PRENSA IBERO
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2 DE MARZO DE 2026
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
AUTOR

Todos, en algún momento de la vida, hemos experimentado una ruptura amorosa o un corazón roto. Amar implica un riesgo: el de perder. Y toda pérdida conlleva un duelo, un proceso que rara vez es sencillo superar. Pero el duelo amoroso no solo duele por la ausencia del otro, sino porque nos obliga a cuestionarnos aspectos fundamentales de nuestra vida, de nuestra forma de amar y de nuestra propia identidad.
Un corazón roto no simboliza únicamente el final de una relación; representa la pérdida de un mundo. Al compartir tiempo, espacios y emociones con alguien, nuestra cotidianidad comienza a entrelazarse con la suya. Los lugares que frecuentamos, la música que escuchamos, las películas que vemos, las rutinas que construimos: todo adquiere significado en relación con esa persona.
Perder una relación implica también perder esa manera particular de ver y experimentar el mundo. No solo se va el otro, se transforma la forma en que habitamos la realidad, rompiendo en cierto sentido el equilibrio que teníamos tanto de lo que nos rodea como de nosotros mismos.
El cine ha abordado este proceso en múltiples ocasiones, narrando historias de superación y resignificación del amor. La obra que nos trae aquí hoy es El rayo verde, dirigida por Éric Rohmer. La película narra la historia de Delphine, una joven secretaria parisina que, tras una ruptura amorosa y la cancelación de sus planes vacacionales, enfrenta la soledad mientras busca, casi desesperadamente, sentido y compañía.
Por su premisa, podría parecer una historia convencional de autosuperación y encontrar lo bello en la vida pese a las circunstancias; sin embargo, Rohmer va mucho más allá. La película aborda temas complejos como la angustia existencial ante la soledad, la representación auténtica del duelo y la depresión, y la naturaleza lenta e incierta del amor.
A lo largo del filme, Delphine atraviesa distintas experiencias que la confrontan consigo misma. Gracias a esto, el espectador es invitado a reflexionar sobre una inquietud profunda: la posibilidad de permanecer solos puede resultar tan angustiante como la idea misma de la muerte.
La muerte inquieta no solo por el vacío que representa o porque no sepamos que hay en el más allá, sino por la posibilidad de que todo aquello que hemos construido desaparezca y todo se reduzca a nada. Pero la idea de vivir en soledad prolongada puede ser incluso más perturbadora, porque podemos imaginarla con claridad: Estar vivos, pero muertos por dentro; existir, pero sin posibilidad de conectar con alguien para darle significado a nuestras vida puede ser tan paralizante como la idea de un vacío total.
Uno de los mayores aciertos del filme es la forma en que retrata la depresión y el duelo. Rohmer evita el melodrama. Delphine no protagoniza grandes escenas de llanto ni monólogos interminables explicando porque se siente deprimida. Por el contrario, la vemos intentar continuar con su vida con aparente normalidad, mientras pequeñas grietas revelan su tristeza interna. Su depresión no se verbaliza constantemente; se manifiesta en silencios, en incomodidades, en conversaciones donde sus opiniones dejan entrever su fragilidad emocional. Esta sutileza hace que su dolor resulte más humano, cercano y auténtico.
Pero quizás el mensaje más significativo de la película es que el sufrimiento amoroso y un corazón roto muchas veces surge y es producto de una idealización. En el filme se menciona una frase que condensa esta noción: “El amor es cuestión de buscar, sino de relacionarse, no se íntima de repente”.
Esta reflexión cuestiona la idea de que el amor consiste en encontrar a alguien que cumpla con una lista de características predeterminadas, como si las personas fueran un catálogo de compras o un producto a conseguir. El amor, sugiere la película, no se trata de “buscar” activamente un ideal, sino de relacionarse, escuchar, conocer, dialogar y comprender al otro en su complejidad.
Este planteamiento de hecho resulta relevante en el contexto actual, donde las redes sociales y ciertos productos audiovisuales promueven una visión idealizada e inmediata del amor. Se vende la idea de conexiones instantáneas, de compatibilidades perfectas y de relaciones sin fisuras y perfectas. En ese escenario, se pierde de vista que conocer verdaderamente a alguien es un proceso lento y que toda persona es un universo complejo.
Conectar con alguien implica tiempo, paciencia y disposición a aceptar la imperfección. No existe garantía de que una persona sea “el alma gemela”, ni debería ser ese el criterio para iniciar un vínculo. Romper con la expectativa de perfección nos permite ver al otro como realmente es: un ser humano con luces y sombras. Y es precisamente la imperfección del otro lo que nos permite conectar. Es en las vulnerabilidades que abrazamos donde surge el amor auténtico.
Enamorarse de una imagen idealizada puede resultar sencillo; sostener un vínculo cuando aparecen las contradicciones, los defectos y las partes oscuras de cada uno es un proceso mucho más arduo, lento y lleno de dudas. Pero también es ahí donde el amor deja de ser una fantasía para convertirse en algo significativo y real.
El rayo verde nos recuerda que sanar un corazón roto no consiste únicamente en encontrar a alguien más, sino en aprender a relacionarnos sin idealizar, en aceptar la incertidumbre y en comprender que el amor no es una búsqueda desesperada, sino un encuentro que se construye lentamente.
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
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