PRENSA IBERO
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20 DE ABRIL DE 2026
Por: Mariana Domínguez Batis
AUTOR
Jefa de Prensa de la Dirección de Comunicación Institucional

• Especialistas llaman a atender la salud mental como fenómeno colectivo, ligado a desigualdad, migración y violencia
• Desde la IBERO, académicas y expertos advierten: sin justicia social no hay bienestar emocional
La salud mental no puede entenderse como un asunto individual ni resolverse únicamente desde el consultorio: requiere políticas públicas, intervención comunitaria y cambios estructurales, coincidieron especialistas durante la mesa “Psicología comunitaria: trayectorias, impactos y futuros posibles para la salud mental colectiva”, realizada en la Universidad Iberoamericana.
En el marco de la conmemoración por los 75 años del Departamento de Psicología de la IBERO, el encuentro reunió voces de la academia, el servicio público y organizaciones sociales para reflexionar sobre el papel de esta disciplina frente a contextos marcados por desigualdad, migración y exclusión.
“No hay bienestar individual sin justicia social”, planteó la Dra. Alma Polo Velázquez, del Departamento de Psicología, al abrir el diálogo y subrayar que el sufrimiento psicosocial está profundamente vinculado con condiciones históricas, políticas y económicas.

La Mtra. Tatiana Clouthier, titular del Instituto de Mexicanas y Mexicanos en el Exterior (IMME), sostuvo que la salud mental colectiva debe asumirse como una prioridad de política pública en todos los niveles de gobierno.
Advirtió que problemáticas como la violencia, incluida la de género, pueden agravarse cuando no se atienden oportunamente afectaciones emocionales. También llamó a desestigmatizar la atención psicológica y promover acciones preventivas desde la infancia.
Asimismo, reconoció el trabajo de la Universidad Iberoamericana en colaboración con el IMME, particularmente en la atención a comunidades migrantes fuera del país, una labor que —dijo— da cuenta del papel de la universidad como actor social más allá del aula.
Destacó que la migración genera estrés emocional acumulativo que suele invisibilizarse, por lo que urgió a preparar a las personas para estos procesos y fortalecer redes de apoyo comunitarias.

Desde Nueva York, la Mtra. Lorena Kourousias, directora de Mixteca Organization, expuso los retos que enfrentan comunidades migrantes en contextos de precariedad, donde la atención psicológica formal suele ser inaccesible.
Explicó que, ante la falta de recursos, las intervenciones comunitarias surgen desde lo inmediato: alimento, refugio, identidad y pertenencia. En ese contexto, la salud mental se trabaja de forma integral, vinculada con cultura, redes y economía.
“Todo está interrelacionado: salud, justicia, educación y comunidad”, afirmó.
Programas como Sobremesa —dirigido a mujeres sobrevivientes de violencia— o espacios comunitarios que integran arte, cocina y diálogo, buscan reconstruir tejido social desde prácticas cotidianas.

El académico de la Universidad Fordham, Nueva York, Andrew Rasmussen cuestionó el enfoque dominante en Estados Unidos, donde —dijo— la psicología comunitaria ha caído en una “profesionalización de la solución de problemas”, alejándose de las comunidades.
Señaló que el concepto de empoderamiento no consiste en intervenir desde fuera, sino en generar condiciones para que las propias comunidades construyan sus soluciones.
“El trabajo del psicólogo no es resolver, sino facilitar procesos colectivos”, apuntó.

Por su parte, la Dra. Lilia Elena Monroy, asesora en el sistema de salud pública en México, presentó hallazgos sobre condiciones de violencia y desgaste en personal médico en formación.
Expuso que jornadas excesivas, jerarquías rígidas y prácticas normalizadas de maltrato impactan gravemente la salud mental de residentes, especialmente en mujeres.
Entre las consecuencias, señaló agotamiento, errores médicos y procesos de deshumanización.
“Es un problema estructural, no individual”, enfatizó, al llamar a transformar la formación médica desde una perspectiva comunitaria.

El psicólogo italiano Efrem Milanese subrayó que la comunidad debe entenderse como un sistema vivo de relaciones que da sentido a la vida cotidiana, y no sólo como un grupo de personas. Planteó que las redes comunitarias son clave para enfrentar el sufrimiento social, al permitir que las personas construyan soluciones colectivas desde su propia experiencia.
En ese sentido, destacó que la intervención psicosocial debe centrarse en fortalecer estos vínculos y en reconocer la capacidad organizativa de las comunidades para responder a contextos de exclusión y desigualdad.

Las y los participantes coincidieron en que la psicología comunitaria debe evolucionar hacia modelos que integren investigación, intervención social y políticas públicas, con enfoque preventivo y colectivo.
La discusión dejó una pregunta abierta: ¿qué tipo de psicología necesita la sociedad actual y qué papel deben asumir las universidades frente a estos desafíos?


Por: Mariana Domínguez Batis
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