PRENSA IBERO
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11 DE MAYO DE 2026
Por: Miranda Agredano Ávila, Constanza Alvarado Toledo y Eder Herrera Navarro, estudiantes de la Licenciatura en Historia del Arte
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La manera en la que se construyen las exposiciones de arte rara vez se cuestiona fuera del ámbito museográfico. Cuando pensamos en un museo o una galería, solemos concentrarnos en las obras expuestas y no en todo aquello que se utiliza para sostenerlas: muros temporales, pinturas, adhesivos, impresiones, estructuras efímeras y materiales que, muchas veces, terminan convertidos en desecho apenas concluye una exhibición. Sin embargo, detrás de la experiencia estética existe también una huella ambiental que pocas veces es visible para el público.
El pasado 27 de abril tuvimos la oportunidad de asistir a una charla y taller impartidos por Nicole Burisch, Josh Jensen y Joe Côte-Rancourt, especialistas y curadores enfocados en prácticas sustentables dentro de la museografía. La experiencia comenzó en el auditorio Ernesto Meneses y continuó posteriormente en uno de los salones de diseño del edificio R. Más allá de una conferencia académica, el encuentro se convirtió en una invitación a repensar el vínculo entre arte, diseño y responsabilidad ambiental.
Durante la charla, Nicole Burisch compartió su experiencia en la galería FOFA de la Universidad Concordia, en Canadá, donde junto con otros colegas comenzó a cuestionar los métodos tradicionales de producción museográfica. Uno de los ejemplos más significativos fue el uso constante de muros de yeso que se construyen y destruyen para cada exposición, generando enormes cantidades de residuos. A partir de estas inquietudes, comenzaron a explorar alternativas biodegradables y métodos que redujeran el desperdicio. Sin embargo, también habló de una realidad importante: las buenas ideas no siempre pueden implementarse fácilmente cuando quienes las imaginan no tienen la capacidad institucional para ejecutarlas.
Ese punto resultó especialmente revelador porque demuestra que la sustentabilidad no depende únicamente de la creatividad, sino también de decisiones estructurales e institucionales. Aun así, Burisch logró impulsar estas prácticas en colaboración con la Universidad Concordia, abriendo espacios para enseñar nuevas posibilidades dentro de la museografía contemporánea.
Posteriormente, durante el taller práctico, pudimos observar y manipular distintos materiales sustentables. Entre ellos destacaban las ceras elaboradas con kombucha, sumamente delgadas, translúcidas y con una textura distinta a cualquier material industrial convencional. También trabajamos con pigmentos vegetales colocados en conchas marinas y adhesivos naturales preparados con mezclas biodegradables.
Lo más interesante fue comprobar que estos materiales realmente podían funcionar en aplicaciones museográficas reales. Sobre tablas de madera utilizamos esténciles y pigmentos naturales para crear impresiones tipográficas, mientras otras personas trabajaban con letras adheridas mediante pegamentos orgánicos. Después, al limpiar las superficies con soluciones suaves, los materiales se disolvían con facilidad sin dejar residuos permanentes ni daños. Esa capacidad de transformación y desaparición evidenciaba una lógica completamente distinta a la de los materiales industriales tradicionales.
La experiencia nos dejó una reflexión importante como estudiantes de Historia del Arte: el arte no es algo estático. Aunque gran parte de nuestra formación implica estudiar el pasado, eso no significa que debamos permanecer atados a prácticas heredadas que hoy resultan ambientalmente insostenibles. La historia también se construye a partir de las transformaciones de cada época, y quizá una de las grandes responsabilidades culturales actuales sea replantear cómo producimos, exhibimos y consumimos arte.
La sustentabilidad dentro de la museografía no debería verse como una moda pasajera, sino como una necesidad urgente. Los espacios culturales también forman parte de las dinámicas de consumo y producción que impactan al medio ambiente. Por ello, resulta fundamental que las nuevas generaciones de artistas, curadores, diseñadores e historiadores del arte participemos activamente en la construcción de modelos más responsables.
Talleres como este nos recuerdan que pequeñas acciones y materiales aparentemente simples pueden generar cambios importantes. La cera de kombucha, los pigmentos vegetales o los adhesivos biodegradables quizá parezcan elementos modestos frente a las grandes estructuras museográficas, pero representan una nueva manera de entender la relación entre creación y entorno.
Al final, la pregunta que permanece no es únicamente cómo queremos exhibir arte, sino también qué tipo de huella queremos dejar a través de él.
Por: Miranda Agredano Ávila, Constanza Alvarado Toledo y Eder Herrera Navarro, estudiantes de la Licenciatura en Historia del Arte
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