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• La ansiedad de madres, padres y personas cuidadoras puede transmitirse a las niñas y los niños durante los primeros días de clases; mantener la calma y validar sus emociones favorece una mejor adaptación escolar
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Ver llorar a un hijo al momento de entrar por primera vez a la escuela puede ser una de las experiencias más difíciles para madres y padres. Sin embargo, la manera en que las personas adultas viven esa despedida puede influir directamente en la forma en que niñas y niños enfrentan este nuevo reto. La Dra. Perla Leal Galicia, profesora de la Licenciatura en Psicología de la Universidad Iberoamericana, explicó que la ansiedad por separación es una reacción esperada durante la primera infancia, pero advirtió que el estado emocional de madres, padres o personas cuidadoras puede hacer más sencilla o más difícil la adaptación.
"Si dejo a mi hijo con mucha angustia, él me va a percibir angustiada. Como todavía no sabe interpretar completamente la realidad, no pensará que su mamá o su papá lo extrañan, sino que puede sentir que existe un peligro", explicó la especialista.
La académica forma parte de la Licenciatura en Psicología, programa que prepara profesionales capaces de evaluar, prevenir, intervenir e investigar el comportamiento humano a nivel individual, grupal y comunitario desde una perspectiva humanista y ética.
Entre los cero y los cinco años, explicó la docente, las infancias aún están desarrollando habilidades cognitivas que les permitan comprender que las personas siguen ahí aunque no las vean. Por ello, separarse de quien representa su principal fuente de seguridad puede convertirse en una experiencia altamente estresante.
La situación se intensifica porque, además de alejarse de su figura de apego, llegan a un entorno desconocido, con personas nuevas y rutinas diferentes.
Aunque esta reacción suele preocupar a las familias, la especialista enfatizó que el llanto durante los primeros días de clases es una respuesta normal y esperada.
Para favorecer una adaptación más positiva, la Dra. Leal recomendó que madres y padres trabajen primero en regular sus propias emociones.
"Si nosotros estamos tranquilos porque sabemos que van a estar bien cuidados y seguros, podemos transmitirles esa calma. Poco a poco comprenderán que la escuela también es un lugar seguro", señaló.
La especialista sugirió que, antes del inicio de clases, las familias visiten la escuela, hablen con sus hijos sobre lo que ocurrirá y generen expectativas positivas respecto a esta nueva etapa. También recomendó, cuando sea posible, optar por incorporaciones graduales, iniciando con jornadas más cortas que permitan a las niñas y los niños familiarizarse con el entorno.
Otro error frecuente, explicó, consiste en intentar detener el llanto con frases como "ya no llores" o "no pasa nada".
En cambio, la entrevistada recomendó reconocer las emociones de las infancias, explicarles qué sucederá durante el día y recordarles que sus madres, padres o personas cuidadoras regresarán por ellas.
"Las niñas y los niños todavía están aprendiendo a regular sus emociones. Llorar frente a una situación nueva forma parte de ese proceso", comentó.
La académica destacó que asistir a la escuela no sólo fortalece el aprendizaje académico. También permite que las infancias desarrollen habilidades sociales, aprendan a convivir con otros niños, construyan autonomía y participen en experiencias fundamentales para su desarrollo emocional y neurológico.
La convivencia cotidiana, el juego y las actividades estructuradas favorecen la construcción de herramientas que les ayudarán a desenvolverse a lo largo de su vida.
Por ello, hizo un llamado a las familias a afrontar esta etapa con paciencia y confianza:
"Va a llegar un momento en que entren felices a la escuela y apenas volteen para despedirse. Mientras eso sucede, el mejor apoyo que pueden brindarles sus madres y padres es convertirse en ese lugar de calma y seguridad que necesitan para explorar el mundo".
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