PRENSA IBERO
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20 DE MARZO DE 2026
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
AUTOR

El realismo mágico es, sin duda, uno de los rasgos más fascinantes de la literatura latinoamericana y mexicana. A través de la incorporación de elementos fantásticos, místicos o sobrenaturales dentro de un contexto aparentemente cotidiano y realista, este estilo permite explorar temas profundamente humanos como la muerte, el tiempo, la identidad, la cultura y el amor.
Dentro de este vasto universo de obras, una de las historias que más ha destacado en las últimas décadas es Como agua para chocolate, escrita por Laura Esquivel. La novela alcanzó gran popularidad no sólo por su adaptación cinematográfica de 1992, sino también por su reciente adaptación televisiva.
La obra narra la historia de Tita de la Garza, una joven que está profundamente enamorada de Pedro. Sin embargo, debido a una rígida tradición familiar impuesta por su madre, Mamá Elena, Tita tiene prohibido casarse, pues como hija menor debe permanecer soltera para cuidar a su madre hasta su muerte. Ante esta prohibición, Pedro decide casarse con la hermana de Tita para poder permanecer cerca de ella. Frente a esta situación, Tita encuentra en la cocina un refugio emocional.
El realismo mágico desempeña un papel fundamental en la narrativa. Los elementos sobrenaturales no aparecen únicamente para añadir un toque fantástico a la historia, sino para convertir emociones intensas en fenómenos físicos y tangibles. Las lágrimas de Tita pueden alterar un platillo, la pasión puede transmitirse a través de la comida y la tristeza puede contagiarse a quienes la prueban. De esta manera, la cocina se convierte en un lenguaje emocional donde lo invisible se vuelve visible. Pero más que simples recursos narrativos, estos elementos funcionan como metáforas poderosas que invitan al lector o espectador a reflexionar sobre la forma en que los seres humanos expresamos aquello que las palabras no logran comunicar.
A lo largo de la historia vemos cómo Tita canaliza sus emociones a través de la cocina. Ella no solo prepara comida siguiendo recetas; cocina desde sus sentimientos. Cada platillo se convierte en una extensión de su mundo interior. Cuando las palabras resultan insuficientes, el acto de cocinar se transforma en un espacio fértil donde el dolor, el amor y la frustración pueden tomar forma.
Sin embargo, esta idea no se limita únicamente a la cocina dentro de la obra. En un sentido más amplio, la historia nos invita a pensar cómo los seres humanos buscamos distintos medios para expresar aquello que sentimos. Muchas veces encontramos en un pasatiempo una vía para exteriorizar nuestras emociones. Piensen en todos estos hobbies que realizamos día con día: correr, practicar atletismo, actuar, pintar, escribir poesía, tocar música o incluso leer pueden convertirse en formas de expresión profundamente personales. Estas actividades no solo ocupan nuestro tiempo; también nos permiten depositar en ellas una parte de nosotros mismos. A través de ellas damos forma a sentimientos que, de otra manera, permanecen reprimidos, incomprendidos o inexpresados.
No obstante, Como agua para chocolate no se limita únicamente a explorar la expresión emocional. El triángulo amoroso entre Tita, Pedro y el doctor John Brown plantea un dilema mucho más profundo: ¿por qué resulta tan difícil elegir entre un gran amor y el amor correcto? En apariencia, la respuesta podría parecer sencilla. Podríamos pensar que todos buscamos aquello que nos hace bien o que nos brinda estabilidad. Sin embargo, la obra sugiere que nuestras decisiones amorosas no siempre se basan en lo que es mejor para nosotros, sino en los patrones afectivos que aprendimos durante nuestra infancia.
La relación entre Tita y Pedro se caracteriza por una intensidad emocional marcada por el deseo, la prohibición y el sufrimiento. En contraste, el vínculo con John Brown se basa en el respeto, la calma, la comprensión y la libertad. Mientras Pedro representa la pasión turbulenta, John simboliza un amor maduro y sereno.
La elección de Tita, sin embargo, no debería entenderse simplemente como un error o como un acto de autosabotaje. Su decisión está profundamente ligada a la forma en que fue criada. Mamá Elena educó a Tita en un ambiente dominado por la frialdad, la represión emocional y el control absoluto. Desde su nacimiento fue privada del afecto materno, siendo criada principalmente por Nacha en la cocina.
Además, la tradición familiar que la obliga a sacrificar su vida amorosa refuerza la idea de que el amor siempre está asociado al sufrimiento y al sacrificio. De esta manera, Tita crece con la creencia inconsciente de que el amor no es algo que se recibe libremente, ni algo que se te da incondicionalmente únicamente por ser quien eres, sino algo por lo que se debe luchar y sufrir.
Bajo esta perspectiva, el triángulo amoroso adquiere un significado distinto. Tita no elige a Pedro únicamente por amor; lo elige porque él encarna el modelo afectivo que aprendió. El amor imposible, doloroso y conflictivo se siente familiar. Pedro reproduce, de cierta forma, el mismo patrón de tensión emocional que caracterizó la relación con su madre. Por el contrario, el amor que John Brown le ofrece resulta desconcertante. Es un amor que no exige sacrificio ni sufrimiento, un amor que permite la libertad y el crecimiento personal. Para alguien que ha crecido en un ambiente donde el afecto estaba condicionado, recibir amor de forma tan abierta puede resultar incluso incómodo.
Dentro de la obra, John Brown utiliza la metáfora de la caja de fósforos para explicar que cada persona posee en su interior pequeñas chispas que pueden encenderse a través de distintas experiencias: el amor, la comida, el arte o la pasión por la vida. Bajo esta idea, John representa el oxígeno que podría ayudar a Tita a encender esa llama interior.
Sin embargo, Tita está acostumbrada a emociones intensas y desbordadas. La calma que representa John le resulta insuficiente frente al “punto de ebullición” emocional que simboliza Pedro (el estado de estar “como agua para chocolate”). Prefiere la pasión que la consume, como las llamas que reducen un hogar a cenizas y destruyen todo a su paso, antes que un amor sereno que podría nutrir su crecimiento y encender esa luz interior.
Pero la historia de Laura Esquivel trasciende el ámbito del realismo mágico y se convierte en una reflexión sobre la forma en que nuestras historias personales influyen en la manera en que amamos. La novela muestra que muchas de nuestras decisiones afectivas están guiadas por patrones inconscientes que se originan en nuestra infancia y en los modelos de amor que observamos mientras crecíamos. Aquello que consideramos “amor verdadero” muchas veces no es más que la repetición de dinámicas emocionales que nos resultan familiares.
Sin embargo, la obra también sugiere que estos patrones no son inevitables. Así como Tita encuentra en la cocina una forma de comprender y expresar su mundo interior, cada persona puede encontrar caminos para explorar y cuestionar sus propias emociones.
El realismo mágico de la historia funciona, en este sentido, como una metáfora de la vida misma: aunque la realidad está marcada por el dolor, las tradiciones o las limitaciones impuestas por otros, siempre existe la posibilidad de transformar nuestras experiencias en algo significativo.
Todos llevamos dentro nuestra propia “caja de fósforos”. Cada emoción, cada recuerdo y cada experiencia puede encender una chispa que ilumine nuestro interior. Comprender nuestras heridas y reconocer los patrones que guían nuestras decisiones es el primer paso para romper ciclos que nos limitan.
Así, la obra de Laura Esquivel no solo narra una historia de amor imposible; también nos recuerda que el verdadero cambio comienza cuando somos capaces de mirar hacia nuestro interior y encender, por nosotros mismos, la luz que siempre ha estado esperando ser descubierta.
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
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