PRENSA IBERO
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11 DE FEBRERO DE 2026
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
AUTOR

“Lo que tú y yo necesitamos sólo es tiempo
Tiempo para poder curar nuestras heridas
Tiempo para empezar, de nuevo, nuestras vidas
Tiempo para saber si tú me necesitas
Tiempo para saber si me quieres o me olvidas”.
- Vamos a darnos tiempo, José José
Es innegable el papel que tiene el tiempo en nuestras relaciones personales, especialmente en las amorosas. El tiempo en el amor es un factor que permite revelar la verdadera naturaleza tanto de la relación como del sentimiento en sí. A veces, el paso de los años puede ayudar a madurar a una persona o a una pareja; otras veces, puede sacar a la luz conflictos latentes, tanto individuales como compartidos, que terminan por fracturar el vínculo ya construido.
Existen muchas películas y series que abordan esta problemática. Está la ya clásica trilogía Before de Richard Linklater, donde vemos cómo el amor entre dos desconocidos crece y se transforma a lo largo de tres décadas, tanto en la ficción como en la vida real. También la miniserie Normal People, basada en la novela de Sally Rooney, que retrata la relación entre Connell y Marianne a través de los años, mostrando cómo crecen, caen, se hieren y aprenden, a veces demasiado tarde, a madurar para poder amar al otro.
La propuesta audiovisual que nos trae aquí es la más reciente serie del director español Rodrigo Sorogoyen, Los años nuevos. Este programa narra la evolución amorosa entre Óscar y Ana a lo largo de una década, mostrando sus idas y venidas. Lo que en un inicio parece ser simplemente la historia de una pareja y la transformación de su relación con el paso del tiempo, termina convirtiéndose en un relato profundamente humano sobre las dificultades de amar verdaderamente a alguien.
A lo largo de diez años vemos cómo cada víspera de año nuevo la relación entre Ana y Óscar se transforma y madura de una manera cruda y realista. La serie no presenta el amor como algo idílico y perfecto, sino como una experiencia que, muchas veces, exige renuncias y la confrontación honesta con las propias verdades internas. Esta premisa, sumada a una estética sobria, un ritmo lento y minimalista, diálogos dinámicos y una construcción psicológica profunda de los personajes, nos deja diversas reflexiones en torno a la madurez, el amor y el tiempo.
La madurez es esencial para construir una relación estable y significativa. Implica dejar atrás ciertos rasgos narcisistas y aprender a mirar de frente lo peor de uno mismo: los miedos, las carencias y las heridas no resueltas. Madurar es conocerse para entender qué buscamos en el amor, cómo deseamos ser amados y cómo amamos.
En la serie, tanto Ana como Óscar arrastran conflictos no resueltos, principalmente heridas familiares e infantiles que evidencian insuficiencias afectivas en su formación emocional. La manera en que crecieron condiciona la forma en que aman: sus inseguridades, sus silencios y sus reacciones defensivas no nacen en su relación, sino mucho antes. Su vínculo simplemente expone todo aquello que ya cargaban en silencio.
El hecho de que la serie transcurra a lo largo de una década también nos invita a reflexionar sobre el papel del tiempo en el amor. Podría pensarse que los años sanan heridas, que la experiencia suaviza los miedos y corrige errores. Pero no siempre es así. Podemos volvernos más viejos, pero no más sabios y conscientes.
Pensemos en una herida con gangrena: si no se trata a tiempo, la única solución termina siendo amputar la parte infectada. Con las emociones ocurre algo similar. Los conflictos internos reprimidos no desaparecen; se alojan en el inconsciente y, desde ahí, operan silenciosamente. Sabotean vínculos, distorsionan la comunicación y generan rupturas que parecen repentinas, pero que en realidad son el resultado de heridas no atendidas. La separación se convierte entonces en una especie de amputación simbólica y afectiva.
En este sentido, la serie sugiere que el verdadero enemigo del amor no es el paso del tiempo, sino la incapacidad de enfrentarse a uno mismo antes de intentar compartir la vida con alguien más. A lo que va el siguiente punto.
Los años nuevos también nos lleva a cuestionarnos si el amor, por sí solo, es suficiente para sostener y garantizar una vida en común. Amar a alguien no siempre garantiza necesariamente compatibilidad emocional ni un proyecto compartido. Ana y Óscar se quieren, se buscan y se eligen en múltiples ocasiones, pero eso no asegura que puedan construir una existencia en conjunto. Los proyectos personales, las heridas emocionales, las formas de comunicación y las expectativas sobre el futuro pesan tanto como el sentimiento mismo.
La serie no niega qué tan poderoso puede ser el amor, pero sí cuestiona su idealización. Nos recuerda que compartir una vida requiere algo más que afecto: exige compatibilidad, voluntad sostenida y, sobre todo, madurez emocional, la cual no siempre llega al mismo tiempo para ambas personas.
A veces, soltar también es un acto de amor. Resulta más sencillo aferrarse a la creencia de que el tiempo lo arreglará todo que enfrentar el vacío y la incertidumbre de renunciar a un futuro juntos. Dejar ir implica no sólo voluntad, sino una forma de madurez que reconoce que, pese al sentimiento, el bienestar propio y el del otro también importan.
Y es precisamente este dilema lo que vuelve tan poderosa a la serie. No nos mantiene en suspenso únicamente por saber qué decidirán Ana y Óscar, sino por comprender cómo llegarán a esa decisión. El desenlace no ofrece certezas absolutas, pero sí deja una serie de reflexiones profundas sobre el amor, el tiempo y la complejidad de crecer, juntos o separados.
Por: David Ruiz Guajardo, estudiante de la Licenciatura en Comunicación
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