PRENSA IBERO
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19 DE FEBRERO DE 2026
Por: Redacción IBERO
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El cine, desde sus inicios, ha sido una herramienta profundamente poderosa para retratar problemáticas históricas y sociales. El poder del séptimo arte no se limita únicamente a contar historias sobre injusticias, consecuencias o acontecimientos del pasado; gracias a su lenguaje audiovisual, también invita al espectador a reflexionar sobre conflictos que siguen vigentes en el presente.
En el panorama geopolítico actual, uno de los conflictos más dolorosos y persistentes es la guerra entre Palestina e Israel. Aunque se trata de una crisis prolongada a lo largo de décadas, son relativamente pocas las propuestas audiovisuales que buscan narrar, desde una perspectiva humana, el sufrimiento cotidiano que produce esta guerra. Sin embargo, la directora Kaouther Ben Hania logra hacerlo con gran sensibilidad en el documental, La voz de Hind Rajab.
La película narra la odisea real que vivieron los servicios de emergencia palestinos al intentar rescatar a Hind Rajab, una niña de seis años atrapada en un automóvil bajo fuego en Gaza, quien suplicaba ayuda mientras el peligro se intensificaba a su alrededor.
El poder de esta obra no radica únicamente en la tensión de su historia, en la crudeza del contexto ni en la intensidad emocional que transmite, sino en las profundas reflexiones que suscita. El filme confronta al espectador con una realidad incómoda: la forma en que solemos percibir la guerra a través de cifras y estadísticas.
En las noticias, los conflictos bélicos suelen presentarse mediante números: tantos muertos, tantos heridos, tantas ciudades destruidas. En ese proceso, las vidas humanas quedan reducidas a simples dígitos, y el sufrimiento se vuelve abstracto. La película resulta necesaria precisamente porque rompe con esa lógica deshumanizante al devolverle rostro, voz e identidad a una de esas tantas víctimas.
Escuchar la voz de Hind y observar la angustia de los trabajadores de emergencia es impactante porque genera un vínculo emocional inmediato. La historia convierte lo que solo era un dígito en una experiencia profundamente personal, donde la empatía y la impotencia del espectador emergen de manera inevitable y auténtica. El filme nos recuerda que detrás de cada cifra existe una vida irrepetible, una historia interrumpida y un mundo personal que fue destruido.
Otro de los cuestionamientos centrales que plantea la obra es el verdadero precio de la guerra. No se trata únicamente de la pérdida material, de los territorios devastados o del número de muertes. El costo más profundo es la pérdida de humanidad.
Cuando se habla de la destrucción de vidas, no se hace referencia solamente a la muerte física. La guerra también arrebata dignidad, derechos básicos y cualquier posibilidad de esperanza. Despoja a las personas de su sentido de seguridad, de pertenencia, de futuro y de identidad. En ese contexto, sobrevivir no significa realmente vivir.
Desde una perspectiva psicológica y existencial, muchos sobrevivientes de conflictos bélicos continúan con vida física, pero quedan emocional y espiritualmente devastados, muertos por dentro. La guerra deja de ser un evento externo para convertirse en una experiencia interna permanente: una herida que persiste en la memoria y en la identidad y fractura todo el sentido de ser que tenía un individuo.
Esta reflexión se vuelve aún más desgarradora cuando la víctima es una niña. La película evidencia cómo la guerra no sólo arrebata vidas, sino también la infancia misma. Se destruyen las posibilidades, la inocencia y la visión esperanzadora del mundo que simboliza la niñez. Todo aquello que representa crecimiento, futuro y ternura queda reducido a una consecuencia más del conflicto.
Y tal vez lo más desolador del filme es comprender que su historia todavía sigue. A diferencia de otras narrativas cinematográficas que concluyen con los créditos, esta historia continúa, pero en la realidad. El conflicto en Gaza no ha terminado, y mientras persista, seguirán existiendo miles de historias similares, miles de voces silenciadas y miles de vidas despojadas de su humanidad.
En este sentido, La voz de Hind Rajab no solo funciona como un testimonio cinematográfico, sino también como un llamado ético. Nos obliga a cuestionar nuestra distancia emocional frente a la guerra y a recordar que, más allá de la política, los territorios o las ideologías, cada conflicto bélico es, ante todo, una tragedia profundamente humana, cada vida arrebatada y convertida en un número es una vela que al apagarse deja al mundo cada vez más gris.
Por: Redacción IBERO
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