PRENSA IBERO
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10 DE ABRIL DE 2026
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
AUTOR

“No se nace mujer, sino que se llega a serlo”
Simone De Beauvoir
El cine, desde sus inicios y aún en la actualidad, ha sido un campo predominantemente dominado por hombres, tanto en la realización como en las narrativas que se proyectan en pantalla. Durante décadas, el papel de la mujer en el séptimo arte fue reducido a figuras secundarias: la pareja del protagonista, la musa inspiradora o la damisela en apuros que el héroe rescata y que, en agradecimiento, ofrece amor eterno y subordinación.
Sin embargo, diversas directoras han cuestionado y desmontado estos modelos preestablecidos, otorgando a sus personajes femeninos una voz propia y una subjetividad compleja. Entre ellas, Agnès Varda destaca como una de las figuras más influyentes del cine feminista, no solo por las historias que contó, sino por la forma profundamente libre y personal en que decidió contarlas.
Nacida el 30 de mayo de 1928 en Ixelles, Bélgica, Varda fue cineasta, fotógrafa y artista plástica. Integrante de la nueva ola francesa desarrolló un estilo que rompía con las convenciones narrativas y técnicas del cine clásico hollywoodense. Sus películas no siguen una estructura rígida ni una lógica dramática tradicional; más bien, se aproximan a una forma de cine-documental, donde la experiencia subjetiva y la observación empática del mundo ocupan el centro.
El cine de Varda, tanto por lo que cuenta como por la manera en que lo hace, busca redefinir el papel de la mujer en la sociedad. No presenta a sus personajes únicamente cumpliendo un rol de madre, esposa o complemento del hombre, sino como seres autónomos que se construyen a sí mismas a través de la experiencia, el deseo, la duda y la libertad.
En Cléo de 5 à 7, por ejemplo, al retratar la espera angustiante de una mujer por el resultado de un diagnóstico médico, Varda muestra un proceso de transformación interior. Cléo pasa de verse a sí misma como un objeto de contemplación, una mujer adornada para la mirada masculina, a convertirse en un sujeto que observa, que reflexiona y que se relaciona activamente con la ciudad y con su propia mortalidad. La espera se convierte en un viaje interior, en un proceso de autoconciencia.
En Sin techo ni ley, Varda retrata la vida de una joven vagabunda que rechaza toda integración social y doméstica. Aquí se rompe radicalmente con la imagen de la mujer como “ángel del hogar”. No obstante, la película no idealiza la marginalidad: muestra cómo a veces la búsqueda de una autonomía absoluta puede derivar en aislamiento y autodestrucción. La libertad, parece decir Varda, no es un estado romántico sino un proceso complejo y contradictorio.
Por su parte, Una canta, la otra no funciona casi como un manifiesto sobre la soberanía del cuerpo y la amistad femenina. A través del viaje personal de dos amigas, la directora separa la maternidad del mandato biológico obligatorio y la presenta como una elección personal y política. El valor de una mujer no depende exclusivamente de su rol reproductivo; puede afirmarse también en el activismo, el arte y la sororidad.
En La Pointe Courte, al analizar la crisis de una pareja con una mirada casi documental, Varda no limita a la mujer al rol de esposa insatisfecha. La muestra como un igual intelectual que reflexiona, cuestiona y disecciona su relación. Este filme reflexiona más que nada que una relación no debería ser un medio en el que sólo hay afecto, servicio o subordinación, sino un espacio donde el diálogo y el cuestionamiento existencial brindan la posibilidad de que las dos partes se apoyen para describir quienes son.
Finalmente, en sus documentales como Los cosechadores y yo, Las playas de Agnes y Rostros y lugares, Varda se coloca a sí misma como protagonista. Reflexiona sobre su vejez, su proceso creativo y su identidad como mujer artista. Lejos de desaparecer con el paso del tiempo, su figura demuestra que la identidad femenina no está sujeta a la juventud ni a la mirada ajena. Incluso en la vejez, la mujer sigue transformándose, creando y resignificando.
En conjunto, la filmografía de Varda, nos ayuda a reflexionar que ser mujer, no es un destino fijo ni una esencia predeterminada, sino un proceso continuo de formación atravesado por la cultura, la libertad y la experiencia, tanto personal como colectiva.
A través de sus obras, se demuestra que la identidad femenina no es una algo estático e impuesto por normas, sino una construcción dinámica que se redefine constantemente. Varda no niega la importancia del amor o la maternidad, pero los desplaza del centro como destino obligatorio. En su cine, la mujer no existe para cumplir una función social preasignada, sino para descubrir quién es, qué desea y cómo quiere habitar el mundo.
Así, el cine de Varda no solo representa mujeres distintas; construye espacios donde el proceso de “llegar a ser” se vuelve visible. Sus personajes no nacen definidos: se transforman, dudan, se contradicen y, en esa complejidad, alcanzan su subjetividad.
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
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