25 DE MAYO DE 2026
El reto no es prohibir sino educar en escuelas uso de celulares entre jóvenes: Especialista IBERO
PRENSA IBERO
25 DE MAYO DE 2026
PRENSA IBERO
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Reportero de la Dirección de Comunicación Institucional

La Dra. Cimenna Chao, investigadora en procesos de aprendizaje, advierte que el límite de uso de estas tecnologías no debe establecerse desde una lógica técnica sino pedagógica
La Directora General de Planeación Estratégica e Innovación de la IBERO afirma que el desafío es construir una regulación inteligente acompañada de alfabetización digital y nuevos espacios de convivencia
En el mundo, las y los jóvenes mexicanos mayores a los 16 años son los que pasan más tiempo con el teléfono celular navegando en Internet, un promedio de 7 horas 32 minutos, casi el equivalente a una jornada laboral.
Esta situación reabrió una discusión donde la pregunta de fondo ya no es cuánto tiempo pasan conectados, sino
Para la Dra. Cimenna Chao Rebolledo, Directora General de Planeación Estratégica e Innovación de la Universidad Iberoamericana (IBERO), cuando el espacio virtual absorbe mucho tiempo deja de ser una herramienta complementaria y se convierte en un territorio donde se forman identidades, vínculos y formas de interpretar el mundo.
En entrevista con Prensa IBERO; la académica de nuestra casa de estudios planteó que el teléfono celular, las redes sociales, las plataformas digitales y ahora también la Inteligencia Artificial (IA), ya no son objetos externos al desarrollo de las niñas, niños y adolescentes.
Explicó que el problema no radica únicamente en el número de horas frente a una pantalla, sino en que buena parte de la construcción emocional, afectiva y cognitiva que ocurre dentro de ese ecosistema.
Explicó que en ese espacio digital se establecen relaciones, se generan referentes culturales, se forman opiniones y se consolidan formas de comprender la realidad, por lo que hablar únicamente de “tiempo de pantalla” resulta insuficiente.
“El entorno digital ya no es algo que usamos de manera esporádica; es un lugar donde se vive y donde se aprende”, apuntó.
Uno de los debates más frecuentes es si el uso creciente de tecnología beneficia o perjudica el aprendizaje. Para la Dra. Chao Rebolledo, el límite no debe establecerse desde una lógica técnica sino pedagógica.
La pregunta central, explicó, no es cuánta tecnología hay en las aulas, sino si realmente amplía la capacidad del estudiante para comprender fenómenos, desarrollar pensamiento crítico o crear conocimiento.
Advirtió que con frecuencia la incorporación tecnológica responde a modas institucionales o presiones de actualización, más que a objetivos educativos claros.
En ese contexto, señaló que el riesgo aparece cuando las herramientas digitales sustituyen procesos cognitivos fundamentales o transforman el aprendizaje en una actividad pasiva basada únicamente en consulta rápida o consumo automático de información.
La tecnología, dijo, puede funcionar como una mediación poderosa para expandir capacidades cognitivas, pero requiere conducción didáctica y objetivos explícitos.
La especialista consideró simplista reducir el problema al exceso de horas frente al celular y explicó que una parte importante del fenómeno está vinculada con aquello que se deja de hacer cuando todo el tiempo libre se concentra en el entorno digital.
Enumeró que las actividades sociales, recreativas, deportivas, culturales o de convivencia familiar pueden quedar desplazadas y recordó que este fenómeno se aceleró después de la pandemia.
Señaló que diversos organismos internacionales han documentado que el aumento en el tiempo de conexión digital modificó dinámicas sociales y fortaleció procesos de dependencia tecnológica.
Uno de los conceptos que ejemplificó es lo que se conoce como la nomofobia: la ansiedad intensa provocada por no tener acceso al teléfono móvil.
Más que una anécdota cotidiana, abundó, ya se considera un riesgo psicosocial porque afecta la sensación de seguridad, regulación emocional y capacidad para desconectarse y por ello la respuesta no puede limitarse a restringir dispositivos.
“Si no existen alternativas reales de convivencia, creatividad y construcción de identidad fuera de la pantalla, la prohibición solo desplaza el problema”, refirió.
Indicó que la evidencia científica sobre rendimiento académico y salud emocional es amplia pero no concluye que toda tecnología sea negativa.
“Lo que sí aparece con consistencia en la literatura es que el uso excesivo y sin regulación puede afectar funciones ejecutivas como atención, concentración y autorregulación”, detalló.
También, dijo que existe evidencia de impactos socioemocionales relacionados con autoestima, autoimagen y construcción de expectativas irreales.
Acotó que las plataformas digitales —especialmente aquellas basadas en contenidos breves y altamente personalizados— pueden amplificar vulnerabilidades previas.
“La tecnología no siempre origina un problema emocional, pero sí puede intensificarlo. Sin embargo, también hay investigaciones que muestran beneficios cuando existe orientación pedagógica y uso intencional”, afirmó.
Mencionó que las simulaciones digitales, los recursos interactivos y la IA pueden potenciar la comprensión y la creatividad, pero la diferencia está en cómo se utilizan.
Sobre las iniciativas para restringir teléfonos móviles en escuelas, la académica consideró que existe evidencia de mejoras académicas cuando se reducen distractores, pero advirtió que prohibir sin educar puede producir efectos de rebote: menor uso en clase y consumo más intenso fuera de ella.
Por eso, propuso una regulación inteligente basada en cuatro ejes:
· Establecer límites claros de tiempo y calidad del consumo digital
· Incorporar alfabetización digital crítica que enseñe a evaluar contenidos, reconocer sesgos y comprender algoritmos
· Introducir la tecnología de manera gradual según etapas del desarrollo
· Considerar excepciones vinculadas con salud, accesibilidad o necesidades educativas específicas
Para la especialista, la responsabilidad no puede recaer únicamente en el sistema educativo, ya que las familias y las escuelas deben construir reglas compartidas y modelar hábitos saludables.
Expuso que eso implica conversar sobre contenidos, establecer horarios, generar espacios sin pantallas y, sobre todo, actuar con coherencia.
“No se puede pedir a niñas, niños o adolescentes desconectarse si los adultos permanecen conectados permanentemente”, señaló.
La conversación sobre tecnología, concluyó, ya no puede reducirse a enseñar a usar dispositivos, pues hoy el desafío es formar personas capaces de relacionarse críticamente con un entorno digital que se convirtió en parte central de la experiencia humana contemporánea.
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