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PRENSA IBERO
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• Luego del movimiento de magnitud 7.4 registrado en Colombia, publicaciones en redes sociales aseguran que podría aproximarse “el Big One”; sin embargo, no existe un método científico capaz de determinar cuándo, dónde y con qué magnitud ocurrirá un sismo
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

El sismo de magnitud 7.4 que sacudió Colombia el 10 de agosto de 2026 no sólo provocó réplicas y preocupación entre la población: también detonó una ola de publicaciones en redes sociales que anuncian la supuesta llegada de un megaterremoto. Entre los contenidos que circulan se encuentran advertencias sobre “el Big One”, nombre con el que se conoce popularmente a un gran sismo esperado en la falla de San Andrés, en California. Algunas publicaciones relacionan el movimiento colombiano con una supuesta liberación o acumulación de tensión en otras regiones del continente, pese a que no presentan evidencia científica que permita establecer esa conexión.
¿Son válidas estas predicciones? La respuesta es no. El Mtro. Alan Sánchez Pulido, actual coordinador de Ingeniería Civil de la Universidad Iberoamericana, ya había advertido en una conversación con Prensa IBERO que la ciencia todavía no cuenta con la capacidad para anticipar con precisión cuándo se producirá un movimiento telúrico.
En aquella entrevista, Sánchez Pulido explicó que los sismos se producen por el movimiento e interacción de las placas tectónicas. En sus límites, éstas pueden chocar, deslizarse lateralmente o hundirse una debajo de otra, hasta que la energía acumulada se libera y provoca el movimiento del suelo.
El problema para anticipar ese momento es que buena parte de estos fenómenos sucede a profundidades y bajo condiciones de presión y temperatura a las que el ser humano no puede acceder para obtener mediciones directas suficientes.
“Las placas se encuentran a 200, 300 kilómetros de profundidad, donde las temperaturas y las presiones son tan grandes que no hay equipo capaz de soportar esas condiciones, que pueda tomar datos, mandarlos y nos indique qué está pasando ahí”, explicó el académico de la IBERO.
El maestro puso en perspectiva esta limitación: mientras el pozo más profundo construido por el ser humano ha alcanzado alrededor de 12 kilómetros, para observar directamente algunos de estos procesos sería necesario llegar a cientos de kilómetros bajo la superficie y desplegar instrumentos capaces de operar en condiciones extremas.
Por ello, aunque actualmente existen redes de monitoreo, modelos computacionales y enormes cantidades de información sísmica, todavía no es posible determinar con certeza el lugar, el momento y la magnitud de un futuro terremoto.
De acuerdo con el Servicio Geológico Colombiano, el movimiento tuvo su epicentro en San José del Palmar, Chocó, a una profundidad de 103 kilómetros. Fue el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI y se sintió también en Panamá y Venezuela.
El organismo explica que la actividad sísmica de esa región se relaciona con la subducción de la placa de Nazca por debajo de la placa Sudamericana. La falla de San Andrés, en cambio, forma parte del límite entre las placas del Pacífico y Norteamericana. Se trata, por tanto, de contextos tectónicos diferentes.
Que ambos territorios formen parte del continente americano no permite concluir que un sismo en Colombia anuncie la proximidad de un terremoto en California. Tampoco la ocurrencia de un movimiento fuerte constituye, por sí sola, una señal de que otro de mayor magnitud se presentará en una región distante.
El Servicio Geológico Colombiano señala que no existe un método científicamente comprobado para predecir un sismo ni sus réplicas. En el mismo sentido, el Servicio Geológico de Estados Unidos precisa que una verdadera predicción tendría que establecer tres elementos: fecha y hora, ubicación y magnitud. Hasta ahora, ninguna institución científica ha conseguido hacerlo de manera confiable.
Las afirmaciones vagas —por ejemplo, que “pronto” temblará en una zona sísmicamente activa— pueden parecer acertadas eventualmente, pero no constituyen una predicción científica. En lugares donde ocurren movimientos de manera frecuente, es probable que en algún momento se registre uno que parezca coincidir parcialmente con el anuncio.
Sánchez Pulido también ha explicado que la imposibilidad de anticipar terremotos no significa que la tecnología carezca de utilidad. Los sismógrafos permiten registrar los movimientos del suelo y transmitir datos a centros especializados; las alertas tempranas, por su parte, pueden emitir avisos una vez que el sismo ya comenzó y antes de que sus ondas más destructivas lleguen a algunas localidades.
La inteligencia artificial también puede agilizar el análisis de los datos generados en tiempo real y contribuir a evaluar posibles daños en edificios. En países como Japón y Nueva Zelanda se emplean tecnologías para monitorear el comportamiento de las estructuras y determinar si un inmueble necesita ser revisado o reforzado después de un movimiento.
Estas herramientas sirven para comprender mejor los sismos, reducir riesgos y acelerar la respuesta, pero no deben confundirse con una capacidad para conocer el futuro.
Tras el movimiento en Colombia, las autoridades reportaron que es probable que continúen las réplicas en la zona afectada. Esto responde al comportamiento esperado después de un sismo de gran magnitud, pero tampoco permite determinar con exactitud cuándo ocurrirán o qué intensidad tendrán.
Frente a publicaciones que anuncian terremotos inminentes, atribuyen los movimientos a causas sin sustento o intentan relacionar sistemas tectónicos distintos, la recomendación es consultar a los organismos científicos y las autoridades de protección civil. La prevención sí puede salvar vidas; las falsas predicciones, en cambio, alimentan el miedo sin ofrecer información útil para actuar.
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