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• Democracias ya no enfrentan golpes de Estado, ahora afrontan manipulación electoral, polarización, desigualdad, pérdida de confianza pública y debilitamiento del Estado de Derecho, señalan • Atribuyen que erosión democrática avanza con concentración de poder, debilitamiento de la independencia judicial, ataques a la prensa, censura y desinformación con IA
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: luis.reyes@ibero.mx

Las amenazas a la democracia en los países de la Organización de los Estados Americanos (OEA) han cambiado. Ya no aparecen mediante un golpe de Estado o una ruptura abrupta del orden constitucional; pueden desarrollarse de forma lenta y gradual desde el interior de las propias instituciones.
Esta fue una de las principales reflexiones planteadas durante el coloquio por los 25 años de la Carta Democrática Interamericana, organizado por la Universidad Iberoamericana (IBERO), el Instituto Max Planck, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y el Observatorio del Sistema Interamericano de Derechos Humanos de la UNAM.
Durante el encuentro, estuvieron el Dr. José Luis Caballero Ochoa, comisionado de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH); Albert Ramdin, secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA); Rodrigo Mudrovistch, vicepresidente de la CIDH; Verónica Gómez, jueza de la CIDH; Andrea Pochack, comisionada de la CIDH; Eduardo Ferrer McGregor, ex juez de la CIDH; Antonia Urrejola.

Además, la Dra. María Elisa, Franco, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM; la Dra. Mariela Morales Antoniazzi, investigadora sénior del Instituto Max Planck y Edison Lanza, embajador de Uruguay ante la OEA.
En la conmemoración de la Carta Democrática Interamericana se señaló que el deterioro contemporáneo de las democracias puede conservar una apariencia de normalidad constitucional mientras, poco a poco, se modifican las reglas y se debilitan los mecanismos destinados a limitar el ejercicio del poder.
Entre los riesgos identificados se encuentran la erosión de la independencia judicial, el debilitamiento de los órganos electorales, la censura, la persecución de periodistas, la instrumentalización del poder público y el desmantelamiento de mecanismos institucionales y sociales que permiten una ciudadanía informada y activa.

El problema, se explicó, es que una democracia puede conservar elecciones periódicas y, al mismo tiempo, experimentar un deterioro profundo de su institucionalidad. En distintos países de la región persisten procesos electorales, pero también una erosión paulatina del sistema democrático, del Estado de Derecho y de la independencia de las instituciones.
La preocupación alcanza a los sistemas de justicia. Se habló de tribunales cuyos integrantes son removidos sin garantías suficientes, jueces y fiscales independientes que enfrentan criminalización o persecución y estructuras institucionales que pierden capacidad para prevenir, investigar o reparar violaciones a los derechos humanos.
Uno de los planteamientos centrales fue que la democracia no puede reducirse al voto ni a la regla de la mayoría. Para que exista una democracia representativa deben mantenerse abiertas las condiciones de competencia política, de manera que los resultados electorales sean auténticos e inciertos.
Por ello, modificar las reglas de acceso al poder para beneficiar a quienes ya lo ejercen y colocar en desventaja a las minorías políticas representa una amenaza a la integridad democrática. La independencia, imparcialidad y transparencia de los órganos electorales son elementos indispensables para preservar esa competencia.
La Carta Democrática Interamericana, adoptada el 11 de septiembre de 2001, reconoce que la democracia no se agota en la celebración de elecciones. También requiere respeto a los derechos humanos, separación de poderes, libertad de expresión y de prensa, transparencia, probidad en la gestión pública y Estado de Derecho.
A estas formas de erosión institucional se suman fenómenos tecnológicos que pueden afectar la participación ciudadana y los procesos electorales.

Entre los desafíos contemporáneos se mencionaron la desinformación digital deliberada y el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial capaces de intervenir en elecciones y manipular comunidades. A ello se agregan el debilitamiento de la confianza pública, la concentración de poder, los ataques a la prensa, la desigualdad y el desencanto ciudadano.
El riesgo, por tanto, no consiste únicamente en impedir que una sociedad vote. Puede aparecer cuando las personas conservan el derecho al sufragio, pero encuentran cada vez menos condiciones para informarse, participar, deliberar, competir políticamente o exigir rendición de cuentas.
A 25 años de su adopción, las y los participantes del coloquio plantearon si los mecanismos de la Carta Democrática siguen siendo suficientes para enfrentar este nuevo escenario, particularmente en una OEA marcada por una fuerte polarización y mayores dificultades para alcanzar consensos regionales.
La reflexión coloca a la Carta ante un desafío distinto al que motivó su creación: no solo responder cuando una democracia ya fue interrumpida, sino identificar y enfrentar a tiempo los procesos que la debilitan desde dentro.
La defensa democrática, concluyeron, requiere instituciones sólidas, ciudadanía activa, justicia independiente, igualdad material y cooperación regional.
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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