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• El Dr. Santiago Corcuera Cabezut, profesor de la Licenciatura en Derecho, cuestiona que incluso algunos profesionales encargados de atender a víctimas recomienden asumir el fallecimiento de personas desaparecidas, pese a que no existen pruebas de su muerte
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

En México, miles de familias viven con una pregunta que no encuentra respuesta: ¿dónde están sus seres queridos? A la angustia de no conocer su paradero se suma, en ocasiones, la presión de quienes les sugieren aceptar que han muerto para poder continuar con sus vidas. Sin embargo, ¿cómo comenzar un duelo cuando ni siquiera existe certeza de que la persona ha fallecido? Esta es una de las reflexiones que plantea Santiago Corcuera Cabezut, profesor de la Licenciatura en Derecho de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, en su artículo “Porque vivos se los llevaron, ¡vivos les queremos!”
La más reciente edición de la publicación universitaria, titulada Morir en México, aparece en vísperas del Día de Muertos y reúne distintas reflexiones sobre la muerte, el duelo, las desapariciones y las violencias que atraviesan a la sociedad mexicana.
En su texto, Corcuera advierte que la desaparición de una persona no puede equipararse automáticamente con su fallecimiento y que exigir a sus familiares que acepten una muerte no comprobada desconoce una de las dimensiones más profundas de su sufrimiento: la incertidumbre.
El especialista explica que, frente a la tragedia de las desapariciones, existen personas que consideran que las familias deberían aceptar que sus seres queridos han fallecido para poder continuar con sus vidas.
Cuestiona que esta postura sea sostenida incluso por algunos profesionales de la psicología que trabajan en comisiones de atención a víctimas y que, de acuerdo con testimonios recibidos por el propio autor, han recomendado a familiares resignarse y asumir la muerte de las personas desaparecidas.
El problema, señala, es que mientras se desconozca el paradero de alguien y no exista certeza sobre lo ocurrido, debe mantenerse la presunción de que continúa con vida.
De ahí la importancia de las consignas que acompañan las movilizaciones de madres, padres y familiares de personas desaparecidas, entre ellas “Porque vivos se los llevaron, ¡vivos les queremos!”.
Lejos de ser únicamente una expresión de esperanza, esta exigencia responde a la obligación de no dar por muerta a una persona sin contar con pruebas suficientes.
Corcuera recuerda que la desaparición forzada constituye una violación de múltiples derechos humanos, entre ellos la libertad, la personalidad jurídica, la integridad física y psicológica, y el derecho a la vida, que queda gravemente amenazado.
Uno de los pasajes más conmovedores del artículo recupera el testimonio de una madre que, después de años de búsqueda, expresó que al menos había tenido la dicha de encontrar los restos de su hijo.
Corcuera reconoce lo desconcertante que puede resultar una afirmación semejante. ¿Cómo puede alguien hablar de dicha cuando ha confirmado la muerte de un ser querido?
La explicación, plantea, se encuentra en la angustia permanente que enfrentan las familias mientras desconocen el destino de una persona desaparecida.
No saber dónde está, si se encuentra con vida, si está siendo torturada o explotada, o qué circunstancias rodearon su desaparición, puede convertirse en una fuente de sufrimiento que se prolonga día tras día.
En ese contexto, conocer con certeza que una persona ha fallecido puede poner fin a determinadas incertidumbres y permitir que sus familiares realicen los rituales de despedida y duelo conforme a sus propias convicciones.
Sin embargo, conocer la verdad sobre una muerte no significa renunciar a exigir justicia, esclarecer los hechos o reclamar reparación por el daño sufrido.
Por ello, el especialista insiste en la importancia de distinguir entre el duelo por una muerte comprobada y la situación que enfrentan las familias que todavía buscan a una persona cuyo destino sigue sin esclarecerse.
Además del sufrimiento emocional, Corcuera advierte que la desaparición de una persona puede colocar a sus seres queridos ante graves dificultades legales y patrimoniales.
En su artículo ejemplifica esta problemática con las familias que necesitan acceder a cuentas bancarias o disponer de bienes pertenecientes a una persona desaparecida, pero que encuentran obstáculos porque su titular no puede presentarse a realizar los trámites correspondientes.
En algunos procedimientos tradicionales, resolver estas situaciones podía requerir una declaración de muerte presunta, lo que colocaba a las familias frente a una contradicción: tener que aceptar jurídicamente un fallecimiento que no había sido demostrado.
Para atender esta problemática, el especialista destaca la figura de la declaración especial de ausencia por desaparición, que permite resolver determinadas cuestiones legales y patrimoniales sin establecer que la persona desaparecida ha muerto.
Este mecanismo adquiere particular relevancia porque reconoce que las necesidades económicas y jurídicas de una familia no deberían obligarla a abandonar la exigencia de localizar con vida a su ser querido.
La reflexión de Santiago Corcuera cobra especial significado ante la proximidad del Día de Muertos, una de las tradiciones más representativas de México, dedicada a recordar y honrar a quienes han fallecido.
En su texto, el académico recupera cifras oficiales que, al momento de la elaboración del artículo, registraban más de 134 mil personas desaparecidas y más de 72 mil cuerpos sin identificar bajo resguardo de instituciones públicas.
Estas cifras plantean una contradicción dolorosa: mientras millones de personas preparan altares, colocan fotografías y visitan los cementerios para recordar a sus seres queridos, numerosas familias continúan buscando respuestas sobre el destino de quienes desaparecieron.
Para ellas, la ausencia no necesariamente puede traducirse en una despedida, porque hacerlo supondría asumir una muerte que todavía no ha sido comprobada.
El académico recuerda que las madres buscadoras no desconocen la posibilidad de encontrar sin vida a sus familiares. Muchas participan directamente en labores de búsqueda de fosas clandestinas y restos humanos, pero mantienen la exigencia de que se les presuma vivos mientras no exista evidencia de lo contrario.
Así, en un país donde la muerte ocupa un lugar central en la cultura y las tradiciones, Corcuera invita a reconocer una realidad que no puede resolverse mediante el olvido ni imponiendo a las familias la aceptación de una pérdida.
Mientras se desconozca el paradero y destino de una persona desaparecida, la obligación de buscarla y esclarecer lo ocurrido permanece vigente.
En vísperas del Día de Muertos, su reflexión recuerda que acompañar a las familias también significa respetar su derecho a no dar por muertos a quienes siguen buscando, a conocer la verdad y a exigir justicia.
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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