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La propuesta de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de abrir la puerta a una eventual figura de “miembro asociado” para Canadá en la Unión Europea ha encendido las alertas sobre el rumbo de la relación entre Ottawa, Bruselas y América del Norte.
Aunque no se trata de una adhesión plena a la UE, la iniciativa refuerza la idea de un acercamiento político y económico cada vez más profundo entre Canadá y Europa.
En el plano jurídico, la diferencia entre ser miembro de pleno derecho y “asociado” es fundamental. El artículo 49 del Tratado de la Unión Europea limita la membresía a los Estados europeos, lo que deja fuera a Canadá del proceso formal de adhesión.
En cambio, el artículo 217 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea sí permite acuerdos de asociación con terceros países, con derechos, obligaciones y mecanismos especiales de cooperación. En otras palabras, la UE puede estrechar sus lazos con Canadá sin convertirlo en miembro.
Ese acercamiento no parte de cero. Canadá y la Unión Europea ya tienen una relación sólida: el acuerdo comercial CETA se aplica provisionalmente desde 2017, Canadá quedó asociado al Pilar II de Horizonte Europa en 2024 y en 2025 ambas partes firmaron una Asociación en Seguridad y Defensa. Sobre esa base, un nuevo acuerdo podría ampliar la cooperación bilateral.
El problema para México es que este giro podría tener efectos mucho más allá de la relación Canadá-UE. La posibilidad de que Ottawa se acerque a Europa llega en un momento de fuerte tensión dentro de América del Norte, en el cual la Zona de Libre Comercio de América del Norte (ZLCAN) y el T-MEC enfrentan crecientes presiones políticas y comerciales.
Hoy, los tres socios ya no actúan como aliados de confianza, sino como rivales estratégicos. A las disputas comerciales se suman diferencias en migración, seguridad, combate al narcotráfico, valores democráticos y no intervención.
Ese deterioro alimenta la incertidumbre sobre el futuro del T-MEC y abre la puerta a una reconfiguración del acuerdo, incluso a un escenario bilateral entre México y Estados Unidos.
En días recientes, Donald Trump sugirió que Washington podría buscar un “mejor acuerdo” solo con México, dejando abierta la posibilidad de que Canadá quede fuera del tratado trilateral.
Para México, eso sería una mala noticia. La negociación bilateral suele favorecer al socio más fuerte, y Estados Unidos ha apostado en los últimos años por este tipo de esquemas para imponer condiciones más ventajosas para sus propios intereses políticos y económicos.
Además, la eventual salida de Canadá de la ZLCAN golpearía el comercio mexicano. México perdería acceso preferencial al mercado canadiense, donde mantiene un intercambio relevante y saldo superavitario. Canadá es hoy el tercer socio comercial de México, y romper ese vínculo tendría costos económicos y políticos significativos.
Por eso, México no puede limitarse a observar. Si Canadá profundiza su acercamiento con la UE y Estados Unidos endurece su postura, el Gobierno mexicano tendrá que actuar con mayor claridad para defender el carácter trilateral del T-MEC. En el peor de los casos, incluso tendría que prepararse para un escenario de negociación bilateral con Canadá.
En conclusión, el eventual acercamiento de Canadá a la Unión Europea no solo reconfigura su posición internacional, sino que también introduce nuevas presiones sobre el andamiaje comercial de América del Norte.
Para México, el desafío es doble: evitar la erosión del T-MEC como acuerdo trilateral y, al mismo tiempo, anticipar un escenario en el que sus relaciones con Canadá y Estados Unidos se definan por una lógica cada vez más fragmentada y competitiva. Ante ello, la política exterior mexicana debe abandonar la pasividad y asumir un papel más activo para proteger sus intereses comerciales estratégicos.
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