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PRENSA IBERO
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• El Dr. Alejandro Anaya explicó que la excelencia profesional debe acompañarse de conciencia, empatía y compromiso social • La formación del alumnado IBERO comienza desde el primer semestre y comprende experiencias con problemáticas y comunidades reales • El Vicerrector Académico destacó la importancia de lo que las y los estudiantes aprenden mediante actividades fuera del aula
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx

Preparar a las y los jóvenes para encontrar empleo y desarrollarse profesionalmente es una tarea fundamental de las universidades, pero no puede ser su único propósito: la educación superior también debe formar personas capaces de comprender los problemas sociales y comprometerse con la transformación de su entorno.
Así lo señaló el Dr. Alejandro Anaya Muñoz, Vicerrector Académico de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, durante el panel “Formar personas con responsabilidad social: compromiso de la Universidad”
Ante representantes de instituciones educativas de distintos países, el académico explicó que la excelencia humana integral se encuentra en el corazón del modelo educativo de la IBERO. Esta propuesta aspira a formar “personas con y para los demás”, así como a las y los mejores profesionales “para el mundo”, no solamente “del mundo”.
Para alcanzar este objetivo, la formación jesuita se articula alrededor de cuatro cualidades: personas competentes, conscientes, compasivas y comprometidas.
La primera implica contar con los conocimientos y habilidades necesarios para ejercer una profesión con excelencia. Sin embargo, esta preparación debe complementarse con una conciencia crítica que permita mirar más allá de los proyectos individuales de éxito, empleabilidad o estabilidad económica.
La compasión, explicó Anaya, se refiere a la capacidad de desarrollar empatía frente a las experiencias de personas y comunidades que viven condiciones socioeconómicas distintas o situaciones de vulnerabilidad. El compromiso aparece cuando esa conciencia y esa empatía se convierten en acciones concretas.
“Soy muy bueno para lo que me formé aquí; estoy consciente de que el mundo y la sociedad tienen estos retos; me conmuevo y siento empatía con lo que sufren otras personas y, a la luz de todo eso, me comprometo a hacer algo”, sintetizó.
El Vicerrector Académico destacó que este propósito no está concentrado en una sola asignatura, sino que forma parte de una Trayectoria de Formación y Acción Social que acompaña al alumnado IBERO durante toda su carrera.
El recorrido comienza en el primer semestre con el Taller de Introducción Universitaria, en el cual las y los estudiantes conocen los espacios y servicios de la institución, pero también su identidad, sus valores y el modelo de las cuatro “C”.
Durante el segundo o tercer semestre, todos los programas académicos incorporan una materia de inmersión. Cada licenciatura identifica un escenario relacionado con su campo profesional para que el alumnado salga del campus, conozca situaciones reales y tenga un primer acercamiento a problemáticas sociales concretas.
A esta experiencia se suman cuatro espacios del Área de Reflexión Universitaria, relacionados con la responsabilidad ante el medioambiente y la sustentabilidad; la convivencia con otras personas; la ciudadanía, y la democracia y los derechos humanos.
Esta trayectoria permite que la responsabilidad social atraviese la experiencia universitaria y no quede aislada del aprendizaje profesional.
La formación culmina con un servicio social desarrollado en colaboración con organizaciones de la sociedad civil, tanto en la Ciudad de México como en otras regiones del país.
Anaya enfatizó que, en la IBERO, el servicio social no se entiende como una práctica profesional ni como el cumplimiento de tareas administrativas. Por ello, los proyectos son seleccionados cuidadosamente mediante una amplia cartera de acuerdos y convenios con organizaciones que atienden necesidades concretas.
“No es trabajar aquí en la biblioteca sacando copias. No es una práctica profesional, es un servicio social”, puntualizó.
Después de esta experiencia, el alumnado participa en un taller para analizar críticamente lo vivido, reconocer los aprendizajes obtenidos y relacionarlos con su formación profesional y humana.
El Dr. Anaya llamó además a reconocer la importancia de las experiencias no curriculares. Los foros, proyectos, actividades culturales, conversaciones con especialistas e iniciativas organizadas por estudiantes permiten abordar con mayor agilidad los desafíos emergentes.
Mientras la modificación formal de un plan de estudios puede requerir procesos prolongados, estas actividades ayudan a que la comunidad universitaria dialogue y actúe frente a una realidad que se transforma constantemente.
“El impacto de lo no curricular en la formación es importantísimo. Todo lo que pasa en una universidad fuera de las aulas puede formar, y pasa todos los días”, afirmó.
En el panel también participaron la Dra. Victoria González Gutiérrez, presidenta del capítulo para América Latina y el Caribe de los Principios para la Educación Responsable en Gestión (PRME) y académica de CETYS Universidad; el Dr. Joaquín Hernández Alvarado, Rector de la Universidad Tecnológica ECOTEC, de Ecuador, y José Martínez, del Instituto Tecnológico de Costa Rica, como moderador.
Las y los especialistas coincidieron en que las universidades enfrentan el reto de equilibrar la preparación para el mercado laboral con la formación ética, humanista y ciudadana. Desde esta perspectiva, la responsabilidad social no debe limitarse a un discurso o una materia: debe atravesar el currículo, las experiencias universitarias y la relación de las instituciones con la sociedad.
Las opiniones y puntos de vista vertidos en este comunicado son de exclusiva responsabilidad de quienes los emiten y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de la Universidad Iberoamericana.
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