que desplazan: sueño, movimiento, juego, lenguaje, exploración y vínculos con cuidadores y otros niños y niñas.
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