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PRENSA IBERO
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• La Dra. Marisol Ochoa Elizondo advierte que la repetición de homicidios, desapariciones y otras violencias ha transformado nuestra manera de relacionarnos, recordar a las víctimas e imaginar el futuro; su reflexión forma parte del más reciente número de la Revista IBERO, dedicado a Morir en México
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Después de más de veinte años de violencia, homicidios y desapariciones, ¿todavía somos capaces de imaginar un México en paz? La pregunta cobra relevancia en un país donde generaciones enteras han crecido entre noticias de asesinatos, personas desaparecidas, hallazgos de fosas clandestinas y familias que buscan respuestas sobre el paradero de sus seres queridos. La violencia prolongada no solamente ha transformado las condiciones de seguridad en México, sino también nuestra manera de relacionarnos, comprender el presente y pensar en la posibilidad de un futuro diferente, reflexiona la Dra. Marisol Ochoa Elizondo, Directora del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México
En su artículo “Entre la ausencia y la muerte: una reflexión sobre más de dos décadas de violencia en México”, la académica advierte que, desde el inicio de la llamada guerra contra el narcotráfico en 2006, la muerte y la desaparición han dejado de percibirse como acontecimientos excepcionales para convertirse en experiencias cotidianas de miles de personas.
Su análisis forma parte del número 104 de la Revista IBERO, correspondiente a octubre-noviembre de 2026, cuya edición más reciente lleva por título Morir en México y se publica en vísperas del Día de Muertos.
De acuerdo con la historiadora, la permanencia de múltiples formas de violencia ha modificado profundamente la experiencia colectiva del tiempo.
En lugar de concebir el presente como una etapa que puede conducir hacia mejores condiciones de vida, la repetición de las tragedias puede generar la sensación de que el país permanece atrapado en una realidad de la que resulta difícil salir.
La académica plantea que esta experiencia de un presente que parece prolongarse indefinidamente debilita la confianza en la posibilidad de construir un futuro más pacífico y solidario.
Su reflexión parte de cifras que permiten dimensionar la magnitud de esta crisis. En el artículo recupera registros de más de 135 mil desapariciones y aproximadamente 715 mil homicidios acumulados desde el año 2000, de acuerdo con las fuentes oficiales citadas en su investigación.
Sin embargo, Ochoa sostiene que el problema no puede comprenderse exclusivamente a partir de los números. Detrás de cada registro existen historias, relaciones familiares y comunidades cuyas vidas han sido transformadas por la violencia.
Así, la pregunta no es solamente cuántas personas han sido asesinadas o desaparecidas, sino qué sucede con una sociedad cuando la violencia deja de sorprenderla y comienza a formar parte de su horizonte cotidiano.
La Directora del Departamento de Historia también reflexiona sobre la manera en que las distintas administraciones federales han intentado explicar y responder a las violencias que atraviesan al país.
Señala que, a lo largo de los sexenios, los gobiernos han construido estrategias y narrativas diferentes para administrar, justificar, minimizar o evadir determinadas dimensiones de la crisis.
No obstante, advierte que estos cambios discursivos no necesariamente han venido acompañados de un reconocimiento suficiente de los costos políticos e institucionales de las violencias acumuladas.
Así, mientras cada administración propone una nueva interpretación de lo que ocurre en México, las familias de las víctimas continúan enfrentando las consecuencias de los homicidios, las desapariciones, el reclutamiento forzado y otras formas de violencia.
La académica identifica una tensión entre la forma en que las instituciones administran y explican la crisis, y la experiencia de quienes la viven directamente.
Esta distancia también influye en la construcción de la memoria colectiva: mientras las autoridades producen estadísticas, registros y categorías para organizar la información, las familias buscan preservar los nombres, rostros e historias de las personas que faltan.
Para explicar las consecuencias humanas de esta violencia prolongada, Marisol Ochoa recupera el testimonio de Lourdes, una madre de Reynosa, Tamaulipas, con quien conversó durante una investigación de campo realizada en 2019.
Su hijo llevaba más de diez años desaparecido.
La mujer relató cómo una jornada que comenzó como cualquier otra terminó por transformar completamente su existencia cuando su hijo no regresó a casa.
Desde entonces, su vida quedó atravesada por la incertidumbre, la búsqueda y las preguntas sobre las condiciones en las que podría encontrarse.
La desaparición también impactó al resto de la familia. Lourdes contó a la investigadora que el padre de su hijo falleció, una pérdida que ella relacionaba con el sufrimiento acumulado durante los años de búsqueda.
Para la historiadora, experiencias como esta permiten comprender que las consecuencias de una desaparición no se limitan al momento en que ocurre.
La incertidumbre puede prolongarse durante años, transformar las relaciones familiares y obligar a las personas a continuar viviendo mientras una parte fundamental de su existencia permanece suspendida.
Por ello, la historia y los testimonios adquieren una importancia particular: permiten comprender dimensiones del sufrimiento que difícilmente pueden expresarse mediante estadísticas.
Ochoa advierte que la permanencia de las violencias también ha favorecido formas de relación atravesadas por el miedo, la dominación, la indiferencia y la exclusión.
En su análisis, señala que en distintos territorios del país se han consolidado dinámicas en las que las personas pueden ser reclutadas, desplazadas, utilizadas o asesinadas para satisfacer intereses de control y enriquecimiento.
Estas prácticas, sostiene, forman parte de una cultura que favorece la deshumanización y debilita el reconocimiento del valor de la vida.
La académica recupera el concepto de geografía de la furia, desarrollado por el antropólogo Arjun Appadurai, para reflexionar sobre cómo la incertidumbre económica, el miedo y la violencia pueden transformar las relaciones entre personas y comunidades.
Desde esta perspectiva, el problema no consiste únicamente en la presencia de organizaciones criminales o en la cantidad de delitos cometidos, sino también en la posibilidad de que la crueldad, la apatía y la indiferencia terminen siendo aceptadas como componentes inevitables de la vida social.
Sin embargo, la historiadora rechaza que esta realidad deba asumirse con resignación. Por el contrario, considera indispensable recuperar la capacidad de escuchar, reflexionar y construir respuestas colectivas frente al sufrimiento.
Ante la cercanía del Día de Muertos, la reflexión de Marisol Ochoa adquiere una dimensión particular: ¿cómo construir una memoria colectiva en un país donde miles de familias todavía buscan a sus seres queridos?
La historiadora plantea que, en México, la memoria y el olvido no son procesos ajenos a las disputas políticas y sociales.
Mientras las instituciones convierten las consecuencias de la violencia en expedientes, cifras y registros, las familias de las víctimas reconstruyen historias, conservan fotografías y pronuncian nombres para impedir que sus seres queridos desaparezcan también de la memoria colectiva.
Esta labor, señala, permite disputar la indiferencia y recordar que detrás de cada muerte o desaparición existe una vida que merece ser reconocida.
Por ello, considera que recuperar las experiencias de quienes han sufrido la violencia constituye un ejercicio de responsabilidad social y una forma de resistencia frente al olvido.
En su reflexión, la Directora del Departamento de Historia de la IBERO invita a comprender que la memoria no debe reducirse a un instrumento de confrontación política o ideológica, sino convertirse en una herramienta para reconocer el dolor, dignificar a las víctimas y reconstruir los vínculos comunitarios.
Después de más de dos décadas de violencia, el desafío no consiste únicamente en recuperar la seguridad, sino también en reconstruir la confianza en que México puede tener un futuro distinto.
Para Ochoa, reconocer las historias de quienes han sido asesinados o desaparecidos, escuchar a sus familias y asumir una responsabilidad colectiva frente al sufrimiento son pasos fundamentales para resistir la normalización del horror y abrir posibilidades de transformación social.
En un país acostumbrado a contabilizar víctimas, su reflexión recuerda que imaginar un futuro en paz también exige no olvidar a quienes la violencia nos ha arrebatado.
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