PRENSA IBERO
PRENSA IBERO
27 DE MARZO DE 2026
Por: Luis Reyes
AUTOR

La discusión sobre el impacto de las redes sociales en la salud mental de niños y adolescentes ha dejado de ser un debate abstracto para convertirse en un tema central en tribunales, políticas públicas y diseño tecnológico, planteó el Mtro. Héctor Faya Rodríguez, profesor de Inteligencia Artificial y Derecho de la Universidad Iberoamericana (IBERO) y exdirector de Programas de Políticas Públicas y Relacionamiento con Gobierno de Meta en América Latina, quien advirtió que el problema ya no radica únicamente en el contenido, sino en la arquitectura misma de las plataformas.
Desde su experiencia dentro de la industria, Faya reconoció que las redes sociales nacieron con beneficios claros: conectar personas, democratizar información y crear comunidad.
Sin embargo, con el tiempo observó un cambio estructural en el modelo: el diseño comenzó a orientarse cada vez más a maximizar la atención, la permanencia y el retorno del usuario. Este giro, señala, no es neutral, ya que las plataformas comprenden profundamente cómo ciertos mecanismos influyen en la conducta.
Funciones como el “scroll infinito” o las notificaciones constantes fueron presentadas como mejoras de experiencia, pero en la práctica operan como herramientas de captura de atención.
El dilema ético, señaló, se intensifica cuando estos mecanismos se aplican a menores de edad, pues no se trata solo de alojar contenido potencialmente dañino, sino de diseñar entornos que pueden explotar vulnerabilidades previsibles en niños y adolescentes.
Para Faya, el punto crítico es que las empresas no solo pueden prever estos riesgos, sino que cuentan con datos suficientes para entenderlos mejor que nadie.
En este contexto, el académico rechazó la idea de que las redes sociales sean la única causa de la crisis de salud mental juvenil, pero insistió en que tampoco pueden considerarse un factor secundario.
Adolescentes crecen en ecosistema digital que potencia la comparación social
Retomó planteamientos del psicólogo social Jonathan Haidt para explicar que los adolescentes actuales han crecido en un ecosistema digital que potencia la comparación social, la recompensa intermitente y la dependencia de validación externa.
Estos elementos, aunque no explican por completo fenómenos como la ansiedad o la depresión, sí intensifican significativamente sus efectos, especialmente en poblaciones vulnerables.
Otro punto clave es el nivel de conocimiento que tienen las plataformas sobre estos impactos. Empresas como Meta o TikTok monitorean de manera constante métricas como el tiempo de uso, la frecuencia de retorno y los patrones de interacción.
Esta capacidad analítica, apunta el especialista, les permite identificar con precisión qué diseños generan mayor engagement, pero también cuáles pueden derivar en comportamientos compulsivos. Según Faya, esto implica que no se trata de riesgos desconocidos, sino de efectos previsibles respaldados tanto por datos internos como por evidencia pública.
La competencia entre plataformas ha profundizado esta lógica. Durante su paso por Meta, Faya observó cómo el crecimiento de TikTok llevó a rediseñar productos como Instagram, particularmente con formatos como Reels, orientados a aumentar la retención del usuario.
El riesgo, advirtió, es que al replicar los formatos más absorbentes también se replican sus efectos negativos.
Frente a este panorama, sostuvo que no es posible garantizar una protección real de menores sin modificar los incentivos económicos del modelo de negocio.
Si las plataformas obtienen mayores beneficios mientras más tiempo permanezca el usuario conectado, las medidas de seguridad entran en conflicto directo con ese objetivo. Por ello, consideró indispensable la intervención regulatoria.
En ese sentido, destacó el papel de Brasil como referente emergente. El país está avanzando hacia una regulación que no solo se centra en el contenido, sino también en el diseño de las plataformas. Entre las medidas que se discuten están restricciones a mecanismos que incentivan el uso compulsivo, sistemas más robustos de verificación de edad y mayores obligaciones de supervisión cuando hay menores involucrados.
Faya dijo que este cambio de enfoque marca un punto de inflexión en el derecho digital. La conversación ya no gira exclusivamente en torno a la libertad de expresión o la responsabilidad por contenido de terceros, sino que incorpora conceptos como el deber de cuidado, el diseño persuasivo y la responsabilidad empresarial.
En un contexto donde tribunales comienzan a evaluar si ciertas funciones contribuyen directamente al daño en menores, el diseño tecnológico deja de ser una cuestión técnica para convertirse en un asunto legal y ético de primer orden, refirió.
Concluyó que no basta con promover el “bienestar digital” desde discursos corporativos, se requieren reglas claras que limiten prácticas de diseño cuando hay menores de por medio, trasladando parte de la responsabilidad desde los usuarios hacia las empresas que construyen estos entornos digitales.
Por: Luis Reyes
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
Para mayor información sobre este comunicado llamar a los teléfonos: (55) 59 50 40 00, Ext. 7594, 7759 Comunicación Institucional de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México Prol. Paseo de la Reforma 880, edificio F, 1er piso, Col. Lomas de Santa Fe, C.P. 01219