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PRENSA IBERO
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• La demanda de carne, aceite de palma y otros productos forma parte de cadenas económicas que impulsan la deforestación; un proyecto con más de 15 años de trabajo busca democratizar la información sobre la biomasa y favorecer la conservación de los ecosistemas tropicales
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Cuando pensamos en la pérdida de las selvas, probablemente imaginamos a una persona cortando árboles. Sin embargo, la deforestación no comienza con el hacha: detrás existen cadenas de producción y consumo que responden, entre otros factores, a nuestra demanda de alimentos. El Dr. José Alberto Gallardo, académico adscrito al Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (Centrus) de la Universidad Iberoamericana, el cual imparte la Licenciatura en Sustentabilidad
En algunos territorios, las selvas son desmontadas para introducir ganado o establecer cultivos. Los productos obtenidos posteriormente llegan a mercados y ciudades, muchas veces sin que las y los consumidores conozcan las consecuencias ambientales de su producción.
Por ello, responsabilizar únicamente a quienes cortan los árboles ofrece una explicación incompleta. Para comprender la deforestación es necesario observar toda la cadena, desde las condiciones de vida de las comunidades hasta los intermediarios, las empresas y los hábitos de consumo.
“Las causas próximas son las que directamente deterioran: el hacha y la persona que la utiliza. Pero eso no es necesariamente lo que genera la deforestación; también está la demanda de carne en los restaurantes”, señala el especialista en entrevista con Prensa IBERO.
El investigador de la IBERO advierte que criminalizar a campesinos y habitantes de las zonas tropicales ignora las desigualdades que enfrentan. Muchos de estos territorios registran menor acceso a escuelas, hospitales, transporte, telecomunicaciones y oportunidades económicas. Ante la falta de alternativas, desmontar una hectárea para introducir ganado o desarrollar alguna actividad productiva puede convertirse en una forma inmediata de obtener ingresos y alimentar a una familia.
Esto no significa romantizar la extracción de recursos ni negar la existencia de actividades ilegales, sino reconocer que la pérdida de selvas responde a factores sociales, políticos y económicos más amplios.
Mientras exista una demanda rentable de productos obtenidos a costa de los ecosistemas, la presión continuará. La responsabilidad, por tanto, no puede recaer sólo en la persona que realiza la tala: también alcanza a quienes comercializan, financian y consumen esos productos.
La biomasa comprende la materia orgánica contenida en los seres vivos. En los ecosistemas tropicales, los árboles representan uno de sus componentes más importantes debido a su capacidad para capturar dióxido de carbono mediante la fotosíntesis y almacenarlo en sus tejidos. Esta función convierte a las selvas en una de las principales herramientas naturales para combatir el cambio climático.
Conocer cuánta biomasa conserva un territorio permite estimar cuánto carbono almacena y cuánto dióxido de carbono puede retirar de la atmósfera.
Aunque una selva se encuentre lejos de la Ciudad de México, su conservación tiene consecuencias globales. Tanto las emisiones producidas en las ciudades como el carbono capturado por los ecosistemas modifican un mismo sistema climático.
El problema no termina con la liberación de carbono. La pérdida de vegetación también altera la temperatura y la evaporación, puede modificar los patrones de precipitación y deja los terrenos más expuestos a la erosión.
Sin árboles que amortigüen la caída del agua y mantengan el suelo en su lugar, las lluvias pueden arrastrar la capa fértil. Mientras la vegetación podría recuperarse en varias décadas, la formación de nuevos suelos puede tardar miles de años. Su pérdida limita la regeneración de los ecosistemas y la posibilidad de producir alimentos en el futuro.
Para generar información más precisa sobre estas transformaciones, el Dr. Gallardo participa en una investigación desarrollada desde hace más de 15 años con la colaboración de distintas instituciones y centros especializados del país.
El proyecto combina imágenes de satélite, algoritmos y mediciones realizadas directamente en campo. Primero se analiza la vegetación en sitios específicos y después se relacionan esos datos con las imágenes satelitales. A partir de esa correspondencia, el equipo desarrolla modelos capaces de estimar la biomasa y detectar cambios en territorios mucho más amplios.
La investigación permite observar la situación de las selvas y aportar datos sobre la cantidad de carbono almacenada. Pero su propósito no es que los resultados permanezcan únicamente en publicaciones especializadas.
A través de un portal abierto alojado en la IBERO, disponible dando clic aquí, el equipo busca que la información pueda ser consultada por comunidades, propietarios de parcelas, especialistas, organizaciones y personas encargadas de diseñar políticas públicas.
Contar con estimaciones sobre el carbono almacenado puede ayudar a quienes poseen terrenos selváticos a participar en esquemas de conservación, como los créditos de carbono. Estos mecanismos permiten que personas, industrias o entidades que generan emisiones aporten recursos económicos para mantener ecosistemas capaces de capturar dióxido de carbono. La compensación depende, entre otros elementos, de cuánto carbono puede absorber o almacenar una superficie determinada.
No obstante, acceder a estos programas suele requerir estudios técnicos costosos. Esto coloca a las comunidades en desventaja frente a consultoras e intermediarios que poseen el conocimiento y los recursos necesarios para hacer las evaluaciones. La falta de información también puede abrir la puerta a abusos, engaños o acuerdos desiguales.
Democratizar los datos sobre la biomasa representa un primer paso para reducir esa dependencia y fortalecer la capacidad de decisión de quienes habitan y conservan los territorios.
La meta es construir alternativas para que mantener una selva también produzca beneficios económicos. Si una familia sólo puede obtener ingresos desmontando su terreno, la conservación difícilmente será sostenible. En cambio, reconocer y remunerar los servicios ambientales puede ofrecer incentivos para proteger la vegetación.
Para el investigador, el cuidado de las selvas no es responsabilidad exclusiva de las comunidades rurales ni de las personas dedicadas a las ciencias ambientales. La salud, la arquitectura, las finanzas, la comunicación, las políticas públicas y las decisiones empresariales también dependen de un ambiente sano y pueden contribuir a protegerlo.
Como consumidores, además, podemos informarnos sobre el origen de los productos, evitar el desperdicio, moderar consumos vinculados con una elevada presión territorial y favorecer cadenas productivas con prácticas verificables de conservación.
Sin embargo, las elecciones individuales no sustituyen la responsabilidad de empresas y gobiernos, señala Gallardo. Enfrentar la deforestación exige información pública confiable, mejores condiciones de vida para las comunidades, cadenas de suministro responsables y políticas que hagan económicamente viable conservar los ecosistemas.
Así, la investigación impulsada desde la IBERO muestra que proteger las selvas requiere mirar más allá del árbol derribado. También implica preguntarnos qué se produce en esos territorios, quién obtiene los mayores beneficios y cómo nuestras decisiones de consumo pueden formar parte del problema o de las alternativas.
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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