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PRENSA IBERO
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• La egresada de Arquitectura de la IBERO señaló que más del 70% de lo construido en el país corresponde a desarrollos informales • La vivienda debe anticiparse a terremotos, inundaciones y pandemias, no diseñarse cuando la emergencia ya ocurrió • La arquitecta llamó a trabajar con los materiales y las características de cada comunidad, en lugar de imponer soluciones ajenas al territorio
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx
México enfrenta una profunda carencia de vivienda y, paradójicamente, cuenta con más de cinco millones de casas vacías, muchas de ellas de construcción reciente, señaló la arquitecta Fernanda Canales, egresada de la Licenciatura en Arquitectura de la Universidad Iberoamericana.
Durante la conferencia “Infraestructuras domésticas”, impartida ante la comunidad de Arquitectura de la IBERO, la también investigadora, escritora y docente expuso las contradicciones que atraviesan la manera en que se construye y habita en el país.
“México es uno de los países con más carencia de vivienda en el mundo, pero paradójicamente también es uno de los países con más vivienda abandonada, es decir, casas vacías, casi todas ellas nuevas, con más de cinco millones”, afirmó.
Canales también advirtió que más del 70% de lo que se construye en México corresponde a desarrollo informal, es decir, no pasa por las manos de una persona especialista. La cifra la llevó a plantear una pregunta central para la disciplina: ¿dónde están las arquitectas y los arquitectos en la construcción cotidiana de las ciudades?
Su cuestionamiento resulta especialmente relevante en un país atravesado por problemas de acceso a la vivienda, crecimiento urbano desordenado, escasez de agua, inundaciones, terremotos y desigualdades territoriales.
Para la especialista, las decisiones arquitectónicas aparentemente pequeñas, cuando se reproducen miles o millones de veces, terminan por configurar las ciudades y las relaciones sociales que ocurren dentro de ellas.
Como ejemplo, recordó las dimensiones y la distribución de algunas viviendas de interés social construidas de forma masiva. En estos espacios, abrir la puerta de un refrigerador puede impedir el paso hacia la cocina, mientras que colocar una cama puede bloquear el acceso a una habitación.
Estos problemas podrían parecer menores si se observan de manera aislada, pero al repetirse a escala urbana influyen en la forma en que las personas conviven, descansan, se desplazan y realizan tareas de cuidado.
Fernanda Canales pidió abandonar la idea de que la vivienda de emergencia debe concebirse únicamente después de un desastre. Terremotos, inundaciones, sequías y emergencias sanitarias volverán a ocurrir, por lo que la arquitectura debe anticiparse a estos escenarios.
“La vivienda de emergencia no tiene que pensarse cuando pasa la emergencia. Se tiene que pensar antes”, afirmó.
La arquitecta recordó la movilización que se produjo dentro del gremio después de los sismos de 2017. Aunque muchas y muchos profesionales querían colaborar, no siempre contaban con proyectos, prototipos o mecanismos preparados para responder de manera inmediata.
“Hay que estar preparados para las siguientes catástrofes en cualquier país, pero mucho en el nuestro”, señaló.
Por ello, invitó al estudiantado a trabajar desde ahora en posibles soluciones, incluso mediante dibujos, maquetas o ejercicios experimentales que posteriormente puedan adaptarse a distintas comunidades y territorios.
Preparar una vivienda ante una emergencia no significa solamente reforzar su estructura. También implica pensar en su acceso al agua, ventilación e iluminación natural, así como en su capacidad para transformarse, ampliarse y albergar distintas actividades y configuraciones familiares.
Durante su presentación, Canales mostró proyectos realizados en contextos contrastantes, desde comunidades fronterizas de Sonora y zonas rurales afectadas por el sismo de 2017 hasta conjuntos habitacionales cercanos a Valle de Bravo y espacios públicos en Iztapalapa.
En varios de ellos, la captación de agua de lluvia, la ventilación cruzada, los patios, el empleo de materiales locales y la posibilidad de ampliar las construcciones se convirtieron en elementos centrales del diseño.
Para la egresada IBERO, un proyecto arquitectónico no debería llegar a un sitio como un objeto ajeno que descalifique lo existente. Antes de diseñar, es necesario entender el clima, la topografía, los materiales disponibles, las formas de vida y las necesidades de quienes utilizarán, cuidarán y mantendrán los espacios.
Esta perspectiva la llevó, por ejemplo, a conservar árboles, aprovechar vistas, captar agua e incorporar materiales que pudieran conseguirse, repararse o reemplazarse con facilidad dentro de las propias comunidades.
En un centro social construido en Iztapalapa, explicó, decidió trabajar con los mismos bloques y celosías de terracota empleados en la zona, pero otorgándoles una nueva jerarquía.
“En lugar de llegar, imponer un edificio con otros materiales, otras volumetrías u otro idioma”, propuso trabajar con los elementos del contexto y reconocer su valor.
El objetivo es evitar una arquitectura que llegue como una solución ajena y comunique a las comunidades que lo que tienen “no vale”.
Esta manera de trabajar también puede contribuir a disminuir las divisiones generadas por el espacio construido. Canales propuso superar oposiciones rígidas entre lo urbano y lo rural, el interior y el exterior, así como lo público y lo privado.
“¿Cómo estar preparados y cómo hacer menos desigualdad a partir de lo que construimos? ¿Cómo generar menos divisiones a partir de la arquitectura?”, cuestionó.
En sus proyectos, los patios, las plazas, las sombras y las áreas abiertas funcionan como puntos de encuentro que conectan personas, actividades y territorios.
En localidades fronterizas como Naco y Agua Prieta, Sonora, la arquitecta trabajó en espacios públicos que buscan transformar barreras físicas y sociales. Bibliotecas, mercados y centros deportivos y comunitarios fueron concebidos como lugares abiertos, visibles y flexibles, capaces de albergar clases, encuentros vecinales, celebraciones y actividades culturales.
La intención, resumió, consiste en “transformar muros en comunidades” y conseguir que los edificios hagan algo más que responder al programa solicitado.
Canales señaló que las y los arquitectos no necesitan esperar a recibir un gran encargo para involucrarse en la vivienda social. La necesidad ya existe y es posible comenzar a trabajar con los recursos disponibles.
“No nos falta nada más que ponernos a hacerlo y no esperar a que te lo pidan, no esperar a que pase nada distinto, sino ya con lo que tenemos ya podemos hacer mucho”, sostuvo.
La vivienda, añadió, es la construcción que más se ha extendido por el planeta. Sus efectos no se limitan a quienes la habitan, sino que repercuten en el barrio, la ciudad, el territorio y el medioambiente.
“Si mejoras la vivienda, mejoras automáticamente la ciudad y el mundo. La vivienda ya no sólo tiene repercusiones para el dueño o para el barrio o para la ciudad, sino que los efectos de la vivienda, la suma de viviendas en el mundo, tienen repercusiones planetarias”, afirmó.
Con su regreso a la IBERO, Fernanda Canales invitó a las nuevas generaciones a entender la arquitectura menos como la creación de objetos singulares y más como una herramienta para cuidar la vida cotidiana, anticipar emergencias, disminuir desigualdades y construir comunidades menos divididas.
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