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PRENSA IBERO
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• La jueza italiana Roberta Cossia advirtió que algunos productos culturales presentan los celos, la posesión y el control como expresiones de amor • La especialista participó en la IV edición de la Cátedra “Los derechos humanos en una perspectiva universitaria entre México e Italia”
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional · Contacto de prensa: jorge.cortes@ibero.mx
Las canciones y series que consumen las juventudes no provocan por sí solas la violencia de género, pero pueden reforzar y normalizar modelos culturales en los que los celos, el control y la posesión se presentan como expresiones de amor, advirtió la jueza italiana Roberta Cossia.
Durante su participación en la mesa “Infancias en condiciones de vulnerabilidad: los retos de la equidad”, realizada en la Universidad Iberoamericana, la especialista analizó cómo la música y las producciones audiovisuales pueden convertir relaciones abusivas en historias atractivas, románticas o dignas de imitación.
La actividad formó parte de la IV edición de la Cátedra “Los derechos humanos en una perspectiva universitaria entre México e Italia”, que este año lleva por título “Construyendo Trayectorias: Vulnerabilidad y Oportunidades para las Infancias y Adolescencias” y reúne, del 1 al 4 de septiembre, a especialistas de la IBERO y de la Università degli Studi di Milano-Bicocca.
En el mismo panel participó Saskia Niño de Rivera, activista, cofundadora y directora de Reinserta, además de egresada de la Licenciatura en Psicología de la IBERO, quien presentó la exposición “Infancias robadas: el reclutamiento infantil en México”.
Cossia explicó que algunas canciones reproducen formas “tóxicas” de representar el amor, aunque sean presentadas como muestras de autenticidad, rebeldía o pertenencia. Entre los elementos recurrentes identificó el empleo de palabras despectivas, la reducción de las mujeres a objetos sexuales o símbolos de estatus y la confusión entre el afecto, el control y el dominio.
Incluso cuando los artistas afirman que únicamente cuentan historias o buscan provocar, apuntó, la repetición de estas imágenes puede volver familiar un conjunto de ideas basado en la dominación afectiva y la denigración de género.
La jueza señaló que el problema no consiste en censurar un género musical, sino en preguntarse qué modelos de relación son presentados como deseables, imitables o socialmente reconocidos.
Al referirse particularmente al rap y al trap italianos, mencionó canciones y artistas populares en aquel país cuyas letras incluyen figuras femeninas sexualizadas, exhibiciones de poder, celos, amenazas, venganza, traición, dependencia y chantajes emocionales.
“No se trata de confundir la causa con el efecto”, aclaró. Estos textos reflejan modelos culturales que ya existen, pero también pueden contribuir a reforzarlos y normalizarlos.
La especialista sostuvo que una situación similar ocurre en algunas series dirigidas al público adolescente. Aunque varias producciones muestran el acoso, la manipulación, la violencia digital y el chantaje emocional con una intención crítica, existe el riesgo de que los personajes violentos resulten atractivos desde el punto de vista narrativo.
Esto puede llevar a confundir la obsesión y el dominio con la intensidad romántica, especialmente cuando los protagonistas son jóvenes carismáticos, queridos, vulnerables o en busca de una segunda oportunidad.
Como ejemplo habló de la serie italiana Mare Fuori, ambientada en un centro penitenciario para menores. La producción tiene el mérito de presentar a adolescentes que no pueden reducirse al delito cometido y que se encuentran atravesados por la soledad, el trauma, el deseo de libertad y la necesidad de reconocimiento.
Sin embargo, su fuerza emocional y su atractiva propuesta estética también pueden producir un efecto ambiguo cuando la transgresión, los códigos criminales, la venganza o el amor trágico adquieren dimensiones épicas o románticas.
Cossia también analizó Élite, serie ambientada en un colegio exclusivo y marcado por fuertes desigualdades sociales. La producción aborda asuntos como el clasismo, el acoso, las adicciones, la violencia doméstica, la discriminación, los abusos y el consentimiento.
El problema, señaló, no es la presencia de estos temas, sino la forma en que el ritmo de thriller, la estética brillante y la centralidad del deseo y el secreto pueden volver seductoras relaciones atravesadas por la manipulación, los celos, la exposición pública de la intimidad y la violación de los límites personales.
“Mostrar la violencia no significa necesariamente denunciarla”, sostuvo la jueza, especialmente si las audiencias adolescentes no reciben herramientas para identificar sus consecuencias.
Cossia indicó que las palabras, las imágenes y los modelos narrativos importan porque pueden transformar la posesión en amor y los celos en una prueba de interés. Por ello, consideró que la respuesta no debe limitarse a la censura o al endurecimiento de las sanciones.
Frente a este problema, propuso fortalecer la educación afectiva, la alfabetización mediática y el pensamiento crítico, así como ofrecer a las juventudes herramientas para reconocer las formas menos evidentes de violencia.
También destacó que el marco normativo europeo ha comenzado a prestar mayor atención al ciberacoso, la violencia digital y la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento. No obstante, observó que todavía se invierte poco en prevención primaria y se privilegia la intervención penal una vez que la agresión ya ocurrió.
“El derecho penal sigue siendo necesario cuando la violencia ya se ha producido, pero no puede ser el primer y único instrumento de intervención”, afirmó.
La mesa también reunió a la Dra. Sylvia Schmelkes, investigadora de la IBERO; Chiara Volpato, la Dra. Alma Polo, de la Oficina Ejecutiva de Operaciones Académicas de la IBERO y coordinadora de la cuarta edición, y María Esther Padilla Medina, quienes abordaron, respectivamente, las causas estructurales de la inequidad educativa, el acoso contra las infancias, la atención comunitaria a menores migrantes y la justicia educativa para niñas, niños y adolescentes en movilidad. La moderación estuvo a cargo de la Dra. Karla Valenzuela, adscrita al Departamento de Estudios Internacionales de nuestra institución.
Para Cossia, las personas adultas, escuelas, familias, instituciones, plataformas digitales y operadores culturales deben asumir una responsabilidad compartida. El objetivo es ofrecer a las y los adolescentes palabras y espacios de diálogo que les permitan distinguir “la ironía de la humillación, el conflicto del abuso y el amor de la posesión”.
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