PRENSA IBERO
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20 DE ABRIL DE 2026
Por: Emilio Ramos Pedrueza Ceballos
AUTOR
Practicante de Prensa IBERO

• La iniciativa propone detenerse más de 27 segundos frente a una obra y recuperar la experiencia de observar con atención
• La instalación explora la memoria y la tensión entre lo natural y lo digital en la Galería Andrea Pozzo
En un mundo que avanza a toda velocidad, detenerse a mirar se vuelve casi un gesto radical. El Slow Art Day en la Galería Andrea Pozzo de la IBERO parte de esa intuición: recuperar el tiempo frente a la obra, habitar la mirada y dejar que el arte ocurra sin prisa.
El punto de partida es tan simple como inquietante: en promedio, una persona dedica apenas 27 segundos a observar una pieza. Frente a ello, la invitación es desacelerar, permanecer, sostener la mirada un poco más y permitir que lo visible se transforme. Porque a veces, lo que una obra tiene para decir no aparece de inmediato, sino que se despliega —lento, casi en secreto— cuando alguien decide quedarse.

En este contexto se presentó Millefleur (2025), de la artista mexicana Julieta Gil. Se trata de una instalación multimedia construida a partir de fotografías que la propia artista fue recolectando en sus recorridos. Muchas de estas imágenes muestran flores y fragmentos de paisaje en espacios que se sienten entre naturales y algo más cerrados, casi como una caverna. Después, todo ese material se transforma en modelos tridimensionales que terminan armando composiciones digitales.
Más que copiar la naturaleza tal cual, la obra juega con la idea de crear otros espacios posibles, como si se tratara de paisajes que existen a medio camino entre lo real y lo digital. El nombre, Millefleur, hace referencia a los tapices de la Europa medieval, lo que también le da otra capa a la pieza y la conecta con formas antiguas de representar la naturaleza.

Al mismo tiempo, hay una reflexión sobre la memoria. No como algo fijo, sino como algo que cambia, que se reconstruye y nunca es completamente preciso. En ese sentido, la obra también remite a la idea de recolectar y conservar flores, un gesto que busca guardar algo que por naturaleza es pasajero.
Ya dentro del espacio, la pieza genera una sensación interesante. Por un lado, lo digital está muy presente, pero también hay una especie de tensión con lo físico. Algunas estructuras parecen sostenerse en equilibrio, casi de forma inestable, lo que rompe con la idea de algo sólido o permanente. Todo se siente un poco en movimiento, como si no terminara de fijarse del todo.
La experiencia de Slow Art Day encajó muy bien con este tipo de obra. Más que solo inaugurar la exposición, la propuesta fue detenerse, mirar con más atención y dejar que la pieza se fuera revelando poco a poco. En un contexto donde todo se consume rápido, hacer una pausa para observar con calma termina siendo, en sí mismo, algo poco habitual.
Por: Emilio Ramos Pedrueza Ceballos
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