En el PSC de la IBERO recibimos con preocupación las palabras de Trump en el inicio de su segundo gobierno. No compartimos la idea de menospreciar sus amenazas. Tal ponderación nos parece no solo lejana a la realidad sino irresponsable y delicada
Cuando alguien se cree elegido directamente por Dios para influir en las demás personas, puede tomársele en serio o no; pero cuando lo dice quien tiene a su disposición el mayor poder militar del mundo, todo cambia. Si además esta persona expone un proyecto político de hegemonía global que se autocalifica en superioridad moral y, por si fuera poco, al hacerlo renuncia de manera explícita a mantener un anclaje a la realidad, entonces no alcanzan las palabras para explicar los riesgos implícitos.
En el Programa de Seguridad Ciudadana de la IBERO CDMX hemos recibido con la mayor preocupación las palabras de Donald Trump en el primer día de su segundo gobierno. No compartimos la percepción según la cual debemos menospreciar sus amenazas. Desde una perspectiva de derechos humanos, tal ponderación nos parece no solo lejana a la realidad sino irresponsable y delicada.
Convocaremos en breve a uno de nuestros Cafecitos Serenos a conversar en torno al análisis de su discurso, pero desde ya podemos afirmar que el ahora presidente de los Estados Unidos apalancó su triunfo electoral, en buena medida, habiendo conectado con las mayorías a través de la propagación del miedo y el odio. Nos interesa primero que nada el discurso porque la historia ha dejado en claro que las peores experiencias de la humanidad, en particular las conflagraciones bélicas, se atizan fundamentalmente desde la retórica inflamatoria que empuja a la acción violenta masiva.
Por: Ernesto López Portillo, Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la IBERO |
Lo importante no es si Trump miente o no, eso ya lo entendimos (como hemos entendido que la política profesional miente regularmente por todas partes); lo importante es el contexto, la motivación, el contenido, el propósito y el resultado de las mentiras como forma de construir mundos -o destruirlos-. Lo importante no es pasar sus palabras por la criba de la comprobación de hechos sino por la comprensión de la visión y los medios para llegar a ella.
¿Qué quieren los poderes que han llegado a la presidencia de los Estados Unidos? En última instancia, ¿a dónde van y qué están dispuestos a hacer para llegar ahí? Por muchas razones, desde México quizá debemos centrar en nuestro análisis la combinación de dos agendas: la seguridad y la migración (sin desvincularlo de los intereses económicos que han “tomado” Washington).
Desde un proyecto cuyo líder se dice encomendado por Dios, a su vez trenzado antes que nada con líderes cuya característica en común es ser personas multimillonarias, qué son ahora la seguridad y la migración. Se trata de entendersudefinición del “problema” ysuspreferencias estratégicas en lo que entienden como las oportunidades parasuhegemonía global “restaurada”.
Trump renueva y explota al máximo la cosecha de lo que Nixon sembró hace más de 50 años. La declaración de las drogas como un problema de seguridad nacional maduró en medio siglo hasta ser fagocitada por la categoría de terrorismo, habilitándose así, en carambola, varias palancas retóricas, políticas, de política pública y presupuestales para prácticamente desmontar los límites al uso de la fuerza al interior, pero sobre todo al exterior de sus fronteras, todo cobijado por el paraguas de esa seguridad nacional que, para el vecino del norte, ha sido siempre global bajo sus intereses en clave geoestratégica.
Estados Unidos está bajo una invasión de millones de personas que viven del crimen, repitió al iniciar su segundo gobierno; reitero, lo importante es que así ganó, así la creen y así actuará. Me hace pensar nada menos que en un gobierno de “limpieza social”.
Un horizonte ominoso cual más.
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