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PRENSA IBERO
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• Estudio encabezado por especialistas de la IBERO muestra que ganar más dinero no basta para vivir mejor: las desigualdades también se manifiestan en el bienestar emocional, el descanso, la seguridad, el acceso a la cultura y las condiciones de la comunidad
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Conseguir empleo, aumentar los ingresos y contar con una vivienda suelen considerarse las principales rutas para alcanzar una vida mejor. Sin embargo, estas condiciones no garantizan por sí mismas el bienestar: la depresión, la ansiedad, la inseguridad, la falta de tiempo libre y el debilitamiento de las relaciones comunitarias también profundizan las brechas entre los hogares de la Ciudad de México.
Así lo muestra una investigación en la que participaron la Dra. Graciela Teruel Belismelis, Directora de la División de Estudios Sociales de la Universidad Iberoamericana, y el
El estudio también fue elaborado por Araceli Ramírez-López, del Tecnológico de Estudios Superiores de Chicoloapan, y Javier Reyes-Martínez, del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).
La investigación propone entender el bienestar social como el resultado de la interacción entre tres dimensiones: las condiciones objetivas de vida, las valoraciones que las personas hacen de su propia situación y las características de las comunidades y entornos donde habitan.
Desde esta perspectiva, tener trabajo, vivienda e ingresos resulta indispensable, pero no suficiente. La satisfacción con la vida, la salud mental, la seguridad del vecindario, el acceso a actividades culturales, el tiempo para descansar y la cohesión social también determinan las posibilidades de vivir bien.
El análisis utilizó información de la Encuesta de Bienestar Social Multidimensional 2024, aplicada a 400 hogares y representativa de las 16 alcaldías de la Ciudad de México.
A partir de distintos indicadores, los hogares fueron clasificados en cuatro grupos: 42.23% presentó un nivel de bienestar alto; 34.34%, muy alto; 20.41%, medio, y 3.02%, bajo.
Los factores que hicieron una mayor aportación al índice fueron el empleo, la calidad de los espacios habitacionales y la educación. No obstante, sus beneficios se encuentran distribuidos de manera desigual: los hogares situados en los niveles bajo y medio enfrentan mayores obstáculos laborales, rezagos educativos y condiciones de vivienda más precarias.
La seguridad alimentaria presentó una de las diferencias más profundas. Su contribución al bienestar en los hogares del nivel muy alto fue casi diez veces mayor que en aquellos con bienestar bajo. En el caso del ingreso, la aportación fue aproximadamente tres veces superior.
También se observaron disparidades en el acceso a servicios básicos, seguridad social, atención médica, internet y dispositivos tecnológicos. Estas carencias pueden limitar oportunidades laborales y educativas, además de reforzar otras condiciones de exclusión.
Los hogares con menor bienestar no sólo presentan desventajas materiales. También concentran mayores afectaciones relacionadas con depresión y ansiedad, así como niveles más bajos de satisfacción con su situación económica, su salud, sus relaciones personales, sus logros y las condiciones del lugar donde viven.
Los resultados muestran que la salud mental no puede comprenderse únicamente como un asunto individual, pues se encuentra relacionada con factores como la precariedad laboral, la inseguridad alimentaria, la falta de servicios y la exposición a entornos adversos.
Las desventajas, por tanto, no aparecen de manera aislada. Un hogar con dificultades económicas puede enfrentar al mismo tiempo problemas de alimentación, menor acceso a servicios de salud, malestar emocional y una mayor percepción de inseguridad.
Uno de los resultados más reveladores se relaciona con el tiempo libre. Los hogares con niveles bajo, medio y alto mostraron posibilidades mínimas de acceder al descanso y a actividades recreativas. Solamente el grupo con bienestar muy alto presentó una contribución considerablemente mayor de este indicador, aunque con diferencias internas.
La falta de tiempo libre puede relacionarse con jornadas laborales extensas, largos traslados y responsabilidades de cuidado no remuneradas, como la atención del hogar, de niñas y niños, de personas mayores o de familiares enfermos.
De esta forma, trabajar más o generar mayores ingresos no siempre se traduce en una mejor calidad de vida cuando las personas carecen de tiempo para descansar, convivir o realizar actividades que les resulten satisfactorias.
El acceso a la cultura refleja una desigualdad semejante. Los hogares con mayor bienestar tienen más posibilidades de asistir a actividades culturales y recreativas, mientras que los de menores niveles enfrentan barreras relacionadas con el costo, la distancia y la falta de tiempo.
La seguridad fue uno de los componentes comunitarios con mayor peso. Los hogares con menor bienestar presentaron una mayor exposición a delitos, mientras que la percepción de inseguridad permaneció elevada entre buena parte de la población, independientemente de su situación económica.
El estudio también encontró bajos niveles de cohesión social, expresados en la limitada confianza en las instituciones, el escaso apoyo entre vecinos y la poca disposición comunitaria para resolver problemas locales.
Estos hallazgos muestran una paradoja de la Ciudad de México: aunque concentra hospitales, escuelas, infraestructura y espacios culturales, el acceso a estas oportunidades es profundamente desigual. Vivir cerca de ellas no significa necesariamente poder aprovecharlas.
Para las y los autores, el bienestar social no puede reducirse al ingreso ni explicarse mediante un solo indicador. Los recursos materiales, el estado emocional, la seguridad y las condiciones de la comunidad forman una estructura en la que las ventajas y las carencias se acumulan.
La investigación plantea, por ello, la necesidad de impulsar políticas públicas que atiendan el empleo, la vivienda y la alimentación, pero que también incorporen la salud mental, la seguridad, la infraestructura barrial, el acceso a la cultura, el descanso y la reconstrucción de las redes comunitarias.
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